Una EnseÑanza De Vida

CAPÍTULO 17

17

 

Siempre he creído que practicaron mal la biopsia a Karlo, tal vez cometieron un error y lo lastimaron porque él entró por su propio pie sintiéndose bien. Por supuesto no puedo cegarme y  negar que su enfermedad fuera delicada y avanzada pero ese fue el principio del fin.

Sé que no debimos aceptar que se la realizaran pero nos indicaron que si los tumores resultaban cancerosos darían quimioterapia. Al no serlo ya no había tratamiento ni manera de evitar que siguieran creciendo.

De no haberla hecho, ¿el tratamiento de la fundación habría logrado poner la enfermedad bajo control? Quizá sí, quizá no, sólo sé que la mejoría en las 4 semanas previas fue muy notoria.

 

Karlo siguió en el departamento y continuamos con los tratamientos de la fundación. Reforcé sus comidas con verduras crudas, evitando carnes y procesados. Parecía estable, comía, dormía mucho, tomaba sus medicamentos y el pinol. Sin embargo cuando trataba de levantarse perdía el equilibrio y se mareaba así que hacía sus necesidades en un bote.

 

En el hospital prácticamente esperaban que yo tomara la decisión de llevármelo para darle el alta definitiva y mandarlo a morir a casa. Por supuesto era algo que yo no estaba dispuesta a aceptar.

Pemex pagaba una ayuda monetaria diaria para el paciente y su acompañante, los viáticos; no solían mantener en la ciudad a quien no requiera estar, como Karlo. Por alguna razón no se atrevían a decirme que ya no era necesario que permaneciera ahí.

Ya no lo llevaba al hospital. Cada semana le sacaba consulta, acudía sola, pedía los medicamentos y la incapacidad laboral. Los doctores me daban todo rápido sin pedirme explicaciones o preguntar en dónde estaba el paciente.

 

Terminaron Marzo y Abril. Karlo dormía mucho, no se quejaba de dolor y comía bien. Quizá parezca ilógico pero yo tenía la esperanza de que se recuperara.

Todos estaban cansados de estar ahí.

El esposo de mi mamá iba y venía, por su trabajo. La mamá de Karlo también. Mi madre me explicó que necesitaba ir a su casa y lo haría pronto. Mi hermano Ernesto llegaría cuando ella se fuera y me acompañaría por 20 días para que Ale y yo no nos quedáramos solas con Karlo.

Mi mamá trataba de convencerme que llevara a Karlo a nuestra casa pues ahí no había más qué hacer; yo me negaba pues que eso significaría aceptar que ya todo estaba perdido, y no lo estaba.

 

El 10 de Mayo, en su cumpleaños # 32, Karlo vomitó todo el día; era inevitable que manchara su pijama y la ropa de cama así que lo cambiaba a cada rato; mi mamá lavaba las prendas de inmediato.

 

Mi mamá se fue y llegó mi hermano. Con él y la ayuda de Gerardo continué llevando cada semana a Karlo a la fundación. Éste pedía a mi hermano que no lo cargara, que solo lo sostuviera al caminar.

Al regresar de su tratamiento, me dijo que era la última vez que iba pues ya estaba cansado. No tuve más remedio que aceptar; él prometió que continuaría con la bebida y la rociada.

 

Mi hermano se fue y mi mamá y su esposo regresaron.

 

Una mañana Karlo despertó con fiebre de casi 40 grados y lo ingresé al área de urgencias. Después de un rato me anunciaron que habían retirado el catéter porque se le había infectado. Comentaron que lo mandarían unos días a piso en neurocirugía para que se recuperara. Nadie me preguntó el por qué tenía un catéter.

De un día a otro Karlo empezó a decir frases sin sentido, no era todo el tiempo pero las intercalaba en la plática.

 

Recibimos la visita de mi amiga Claudia y su esposo Miguel quienes viajaron de Cd. del Carmen. Miguel dijo que él cuidaría a Karlo toda la noche puesto que ya me hacía falta una distracción. Claudia y yo fuimos a cenar a Sanborns hasta tarde y luego a dormir. Miguel masajeó los pies del enfermo con un aceite que llevaba consigo mientras platicaban, se conocían de años y tuvieron tiempo para ponerse al corriente.

Más adelante llegaron Javier, Nina y el Sr. Carlos, primos y papá de Karlo que radicaban en Monterrey y tenían diligencias en la Cdmx. Las visitas le subieron el ánimo visiblemente.

 

Cuando Karlo se recuperó de la infección y lo llevamos al departamento, llegó Ramiro. Éste viajó de Monterrey a la Cdmx exclusivamente para pasar un día entero con su compañero de universidad y gran amigo. Tenían toda una historia juntos, anécdotas y vivencias. En el Tecnológico hacían equipo con otros dos compañeros y una vez graduados fortalecieron el lazo de cariño. En cada visita a Monterrey solíamos visitarlo y convivir con su esposa e hijos.

Esa mañana desayunaron tamales en salsa verde y champurrado.

Más tarde, Karlo me pidió discretamente que fuera a una tienda de Perisur y comprara a Ramiro unos discos, un concierto de rock; también me encargó panes y galletas de una reconocida pastelería para que llevara a su familia.

Comimos todos juntos y cerca de las 7 de la noche, Ramiro se despidió con un gran abrazo de Karlo.




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