Una esposa para el señor dragón

Capítulo 6

La señora Blake nos recibió con una sonrisa de oreja a oreja, justo como estaba haciendo con el resto de los invitados que llegaban a su baile. Mamá y yo la habíamos visto saludar a las personas que estaban antes que nosotras en la fila, a todos recibía con efusividad y las mismas palabras de bienvenida. Sin embargo, lo que dijo al verme fue radicalmente distinto al resto.

—¡Muchas felicidades, Jaqueline! Ya nos enteramos de la buena noticia —dijo besando mis mejillas.

Mamá frunció el ceño al mismo tiempo que yo, pero antes de que alguna de las dos preguntara a qué se refería, Leonor, la hija de la señora Blake que estaba de pie a su lado, la codeó en las costillas.

—Mamá, discreción, ya la avergonzaste —la amonestó en un murmullo.

—Ah, lo siento, no pensé que fuera secreto —se disculpó la señora Blake—. Como él está hablado tan abiertamente del compromiso… De cualquier modo, te alegrará saber, Jaqueline, que ayer lo agregué a la lista de invitados. De hecho, llegó hace rato —añadió guiñándome un ojo.

—¿Quién?

—¿Compromiso?

Mamá y yo no nos coordinamos para preguntar, y lo hicimos tan atónitas que nuestras voces quedaron ahogadas entre la música del interior y las charlas de la gente en la fila esperando saludar a los anfitriones.

—Por favor, sean bienvenidas y disfruten de la velada —dijo el señor Blake instándonos a seguir caminando para hacer espacio para otros invitados.

Tomé a mamá del brazo para caminar al interior del salón, las dos íbamos llenas de preguntas.

—¿A qué se refería esa mujer? —quiso saber mamá en un susurro.

Me encogí de hombros.

—Tal vez se confundió de persona.

Mamá hizo un gesto de conformidad, era la explicación más coherente. Entre tanto chismorreo que corría por el reino, no era difícil que se llegaran a confundir los nombres de las personas.

—Escuché que la hija de los Blum acaba de prometerse en matrimonio, tal vez estaba pensando en ella.

—Ah, es verdad. Probablemente sea eso —concordé.

Seguimos hacia un costado de la pista, aún no empezaban los bailes. Las parejas apenas se estaban formando, aguardando a que la banda tocara la primera pieza. Los caballeros iban de un lado al otro pidiéndole a las señoritas elegibles que les concedieran el primer baile.

Esperé junto a mamá a que alguien me lo pidiera e intenté que no me perturbara el hecho de que los minutos fueran transcurriendo sin que nadie me solicitara ser su pareja de baile. Pude notar en la expresión disimulada de mamá que a ella también se le hacía extraño que ningún caballero se acercara a mí. Normalmente, era de las primeras en tener todos mis bailes ocupados. Siendo nieta de la mano derecha del rey, no faltaban los interesados en acercarse a mí, aún si era solo debido a la posición privilegiada de mi familia.

¿Qué estaba pasando? ¿Por qué me había vuelto súbitamente invisible para los hombres de la fiesta? Algunos pasaban junto a mí e inclinaban la cabeza a modo de saludo, por lo que era claro que reconocían mi presencia, pero ninguno se detenía a pedirme bailar o siquiera a charlar un rato.

El primer baile comenzó y no tuve más remedio que quedarme de pie al lado de mamá viendo a las parejas dar vueltas frente a nosotras.

—¿Será que los muchachos se intimidaron al verte con tu madre? —se aventuró a especular mamá ya no viendo caso en disimular lo obvio—. Te habría convenido traer a tu primo.

Hice una mueca de desacuerdo, incluso en bailes en los que había estado mi abuelo, jamás me había ocurrido quedarme sin pareja con quien bailar.

—Lo dudo. ¿Me va bien el vestido? —pregunté bajando la mirada hacia mi falda color lila.

—Como un guante, hijita, te ves preciosa —aseguró mamá.

Quise creer en sus palabras. De cualquier modo, aunque mi aspecto no fuera impecable, dudaba mucho que ello fuera la causa de que nadie quisiera bailar conmigo.

Me forcé a esbozar una sonrisa para que nadie sospechara lo desencajada que me sentía y continué observando a las parejas. Tras un rato de silencio, mamá posó su mano suavemente en mi hombro para captar mi atención.

—Mira allá, los Blake invitaron a los Dranbers —comentó mirando hacia el extremo opuesto del salón.

Entre las cabezas de los invitados noté dos figuras altas y fornidas. A pesar de que la distancia me impedía verles bien el rostro, era más que evidente que se trataba de los extranjeros. En Encenard no se estilaba que los hombres se dejaran largo el cabello, ni que lo adornaran con piedras preciosas. Y si sus cabelleras negras no eran indicio suficiente, sus pieles atezadas terminaban de delatarlos, junto con sus cuerpos fornidos y su considerable altura. Los Dranbers sobresaltaban de entre los invitados en todos los aspectos.

Estiré el cuello, curiosa por ver sus facciones, pero tan lejos como estaba me era imposible.

—Tal vez se acerquen a saludarnos, puede que así nos enteremos de qué querían con el abuelo —dijo mamá.

—Lo que sea que deban tratar con el abuelo difícilmente nos concierne, no nos lo mencionarían —discrepé.




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