Es un nuevo día.
Me levanto más temprano de lo habitual, aunque en realidad no dormí casi nada. Doy vueltas en la cama durante horas, pensando en Max, en cómo se fue, en cómo dejó todo así… conmigo. Lo llamé varias veces durante la noche, pero no contestó. Eso me desespera más de lo que quiero admitir.
No puedo perderlo.
No solo es uno de los mejores entrenadores del país… es el único que me soporta. El único que se queda.
Después de una ducha rápida y un desayuno que apenas pruebo, me visto con mi ropa térmica y salgo hacia la pista, decidida a seguir como si nada hubiera pasado.
Cuando llego, lo primero que veo es a Alex.
Está puliendo el hielo con la máquina, concentrado, pero la pista sigue siendo un desastre. Frunzo el ceño. Claramente no ha mejorado mucho desde ayer.
Me acerco, y en cuanto me ve, me regala una sonrisa.
Una sonrisa… demasiado linda.
—Buenos días, Amy. ¿Cómo está tu tobillo? —pregunta con amabilidad.
Por un segundo me desconcierta. No estoy acostumbrada a ese tono.
—Hola, Alex. Mucho mejor. ¿Desde qué hora estás aquí?
—Desde las siete. Max me dijo que viniera a esa hora todos los días.
Mi atención cambia de inmediato.
—¿Has hablado con él? —pregunto, sin poder ocultar la ansiedad.
—No, ese fue el horario que me dio cuando empecé a trabajar.
Respiro hondo, intentando disimular la decepción.
Sí… tendré que insistir. No es la primera vez. Sé que volverá. Me necesita… y yo lo necesito.
—¿Has sabido algo de Max? —pregunta él.
—No —respondo—. Pero va a volver.
Lo observo un momento más. Hoy… se ve distinto. O quizás soy yo. Tiene ojos verdes intensos, y esa sonrisa… es peligrosa.
—Muy bien, seguiré con mi trabajo si no te molesta —dice.
—Oye, Alex —lo detengo—. Sé que estás poniendo esfuerzo, pero no lo estás haciendo bien.
Su expresión cambia de inmediato.
—¿No?
—No. La pista debería estar más limpia. Si no, podría caerme.
—Lo siento, volveré a limpiar y me dices si está bien.
Da un paso… y vuelve a caerse.
No puedo evitar negar con la cabeza.
—Y lo principal… necesitas aprender a mantenerte en el hielo. No puedes trabajar aquí si no sabes hacerlo.
Le ofrezco la mano, y él la toma. En el instante en que nuestras pieles se rozan, siento un escalofrío inesperado. Lo ignoro.
—Podrías enseñarme, ¿no te parece? —dice, sonriendo otra vez.
Esa sonrisa…
—Yo… —titubeo, algo completamente fuera de lugar en mí—. No puedo, Alex. Debo entrenar. Nada puede distraerme, queda muy poco para las Nacionales.
—Por favor, Amy. Aprendo rápido, ya verás —dice, haciendo un gesto tan ridículamente tierno que… me hace sonreír.
Sonrío.
¿Yo?
—¡Oh, Dios mío! —dice él—. Logré hacer sonreír a Amy Williams.
Mi expresión cambia de inmediato.
—¿Qué dices?
—Tienes una hermosa sonrisa. Deberías hacerlo más seguido. Tengo una idea: tú me enseñas a patinar y yo te enseño a sonreír. ¿Qué dices?
—Sé sonreír, Alex…
—Sí, pero no lo haces. Y te verías más bonita haciéndolo.
Ruedo los ojos.
—Olvídalo. Debo entrenar. Además, no tengo motivos para hacerlo.
—Por favor, Amy —insiste—. Hazlo por el bien de los dos. Si aprendo, puedo trabajar mejor… y eso te beneficia. Además, puedo darte motivos para sonreír. Sé contar muy buenos chistes.
Lo miro, evaluándolo.
—Visto así… tienes razón. Está bien, te enseñaré. Pero no necesito tus chistes. Guárdatelos.
—Gracias, Amy. Sabía que aceptarías —dice, acercándose con cuidado.
Y entonces…
Se cae otra vez.
Y me arrastra con él.
Caemos al hielo, y queda encima mío.
—Oh, no… Amy, ¿estás bien? Lo siento mucho…
Pero no se mueve.
Yo tampoco.
Nuestros ojos se encuentran… y todo alrededor desaparece.
Sus ojos verdes.
Demasiado cerca.
Demasiado intensos.
Siento cómo el aire se vuelve pesado, cómo el tiempo se detiene. No puedo apartar la mirada. Y por un segundo… solo un segundo… pienso que va a besarme.
Y no me aparto.
—Hola, Amy. Alex.
La voz de Max rompe el momento.
Alex se levanta de inmediato, incómodo. Yo también.
—Lamento interrumpir —dice Max, con una sonrisa burlona.
El calor sube a mis mejillas, pero mi reacción es automática.
—Solo estaba tratando de ayudarlo con el hielo, y me arrastró con él. O aprendes rápido o te vas de aquí.
Mi tono vuelve a ser frío.
Seguro.
Controlado.
—Lo siento, Amy —dice Alex—, pero recuerda que prometiste enseñarme.
—Lo haré. Cumplo mi palabra. No ahora. Debo hablar con Max.
—Está bien, estaré por allí.
Espero a que se aleje antes de mirar a Max.
—¿Qué sucede entre Alex y tú? —pregunta.
—Absolutamente nada. Sabes que no tengo tiempo para eso.
—Quizás deberías tenerlo. Te haría más humana.
—¿A qué has venido? —respondo, molesta.
—Me llamaste unas doscientas veces —dice—. Pensé que querías que volviera. Sé que no vas a rendirte, así que estoy aquí.
Siento algo aflojarse dentro de mí.
—Gracias, Max… Estoy mejor. Robert me infiltró y me dio analgésicos. Voy a empezar de a poco. Sé que ayer me excedí.
—Me alegra oír eso. No quisiera que tu lesión sea permanente. Nunca vi a alguien amar tanto el patinaje como tú.
—Lo sé… y gracias por no dejarme.
—Lo hago porque te quiero —dice—. Y deberías pensar en lo de Alex. Te vendría bien distraerte.
—No saldré con él. No es mi tipo.
—No mientas. Vi cómo se miraban. Estaban a punto de besarse.
Lo fulmino con la mirada.
—¿Estás loco? No tengo tiempo para tonterías. Hay que entrenar.
Me impulso hacia el centro de la pista, dejando la conversación atrás.
Pero no puedo evitar sentir su mirada.
La de Alex.
Y, por más que lo intente…
No puedo sacarme de la cabeza ese momento en el hielo.