Una esposa para el señor dragón

Capítulo 3

Amanda Kloss. De todas las personas que podían haberme visto anoche, resultaba ser la peor de todo el reino. Ambiciosa, sin escrúpulos, pérfida; los adjetivos para describirla eran insuficientes.

Sentía las rodillas rígidas mientras guiaba a Amanda a la biblioteca, mi andar debía resultar muy extraño, yo misma tenía la impresión de que iba a trastabillar en cualquier instante, pero no podíamos tener la conversación que íbamos a tener a medio vestíbulo.

Le hice un gesto a Amanda para que tomara asiento en uno de los sillones de la biblioteca en tanto que yo cerraba la puerta detrás de nosotras. Ella prefirió mantenerse de pie, mirándome con una sonrisa socarrona.

—Conozco tu secretito —canturreó con malicia en cuanto escuchó la puerta cerrarse—. ¿Quién iba a decirlo? Jackie Schubert retozando en brazos de un hombre en la oscuridad.

—¿Por qué no me ayudaste? —pregunté atravesándola con la mirada. Lo que tenía que hacer era suplicarle callar lo que había presenciado, no reclamarle, pero no podía evitarlo, mi molestia era enorme, ¿qué clase de persona ve a una mujer siendo atacada y se queda impávida? Amanda Kloss, ella era justo esa clase de persona.

—¿Ayudarte? Si te veías de lo más contenta —replicó burlona.

—Me escuchaste pedir auxilio.

—Ay, por favor. Las mojigatas como tú siempre son iguales, fingen renuencia para no perder su fachada inocente, pero por dentro están encantadas —dijo poniendo los ojos en blanco.

—¡¿Cómo puedes decir eso?! Te clamé desesperada…

Amanda soltó un resoplido nada educado.

—Basta de drama. La realidad es que pensé que lo estabas disfrutando hasta que tomaste esa piedra y le acomodaste las ideas al sujeto… ¿Quién era, por cierto? No me parece haberlo visto antes.

—Un caballero del poblado de Neverun que vino a la capital por negocios —dije dejándome caer sobre la silla más cercana. Si Amanda no deseaba sentarse, yo sí lo necesitaba—. Compartimos un par de bailes en la fiesta y luego… todo se salió de control. Jamás fue mi intención matarlo —admití con la voz entrecortada enterrando el rostro entre mis manos.

La biblioteca se sumió en un silencio absoluto. Tras una pausa demasiado prolongada, alcé el rostro para mirar a Amanda, preguntándome por qué no decía algo.

Ella me miraba de vuelta con una expresión imposible de descifrar. Duda, diversión, malicia, había de todo en sus ojos oscuros como abismos.

—Como sea, sería muy grave que esto se supiera —dijo en un tono inocentón pobremente simulado—. Ya imagino el golpe que sería para tu abuelo. Él que es tan apegado a su honor… sería terrible que supiera que su única nieta tiene costumbres de mujerzuela, encontrándose con viajeros a solas… Me apenaría muchísimo tener que ser yo quien difunda la noticia, pero, ¿qué opción tengo? No puedo encubrir un evento tan escandaloso, la conciencia no me lo permitiría. Odio verme enredada en esta clase de asuntos.

—Apuesto a que sí —dije con amargura—. ¿A qué viniste, Amanda?

—Vine porque creo que hay una forma en que nos podemos ayudar mutuamente —dijo tomando asiento frente a mí con el torso inclinado en mi dirección.

—¿Ayudarnos?

—Como ya te dije, odio esta clase de asuntos y, a pesar de la gravedad de lo que hiciste, estoy dispuesta a callar lo que sé, siempre y cuando sepas retribuirme correctamente.

Eché la espalda hacia atrás, digiriendo sus palabras.

—¿Buscas un soborno? —pregunté incrédula. Mi vida entera se me educó para considerar el soborno como un comportamiento vil que corrompe el corazón de las personas; mi primer instinto era negarme, mostrando indignación, pero ¿estaba en posición de ello? ¿Acaso matar no era mucho más vil que un soborno? Amanda era el único eslabón que podía relacionarme a Cedric Rosler, su silencio significaba no solo librar la horca, sino salvar el honor de mi familia, que mi error no manchara al abuelo. Las cosas volverían a ser como antes, al menos en apariencia. Por más que fuera contra mis valores, no tenía salida—. No cuento con mucho dinero, mi padre se encarga de todos mis gastos, pero si me das unos días…

Iba a ser complicado, pero tal vez si vendía algunas joyas en secreto podría reunir el dinero que Amanda quería.

—¡Tonta! ¿Crees que quiero dinero? ¡Qué burla! Claro que no, lo que necesito de ti es mucho más valioso que unas monedas —dijo casi ofendida—. Los Kloss tenemos fortuna, lo que no tenemos es un buen nombre. Sabes que mi familia se ha visto envuelta en uno que otro rumor intrascendente que las personas han sacado de proporción. Mi madre y yo tenemos prohibida la entrada a la corte, la reina nos aborrece y, a causa de ello, muchas personas han dejado de invitarnos a sus bailes y festejos para no contrariar a Su Majestad. Lo que necesito es un marido de una familia respetable que limpie mi imagen y tú vas a ayudarme a conseguirlo.

—¿Quieres que haga de casamentera? —pregunté apenas ocultando lo absurda que encontraba su petición. ¿Qué habilidades tenía yo para la caza de un marido? Claramente ninguna, pues mi propia vida amorosa era nula—. Dudo mucho que pueda serte de utilidad en ese aspecto.

—Al contrario, solo tú puedes ayudarme —difirió Amanda—. Como entenderás, para restaurar mi posición en sociedad es necesario que me haga de un marido de una familia inigualable y en el reino no hay una mejor que los Schubert. Así que, tú me ayudas a atrapar a Hans y yo cierro la boca de lo que vi anoche.




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