Amy está preparándose para comenzar, otra vez, con el entrenamiento. Se viste con su ropa térmica habitual y se dirige a la pista de patinaje.
Su pista de patinaje, el regalo que le hizo su padre cuando cumplió los 10 años y decidió que quería convertirse en patinadora profesional. Su lugar mágico en el mundo, donde todo estrés, dolor y amargura no existen.
Al llegar, se encuentra con Max, quien la está esperando, impaciente en la pista, acompañado de una persona desconocida. Seguramente es el nuevo empleado.
Amy se acerca patinando hasta el centro de la pista.
—Hola, Max —saluda, sin inmutarse por la persona que está a su lado. Esa arrogancia suya irrita a cualquiera.
—Hola, Amy, te presento a Alex Rodríguez. Es el nuevo encargado de la pista. —El joven hace un movimiento con los patines y cae al suelo. Nunca en su vida había estado en una pista de patinaje; esto va a ser más difícil de lo que pensaba.
—¿Un encargado de pista que no sabe mantenerse en el hielo? —exclama, burlándose, algo que a Alex no le cae nada bien.
—Aprenderá, no te preocupes —lo defiende Max. Sabe que nadie quiere trabajar con ella por su humor y por su forma de tratar a la gente; debe aprovechar a este chico, que se presentó solo a trabajar.
—Señorita Amy, es un gusto trabajar con usted —se presenta, intentando disimular su incomodidad. Sabía que ella era una persona arrogante y muy malhumorada, pero no se imaginó que tanto.
—Muy bien, Alex, ¿sabes lo que tienes que hacer? —le pregunta, mirándolo a los ojos.
—Sí, señorita Williams, no se preocupe. Aprenderé enseguida.
—Espero que así sea —contesta con desagrado.
Amy se olvida de él y se dispone a entrenar. Pero rápidamente el dolor en su tobillo es insoportable; sin embargo, decide continuar. No puede darse por vencida, debe recuperarse antes de las nacionales.
Desde que tiene uso de razón y entendió que el patinaje era lo que más amaba hacer en el mundo, su sueño fue llegar a los Juegos Olímpicos. Pero esta maldita lesión solo hace retrasar todo, y si no llega a las nacionales será otro año más perdido, algo que la pone de mal humor y la hace sentirse una completa fracasada. Pero, aun así, jamás se dará por vencida, ni aun vencida.
Mientras tanto, Alex limpia con la máquina pulidora de hielo la pista sin molestarla. No puede creer lo persistente que es, a pesar de que se nota en su rostro el dolor que siente. No deja de entrenar. Podrá no tener talento, como dicen los periodistas, pero no se puede negar que tiene mucha perseverancia.
Amy sigue patinando al ritmo de la música durante varios minutos más.
Durante años y junto a varios entrenadores aprendió el triple salto, uno de los trucos más difíciles en el patinaje. Le llevó mucho tiempo, dedicación y varios moretones, pero finalmente logró hacerlo.
Aún recuerda ese día, cuando finalmente lo logró y su caída fue perfecta. Entre risas y llanto, se había abrazado a Michel, su compañero de patinaje, quien en la actualidad se ha convertido en uno de los mejores entrenadores del mundo.
Pero, lamentablemente, después de ese fatídico día en el que ella repitió el movimiento en su coreografía y se lesionó, nada volvió a ser igual. Nadie soporta su mal humor, solo Max está a su lado y, al parecer, su mente olvidó cómo hacer el movimiento. Porque desde la caída, a pesar del dolor, ha intentado hacerlo y solo termina en un nuevo golpe contra el piso helado. El miedo al fracaso y a lesionarse, inconscientemente, le está jugando una mala pasada.
Pero como ya lo ha dicho varias veces, no puede darse por vencida, es la única forma de cumplir sus sueños. Por lo que comienza a practicar la última coreografía.
Todo increíblemente perfecto, piensa Alex mientras la observa maravillado desde una punta de la pista. Cada movimiento perfectamente ejecutado en tiempo y forma. Se podría decir que es un placer verla patinar, para él que ama tanto el deporte, hasta que en un momento intenta realizar el triple salto, y, a lo lejos, escucha que Max grita muy preocupado acercándose a ella para detener el movimiento, pero es inútil.
—¡Amy, no lo hagas, puedes hacerte daño! —grita Max, pero es demasiado tarde porque Amy ejecuta el triple salto y cae al suelo golpeándose bastante fuerte.
—¡Amy! ¿Estás bien? —pregunta, acercándose desesperado al medio de la pista, donde está Amy, sin poder levantarse—. ¡Alex, ayúdame! —El joven también se acerca al lugar.
—Estoy bien, estoy bien —exclama, intentando levantarse.
—Eres muy arriesgada, no puedes hacer un triple salto. ¿Estás loca? ¿En qué estabas pensando? —la regaña muy enojado.
—Sé lo que hago, Max. Eres mi entrenador, no mi dueño —exclama con arrogancia y frustración, golpeando el suelo de hielo con su mano en forma de puño, descargando toda su ira contenida para no llorar.
—Como soy tu entrenador, tienes que hacer lo que yo te digo, y te prohíbo que hagas un triple salto hasta que no te recuperes. Ya demasiado estoy permitiendo que estés entrenando —sigue regañándola con dureza, pero ella lo desafía.
—Yo hago lo que quiero —le responde Amy, que intenta levantarse y vuelve a caer al suelo. Su tobillo se volvió a inflamar y no puede seguir patinando.
—¡No seas tan testaruda, mira cómo estás! Alex, ayúdame a llevarla.
—¡Sí! —Ambos toman a Amy de un brazo y del otro y la llevan a tierra firme. Allí se quita los patines y ve su tobillo inflamado.
—Mira lo que has hecho, Amy. No voy a permitir que sigas entrenando. Esto puede ser el final de tu carrera y lo sabes.
—Mañana vendré bien temprano a entrenar y tú no vas a impedirlo —vuelve a desafiarlo.
—¿Sabes qué? Haz lo que quieras. ¡Renuncio! No voy a seguir viendo cómo te haces daño tú sola —exclama muy enojado yéndose del lugar, dejándola sola con Alex.
—Señorita, ¿se encuentra bien? ¿Quiere que la ayude? —pregunta, preocupado. El dolor se refleja en su mirada—. Usted necesita un doctor.