Una esposa para el señor dragón

Capítulo 7

Me alejé de Amanda con más preguntas y preocupaciones que antes. No solo tenía que encontrar a quien estaba esparciendo el rumor de mi compromiso, sino que las exigencias de Amanda iban a la alza. Ya no le bastaba Hans, ahora también quería que yo subsanara su imagen maltrecha. Como si eso fuera posible, el reino entero estaba al tanto de lo maliciosas y conflictivas que eran ella y su madre. Incluso había quienes afirmaban que habían intentado chantajear a miembros de la familia real y su padre había fallecido hacía no tanto de una forma deshonrosa en un duelo. ¿Quién querría a las Kloss cerca después de todo eso?

Nadie se iba a creer que súbitamente me había hecho amiga de Amanda Kloss. Éramos como el agua y el aceite. Fingirme su amiga y hacerle una fiesta levantaría más de una ceja y acarrearía preguntas… acarrearía atención hacia mí… atención que no debía llamar.

Enormes gotas de sudor frío comenzaron a descender por mi espalda.

Mi barco se seguía hundiendo, el agua entraba cada vez más aprisa.

Agobiada, me oculté tras una de las columnas del salón en tanto que procuraba acompasar mi respiración agitada. Sentía los nervios a flor de piel, pero no podía darme el lujo de perder la calma, no cuando me encontraba en un salón rodeaba por cientos de personas. Debía mantenerme como la Jackie de siempre, compuesta y de comportamiento intachable.

Cerré los ojos un instante, presionando mi cuerpo contra la fría piedra.

—¿Rosler? No conozco ningún Rosler, ¿quién es? —escuché una voz que decía al otro lado de la columna.

Discretamente, me asomé para ver de quién se trataba. Los señores Devon Durand y André Muller charlaban tranquilamente en tanto que degustaban el vino en sus copas.

—Cedric Rosler es un recién llegado de Neverun. Se presentó hace un par de semanas con una propuesta de negocios para mi familia, pero no lo hemos visto en días. Esperaba verlo hoy y charlar con él sobre su propuesta, pero me temo que faltó —explicó André.

—Tal vez no lo invitaron.

—Estoy seguro que sí, lo mencionó en el baile que ofreció mi familia recientemente. De hecho, esa noche fue la última vez que se le vio. Desde entonces ha estado desaparecido. Es de lo más extraño.

—¡Qué va! Ya sabes cómo es la gente del campo, no pueden llevarnos el ritmo a los de la capital. Seguro se entendió en desventaja y decidió retirarse discretamente —dijo Devon.

—Lo dudo, es un tipo astuto, no creo que se deje intimidar tan fácil. Algo debió ocurrirle…

Incapaz de seguir escuchando, me alejé de ahí como si fuera huyendo por mi vida. Qué horrible era vivir con la culpa y la incertidumbre de esa noche. ¿Cuánto más tomaría para que encontraran a Rosler? Parte de mí deseaba que nunca dieran con su cuerpo, mientras que otra parte deseaba que lo encontraran y que todo acabara de una condenada vez.

—Felicidades por tu compromiso —dijo Nancy Logan cortándome el paso. A sus secas palabras añadió el gesto de alzar su copa en el aire.

—¿Disculpa?

De nuevo esa tontería del compromiso.

—Que felicidades por tu compromiso —repitió Nancy en tono más fuerte, como si estuviera lidiando con una anciana que padece de sordera—. Tu prometido es… interesante… Si te agradan los hombres enormes de mirada amenazante, claro. Aunque debo confesar que jamás imaginé que acabarías con alguien como él.

El agobio era insoportable, me asfixiaba. Rosler, Amanda, Hans y ahora esta ridícula creencia de que estaba prometida a alguien.

—No tengo la menor idea de a qué te refieres —dije dejando asomar mi molestia. Confusión, chisme o broma, ya no me importaba por qué la gente me creía comprometida, solo sabía que ya había tenido suficiente del tema.

—Oh, vamos, Jackie. Lo sabes. Yo creo que muchos pensamos que acabarías con un chico dulce, uno de esos que usa anteojos cuyo único pasatiempo es leer. Alguien que quede mejor contigo, alguien más… aburrido.

Inhalé despacio, no queriendo darle demasiado peso al hecho de que Nancy me estuviera llamando veladamente aburrida, pues eso era lo que sus palabras insinuaban. Lo más relevante no era la clase de hombre con la que creía que iba a casarme, sino que pensara que tenía alguna especie de compromiso con quién sabe quién.

—No sé quién ha estado esparciendo rumores sobre mí, pero que te quede claro que yo no estoy prometida a nadie.

Las cejas de Nancy llegaron al nacimiento de su cabellera castaña.

—Tu prometido es quien lo dice. No es un rumor, yo misma lo escuché de sus labios hace unos minutos. Es inútil que lo intentes ocultar. Ya todo el mundo lo sabe.

—¿De qué hablas? No busco ocultar nada, solo digo la verdad.

—Ah, mentirosa. ¿Esperas que crea que ese hombretón se inventó que eres su prometida? Nadie haría eso, sería ridículo.

El enojo me atenazó el estómago. Así que era un hombre el que estaba inventando ser mi prometido. ¿Qué clase de alimaña se atribuye un compromiso falso y, peor aún, lo difunde a los cuatro vientos?

—Te repito que no tengo la menor idea de a quién te refieres, pero si has escuchado a cualquier hombre en esta fiesta decir que está prometido a Jaqueline Schubert, te exijo que lo señales en este momento para que lo exponga como el mentiroso que es.




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