El cielo pintado de un gris aterciopelado, adornado de un brochazo de luz dorada en este. Las hojas de los árboles verdes, ahora acompañadas de una caricia de naranja y amarillo toman lugar en las calles, creando una alfombra de hojas secas en los parques. Donde los niños saltan y ríen sin cesar, reacios a ocultar su euforia por la mejor época del año. El otoño. La fría brisa chocaba contra mi rostro haciendo que mi vestido se pegase a mi cuerpo mandando pequeños escalofríos a este. El abrigo de lana color crema se abrazaba a mis brazos con delicadeza, siendo el único capaz de separar el aire fresco de Londres de mi piel. Me abracé a este una vez más, antes de continuar con mi travesía.
Amaba lo tranquila que era esta ciudad por las mañanas. A lo lejos se escuchaba un toque melódico, provenía del parque. Un grupo de personas, a los cuales la multitud comenzaba a rodear, sostenían diversos instrumentos, creando una armoniosa tonada. Sonreí. Jazz. Eso era lo que tocaban. No hay mejor sonoridad que este género musical. Permanecí más del tiempo establecido escuchándolos tocar. Salí de mi ensoñación al ver la hora en mi teléfono. Se estaba haciendo tarde.
Minutos después de mi recorrido por la inmensa ciudad, llegué al fin a mi destino. Un imponente portal de color crema abrazaba la entrada de la mansión Astley. Presioné un pequeño botón dorado que descansaba a un lado de la inmensa pared. Del intercomunicador salió la voz de una mujer, por su cantado, aseguraba que se trataba de alguien mayor. Con su melodiosa voz dulce, pero con firmeza en cada una de sus palabras.
—Buen día, ¿en que puedo ayudarla?
—Buenos días. Soy Yun MinJi. Hablé con el señor Astley hace unas semanas y estoy aquí para el puesto de tutora. —aclaré. Segundos después el portón se abrió de par en par.
—Adelante, señorita Yun.
Me adentré, segura, a lo que ahora sería mi nuevo trabajo. Un jadeo de sorpresa se acentuó en mi garganta. No podía creer lo que miraba. Estuve a punto de soltar mis cosas debido al asombro, la casa…no, la mansión era majestuosa. Grandes cantidades de césped adornadas con flores de todo tipo realzaba la belleza del lugar. Una fuente de color crema, con pequeños adornos dorados, reposaba en medio del inmenso jardín. Y así como toda su decoración. La residencia se alzaba imponente, vestida de ese característico color crema que hasta ahora había notado en el portón y la fuente; contrastando con las pequeñas decoraciones en tono café y dorado. De los muros resaltaban grabados que simulaban enredaderas, como si la naturaleza misma hubiera decidido adornarlas con elegancia.
Uno de los balcones sobresalía, asomándose con discreción sobre el frente de la casa. Estaba segura que la vista sería hermosa desde ahí. De ahí salió una figura, la cual reposó quieta y expectante. Unos intensos ojos se posaron en mi figura, dedicándome un asentimiento de cabeza, el cual correspondí. Solté una última respiración antes de encaminarme a la puerta principal de la casa.
En esta ya me esperaba una señora de unos cincuenta años, con su cabello recogido en un moño impoluto. Lucía un hermoso vestido de flores de color rojo y encima de este llevaba puesto un mandil, indicándome que trabajo realizaba la señora en la mansión. Me sonrió dulcemente, indicándome que entrara al lugar. Al hacerlo comencé a quitarme mis zapatos, quedando solo en calcetines.
—El señor Astley la atenderá en unos minutos. Puede pasar y tomar asiento en la sala de estar, si gusta —asentí—. Pero antes de entrar, debe ponerse estas… —la señora se vio interrumpida al percatarse que mi calzado reposaba a un lado de la puerta, sonriente, me tendió un par de pantuflas—. No sabía que tenía esa costumbre. Al Señor Astley tampoco le agrada entrar a una casa con zapatos. Ya veo que no tendrá problema en eso.
—De donde vengo es de mala educación entrar con zapatos a una casa —aclaré, un tanto avergonzada.
—Ya veo. ¿Puedo preguntar de dónde es usted?
—Corea del Sur.
La mujer de avanzada edad me guió hasta la sala de estar de la mansión. Esta era sin duda hermosa. A mi parecer carecía de la calidez de un hogar, pero no podía evitar mirarla con deleite. Sus colores, las pinturas y los muebles que adornaban el lugar, definitivamente era el contraste perfecto. Tenía una armonía preciosa. Me senté en uno de los sofás de la sala, justo en frente de la chimenea, admirando todo a mi alrededor.
—¿Desea una taza de café, señorita? —escuché decir a la señora.
—Si no es mucha molestia, por favor.
La señora salió de la habitación segundos después, dejándome sola. Me levanté de mi lugar, caminando con cuidado por el espacio, hasta detenerme frente a un inmenso piano clásico, de un rosa suave; era el único objeto que rompía el contraste entre los tonos crema, café y dorado. Lo toqué suavemente con las yemas de mis dedos, casi como una caricia. Sonreí. Imaginando una y mil melodías que, seguro, eran ejecutadas en este instrumento. Desde Tchaikovsky, hasta el mismísimo Vivaldi, mi favorito, he de admitir.
El aroma a café inundó mis sentidos, avisando que la señora que me recibió lo traía consigo. Esta me dio una pequeña sonrisa antes de entregármelo.
—Muchas gracias, señora… —me corté, apenada—. Disculpe. Me he obviado de preguntar cual es su nombre.
—Tranquila, señorita. Mi nombre es Annalise Wright. Pero puede decirme Anne si así gusta.