Después de acostar a Maggie en su dormitorio, bajé al primer piso de la mansión Astley dirigiéndome al despacho del dueño de esta. Pedí una pequeña reunión con él, pues quería hablarle de lo que había ocurrido con la pequeña de cabellos dorados durante nuestra primera lección. Sentía que era un tema del cuál su padre debía estar al tanto.
En el momento en que expresó que lo que más le gustaría tener era su madre sentí como algo se rompía dentro de mí. Con mi corazón hecho trizas y las manos temblorosas, tragué grueso antes de sentarme frente al señor Astley, quien me miraba impasible, ajeno a la situación.
—Soy todo oídos, señorita Yun. ¿Ocurrió algo con Margaret?
—No… es decir, sí —eso pareció alarmarlo, pues su mirada denotó preocupación, obligándome a soltar lo que debía decir—. Bueno, hoy Magg… la señorita Margaret tuvo su primera lección.
—Sí, estoy al tanto. Ella misma me lo comentó y me mostró lo que había aprendido.
Sonreí un poco, algo incómoda.
—Ya. Pero es de otra cosa de la que quiero hablar con usted —me aclaré la garganta—. Antes de nuestra lección es importante conocer a la niña y viceversa para poder establecer una buena relación y así…
—Al grano.
—Sí, lo siento. Bueno, en una de las tantas preguntas para conocernos le pregunté a Maggie qué era lo que más le gustaría tener… y ella respondió que a su mamá —dije lo último casi en un susurro.
El señor Astley apretó los puños con fuerza, de tal manera que la piel de sus dedos perdió color. Su mandíbula se tensó tanto que creí haber escuchado el crujir de sus dientes. Su mirada filosa, clavada sobre mí, hizo que retrocediera sobre mi asiento, escuchándome por toda la habitación el chirrido de la silla.
—¿Eso… dijo?
Asentí lentamente. Me incorporé desde mi posición sentada, enderezando la espalda y mirándolo fijamente, temerosa de su respuesta ante mi siguiente pregunta.
—No quiero entrometerme ni nada, pero ¿alguna vez le comentó a su hija el por qué de la ausencia de una figura materna?
—No.
—¿Por qué? —desvió un poco la mirada; parecía dolido. Noté cómo su pulso se aceleró—. ¿Cómo murió la señora Astley?
—Señorita Yun MinJi —sentenció.
Arrugué la frente. Bien, entendía el porqué de su enojo, no obstante no permitiría que me hablase en ese tono.
—Señor Astley, si usted de verdad ama a su hija y quiere ver un progreso en ella, es necesario que la niña sepa la verdad de las cosas. Ella es capaz de entender; es una niña muy inteligente. Y sus respuestas a mis preguntas me lo dejaron muy en claro el día de hoy.
Mi respuesta ante su fallido intento de detenerme hizo que me mirara aún más intensamente, empero no me inmutó. Esto no se trataba de mí ni de él, sino de Maggie. La pequeña de cabellos dorados merecía saber el porqué de la ausencia de su madre.
—Así que por el bien de esa niña, como profesional de la psicopedagogía y tutora de la antes mencionada le pido que por favor hable con ella. ¿No se ha puesto a pensar que la falta de habla de Margaret se deba a eso?
—Yo…no lo había pensado de esa manera. Hemos ido a varios terapéutas del lenguaje, al médico, y…
—A veces la causa de las cosas no tiene nada que ver con lo orgánico, sino con lo emocional. Detrás de esa falta en el lenguaje puede haber un trasfondo emocional que usted no está mirando—suspiré, cansada—. No estoy diciendo que deba hacerme caso o escucharme, simplemente quería que se enterara de lo ocurrido. Sin más que decir, me retiro. Pase buena noche.
Pero antes de poder salir, su voz me detuvo.
—Gracias, señorita Yun, tendré en cuenta lo que me dijo. Que descanse.
Cerré la puerta detrás de mí, con un nudo en mi garganta incesante amenazando con salir. Subí rápidamente las escaleras y me encerré en mi habitación designada, dejando que las lágrimas bajaran por mi rostro. Sabiendo muy bien la causa de mi llanto, me limpié con cansancio el rostro y me acosté en la cama, con la mirada fija en el techo.
Si la pequeña fuera mi hija, haría hasta lo imposible para que estuviera bien y verla sonreír todos los días, dejaría todo mi dolor de lado, con tal de verla bien a ella.
Con ese pensamiento en mi mente, el cansancio se fue haciendo presente en mi cuerpo y fui cerrando los ojos poco a poco hasta quedarme dormida, con la esperanza de que mañana sería un mejor día y todo estaría bien. Debía estar bien.
…
—Mamá…
Abrí mis ojos de manera gradual, encontrándome con el techo de mi dormitorio. Justo en la misma posición del día anterior. Hoy mis ánimos estaban por el suelo, me sentía cansada y algo decaída. Me levanté de la cama, apartando las sábanas para comenzar a doblarlas. Miré la hora en mi celular, percatándome también de la fecha: hoy era viernes. Según el contrato con el señor Astley, los viernes podría salir de la mansión y regresar hasta el domingo por el medio día.
Me dirigí a mi cuarto de baño, metiéndome en la ducha y dejando que el agua caliente de esta se llevara todas mis cargas. Cerré mis ojos, dejando escapar un largo suspiro, cansada de esta actitud que se alojaba en mí el día de hoy. Estaba cansada de dejar que mis emociones me dominaran de esta manera. Tal vez debía volver a retomar mis sesiones con el psicólogo o acudir a un psiquiatra de una sola vez.