Como lo prometió, Alex pasa por mí a las diez de la noche.
Escucho el auto detenerse frente a la casa y me quedo unos segundos quieta antes de salir, dudando si realmente quiero hacer esto. No es mi ambiente, no es mi mundo, y sin embargo termino tomando mi abrigo y saliendo igual, como si una parte de mí necesitara comprobar algo que todavía no entiendo.
Subo al auto y lo saludo con cierta frialdad.
—Hola.
—Hola, Amy —responde él con esa sonrisa suya que parece no apagarse nunca.
Después de eso, el silencio se instala entre nosotros durante todo el camino. Miro por la ventana, evitando cualquier intento de conversación, hasta que finalmente llegamos al bar “Azúcar”. Apenas cruzo la puerta, la música me envuelve por completo: es fuerte, vibrante, llena de vida. Hay gente bailando por todos lados, risas, luces cálidas y una enorme bandera cubana colgada en la pared. Nunca estuve en un lugar así, y por un momento me siento completamente fuera de lugar.
Alex se da cuenta enseguida.
—Amy ¿que sucede? Estamos aquí para que te diviertas no para que estés con esa cara.
Lo miro, incómoda.
—¿Que tiene de malo mi cara? Es la uníca que tengo.
Él niega con suavidad, acercándose un poco más, como si intentara atravesar esa distancia que siempre pongo entre los demás y yo.
—Es mentira, no se porque te escondes detrás de esa coraza de hielo, pero se muy bien que no eres así, y yo te ayudare a divertirte.
Antes de que pueda responderle, me toma del brazo con naturalidad y me guía hacia el interior del lugar. Nos acercamos a la barra, donde un hombre saluda a Alex con entusiasmo, hablando en un idioma que no entiendo.
—Hola mi querido amigo —dice abrazándolo— hace mucho que no te veo por aquí.
—Raul ¿como estas? —responde Alex en el mismo idioma.
Frunzo el ceño, completamente perdida.
—Alex no entiendo de que hablan, no se español.
Él se gira hacia mí con una sonrisa tranquila.
—No te preocupes Amy solo nos estamos saludando, Raul es un buen amigo mio… ¡estamos aquí para divertirnos!
—Y sabes que has venido al mejor lugar —agrega el hombre.
—Eso no lo dudo, por favor dos mojitos.
—Como digas Alex, diviértanse.
—Gracias amigo.
Nos alejamos de la barra y él me mira con cierta expectativa.
—Dime Amy ¿te gusta el lugar?
Observo otra vez a mi alrededor, intentando adaptarme a todo ese caos lleno de energía.
—Si... No esta nada mal.
—Ven aquí, dame la mano.
No llego a negarme cuando ya está tomando mi mano y llevándome hacia la pista. Empieza a moverse con una naturalidad que me descoloca, haciéndome girar sin parar, como si esto fuera lo más fácil del mundo.
—No se bailar Alex, aquí todos bailan muy bien, no quiero pasar vergüenza.
—Amy así como tu me estas enseñando a patinar, yo te enseñare a bailar salsa.
Lo miro incrédula.
—Estas loco, Alex.
—Diviértete Amy, pero ¿sabes que? quizás necesitas algo de alcohol para deshinibirte, busquemos los mojitos.
Volvemos a la barra justo cuando Raul nos alcanza las bebidas.
—Aquí tienes, Alex, disfrútenlos.
—Gracias, toma Amy, sentemonos allí.
Acepto, y nos acomodamos en un sillón negro. Sostengo el vaso entre mis manos y doy un primer sorbo; es dulce, fuerte, distinto a todo lo que suelo tomar, y casi sin darme cuenta empiezo a relajarme un poco.
—Dime —dice él, mirándome con atención— ¿como fue que te diste cuenta de que te gustaba el patinaje artístico?
Lo miro sorprendida.
—¿Para que quieres saber eso, Alex?
—Vamos Amy estamos en plan de amigos no seas tan antipática y odiosa.
Suspiro, pero termino cediendo.
—Tenía 3 años cuando mi padre me llevó a una pista de hielo por primera vez, apenas caminaba y cuando me puse los patines sentí que estaba volando, me caí, me lastime, pero ese día, con mi corta edad, me di cuenta de que amaba el patinaje y quería dedicarle el resto de mi vida.
—Wow tan pequeña, no lo puedo creer.
Bajo la mirada un instante antes de continuar.
—Pero a medida que fui creciendo me di cuenta de la crueldad y la competencia que hay en el mundo del patinaje. Más para personas sin talento como yo.
—¿Por que dices que no tienes talento? Te vi estos días practicar y eres muy buena.
—Vuelvo a repetirtelo tu no sabes nada de patinaje no puedes saberlo.
No sabe nada… o eso creo.
—No sabré mucho de patinaje pero se muy bien que tienes talento y como te dije hoy, no te des por vencida tan facilmente. Demuéstrales que están equivocado.
Lo miro, y por primera vez en mucho tiempo siento que alguien no me está juzgando.
—Gracias Alex, gracias por confiar en mi.
El alcohol empieza a hacer efecto y noto cómo bajo la guardia.
—Iré por otro mojito, no me tardo, quédate aqui.
—Esta bien, pero ¿no crees que es demasiado?
—Relájate Amy, estas conmigo, puedes confiar en mi.
—¿Y tu quien eres? Apenas te conozco.
—Tendras que arriesgarte.
Antes de irse, se inclina y me deja un beso en la mejilla que me deja completamente inmóvil. Cuando vuelve con las bebidas, no puedo evitar preguntarlo.
—¿Por que fue eso?
—¿Que cosa, Amy? ¿El beso? No te preocupes soy así, soy muy efusivo, me gusta demostrar cariño y tu me causas mucha ternura.
Lo miro, confundida.
—Eres un idiota.
—Toma el mojito Amy, hazme caso, te sentirás mejor.
Y tiene razón.
Después del segundo mojito, todo cambia. La música ya no me abruma, me atrae. El cuerpo me pide moverse.
—Vamos a bailar, Alex.
—Esta bien, Amy, me alegro que estés disfrutando.
—Enséñame a bailar.
—Ven aquí, lo haré.
Y bailamos durante horas. Me dejo llevar completamente, riendo, girando, acercándome a él sin pensar en nada más. Hace mucho tiempo que no me sentía así de libre, como si por un rato no existieran ni el patinaje, ni la presión, ni los errores… ni Michel. Solo la música, el calor del lugar y la sensación de estar viva.