Una Exclusividad Sobre El Hielo

Capitulo 2: "Devuelta A Los Entrenamientos"

Pov Amy

Me visto con mi ropa térmica habitual, ajustando cada prenda con precisión, como si al hacerlo pudiera recuperar el control que siento que estoy perdiendo desde la lesión. Respiro hondo antes de salir, intentando convencerme de que hoy será diferente, de que el dolor no va a ganarme.

Cuando entro a la pista, el frío me envuelve de inmediato, pero no me molesta. Nunca lo hace. Este lugar siempre fue mi refugio, mi espacio seguro, el regalo que mi padre me hizo cuando tenía diez años y decidí que quería convertirme en patinadora profesional. Aquí todo desaparecía: el estrés, la presión, las dudas.

O al menos así era antes.

Al levantar la vista, veo a Max esperándome en la pista, claramente impaciente, y no está solo. Hay un chico con él. Debe ser el nuevo encargado. No me sorprende; el último no duró nada.

Sin detenerme, me impulso sobre el hielo y patino hasta el centro, sintiendo por un instante esa conexión que tanto necesito.

—Hola, Max —digo con indiferencia, sin mirar al otro.

—Hola, Amy. Te presento a Alex Rodríguez. Es el nuevo encargado de la pista.

Giro apenas la cabeza para observarlo, justo cuando intenta moverse… y cae al suelo de forma torpe. No puedo evitar soltar una risa breve, cargada de desprecio.

—¿Un encargado de pista que no sabe mantenerse en el hielo?

Max interviene de inmediato:

—Aprenderá, no te preocupes.

Lo miro por primera vez, evaluándolo.

—Señorita Amy, es un gusto trabajar con usted —dice, intentando disimular su incomodidad.

Clavo mis ojos en los suyos.

—Muy bien, Alex, ¿sabes lo que tienes que hacer?

—Sí, señorita Williams, no se preocupe. Aprenderé enseguida.

—Eso espero.

No pierdo más tiempo. No estoy ahí para hacer amigos.

Comienzo a patinar, dejándome llevar por la música, intentando reencontrarme con mi cuerpo. Pero no pasan ni unos minutos antes de que el dolor en mi tobillo se haga presente, intenso, punzante, como un recordatorio constante de que no debería estar ahí.

Aun así, continúo.

No puedo detenerme.

No después de haber quedado fuera de las Nacionales.

Aprieto los dientes mientras sigo con la rutina. Siento cómo cada movimiento exige más de lo que mi cuerpo puede dar, pero ignorar el dolor es algo que aprendí hace años.

Recuerdo el día en que logré el triple salto. Las caídas, los golpes, la frustración… y finalmente ese momento perfecto. La risa, las lágrimas, el abrazo con Michel.

Y ahora… ni siquiera puedo intentarlo sin fallar.

Empiezo la coreografía completa, cada movimiento preciso, controlado. Sé que lo estoy haciendo bien. Siempre lo hago bien.
Hasta que llega el momento.

El salto.

Escucho la voz de Max a lo lejos:

—¡Amy, no lo hagas, puedes hacerte daño!

Lo ignoro.

Tomo impulso y salto.

Por un segundo… todo es perfecto.

Y al siguiente… caigo.

El golpe contra el hielo me deja sin aire y el dolor se dispara por todo mi tobillo. Intento levantarme, pero mi cuerpo no responde como debería.

—¡Amy! ¿Estás bien? —escucho a Max acercarse desesperado.

—Estoy bien… —miento, intentando incorporarme.

—¡Estás loca! ¿En qué estabas pensando? No puedes hacer un triple salto en este estado.

La frustración me desborda y golpeo el hielo con el puño.

—Sé lo que hago, Max. Eres mi entrenador, no mi dueño.

—Y como tu entrenador, te prohíbo que vuelvas a intentarlo hasta que te recuperes.

—Yo hago lo que quiero.
Intento levantarme otra vez… pero vuelvo a caer. Mi tobillo late, inflamado, inútil.

—¡Mírate! —exclama—. Alex, ayúdame.

Siento cómo ambos me toman y me sacan del hielo. Odio cada segundo de eso. Odio sentirme débil.

Cuando llegamos a la orilla, me quito los patines y veo mi tobillo inflamado.

—Mira lo que has hecho, Amy. No voy a permitir que sigas entrenando.

Levanto la mirada, desafiante.

—Mañana voy a volver. Y no vas a impedírmelo.

Max aprieta los dientes, furioso.

—¿Sabes qué? Haz lo que quieras. Renuncio. No voy a seguir viendo cómo te destruyes.

Lo veo darse la vuelta y marcharse.

No digo nada.

No voy a detenerlo.

El silencio se vuelve pesado.

—¿Señorita… se encuentra bien? —pregunta Alex con cautela.

Lo miro, cansada.

—Dime Amy. Me aburre que me digan “señorita”. Solo necesito un calmante, voy a urgencias.

—Yo la llevo. Usted no puede manejar así.

Lo dudo un segundo… pero termino asintiendo.

El camino es silencioso. Miro por la ventanilla, evitando cualquier conversación. El dolor es insoportable, pero no voy a mostrarlo más de lo necesario.

En la clínica, Robert me examina y confirma lo evidente.

—Amy, necesitas reposo absoluto. Si sigues así, podrías no volver a patinar.

Lo miro fijamente.

—No voy a dejar de entrenar.

Suspira, como si ya esperara esa respuesta.

—Lo sé. Pero al menos intenta no exigirte tanto.

—No puedo —respondo con firmeza—. Necesito llegar a los Juegos Olímpicos, cueste lo que cueste.

Finalmente me da medicación y me deja ir.

De vuelta en el auto, Alex rompe el silencio.

—Amy… ¿por qué eres tan testaruda? ¿Por qué te arriesgas así?

Cierro los ojos un instante antes de responder.

—No lo entenderías. Nadie lo hace. Ni siquiera Max.

—Inténtalo —dice con suavidad—. Quizás pueda hacerlo.

Lo miro de reojo.

—Nadie entiende lo que significa el patinaje para mí. Es lo único que siempre quise.

Hago una pausa.

—Y además… quiero demostrarles que están equivocados.

—¿A quiénes?

Aprieto los labios.

—A los periodistas. ¿No escuchas lo que dicen? Que no tengo talento, que todo lo consiguió mi padre… que soy una farsante.

El silencio se instala entre nosotros.

—No creo que sea así —dice finalmente.

Lo miro, incrédula.

—¿Tú qué puedes saber? Ni siquiera sabes mantenerte en el hielo.




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