Mamá creyó que la preocupación de papá cedería una vez que viéramos al abuelo, pero sucedió todo lo contrario.
El simple hecho de que nos recibiera en su habitación y no en la sala de visitas como acostumbraba ya era mala señal; nos dejaba saber sin palabras que no se sentía en condiciones de andar por su propia casa. El abuelo rara vez enfermaba y ninguno de nosotros estaba acostumbrado a verlo en cama, pálido y ojeroso.
En cuanto lo tuve enfrente, mi culpa y mis numerosas preocupaciones quedaron en segundo plano, cualquier cosa que no fuera el bienestar del abuelo Teo pareció irrelevante.
Besé sus mejillas, preocupadísima y lamentando en silencio que mis actos de la noche anterior pudieran acarrearle peores malestares de los que ya sufría.
En la habitación no solo estaban mis padres y Hans, también estaba mi tío Quentin con su mujer y sus otros dos hijos, mi hermano Jon y su esposa Ofelia.
—Creo que deberíamos mandar traer al doctor Moss —sugirió papá dirigiendo su mirada hacia la abuela, quien permanecía de pie junto a la cama.
—Tonterías. Walter vino apenas ayer, dice que estoy perfecto —refutó el abuelo.
La familia buscó la confirmación de la abuela, no creyendo lo que afirmaba él sobre su salud.
—No usó la palabra perfecto, pero dijo que estará bien en unos días siempre y cuando repose como es debido —admitió ella—. Aunque me temo que esa es la parte más difícil.
Todos entendimos a qué se refería. El abuelo no sabía estar lejos de sus obligaciones en el reino. Seguramente ya le comían las ansias por volver a su labor.
—¿Quién puede reposar cuando hay tanto por hacer? Es inaudito que Walter pretenda que falte a la reunión de agricultores en Sandor —se quejó el abuelo.
—Ya te dije que iré yo en tu lugar, verás que todo irá bien —aseguró mi hermano Jon acercándose a la cama.
—Sé que eres un joven muy capaz y aprecio el esfuerzo, pero los asuntos a tratar son delicados y no sé si puedas con el encargo solo —dijo el abuelo con tacto para no dejar asomar demasiada desconfianza en su nieto mayor.
Ante mí vi una puerta abrirse. Era la oportunidad perfecta.
—¿Por qué no mandan a Hans a la reunión también? Estoy segura de que Jon podría echar mano de la ayuda y Hans siempre insiste en que quiere aprender a servir a la Corona —sugerí en voz aguda y atropellada.
Los ojos de todos se giraron hacia mí, algunos con sorpresa, otros con incredulidad y los de Hans con ganas de estrangularme.
—¿En verdad? Vaya, no tenía idea. Qué buena noticia, siempre es grato escuchar que uno de mis nietos se interesa por servir al reino —dijo el abuelo con el rostro iluminado—. Si Jon lo ve bien, a mí me parece una excelente idea. Gracias por la sugerencia, Jackie.
—Por supuesto, será un gusto llevarlo conmigo —accedió Jon, tan afable como era siempre.
La abuela aplaudió suavemente, contentísima con la idea.
—Qué muchachos tan honorables tenemos en esta familia —celebró.
—¿Por qué no me hablaste antes de tus deseos de servir al reino, muchacho? Te habría empezado a preparar desde el primer momento —dijo el abuelo sentándose un poco más recto sobre la cama.
—Ni en casa dijiste palabra —comentó su hermano Ansel, el más joven de la familia.
Hans dio una inspiración profunda, sabiéndose observado por toda la familia. No hacía falta conocerlo para saber que quería desmentirme, pero la mirada orgullosa del abuelo y su delicado estado de salud lo persuadieron a callar.
—No deseaba cargarte con más tareas, abuelo —dijo con dientes apretados, lanzándome una mirada de que se las iba a a pagar. Luego se giró hacia Jon—. ¿Cuándo partimos?
—Pasado mañana a primera hora. Es mejor viajar antes de que el sol esté en lo alto —contestó él.
Poco después, dejamos al abuelo para que descansara y bajamos al comedor donde la abuela había dispuesto el almuerzo para todos.
Al llegar a la planta baja, sentí una mano pescarme y luego un tirón que me introdujo a la sala.
—¿Sigues bajo los efectos de la sidra? No entiendo qué pudo conminarte a decir tanta tontera —me reclamó Hans en lo que a la vez era un susurro y un ladrido—. Por tu culpa me perderé la fiesta de los Blake para pasar la semana en un pueblo remoto lidiando con granjeros inconformes.
—Ah, pero qué ingrato. Esta es una oportunidad grandiosa, además, el aire fresco te vendrá muy bien —respondí haciéndome la tonta. Hans ignoraba que lo estaba librando de una serpiente ponzoñosa—. Ya va siendo hora de que pienses en tu futuro y mira lo feliz que estás haciendo al abuelo en el proceso.
Hans apretó la mandíbula, conteniendo la sarta de palabrotas que seguramente quería lanzar en mi dirección.
—Tienes suerte de ser una chica, Jaqueline, de otro modo te daría un trompazo —expresó congestionado de ira.
—Estás siendo muy dramático, yo…
Dejé la frase a medias en cuanto noté la figura de la abuela detrás de Hans. Rápido le hice una seña discreta para que guardara silencio y él miró sobre su hombro por instinto.