Al otro día despierto con un dolor insoportable de cabeza. Sabía que iba a pasar. No estoy acostumbrada a beber alcohol y, como una tonta, me dejé influenciar por Alex y su estúpida sonrisa.
Maldiciendo, me levanto de la cama y, después de desayunar, me pongo mi ropa térmica y salgo directo a la pista de patinaje. Por suerte hoy no tendré que ver a ese idiota... Espero que se haya tomado en serio mi despido. Tengo muy pocos detalles de la noche anterior, pero recuerdo perfectamente cuando quiso humillarme y le pedí que no regresara. Dudo que tenga el valor de hacerlo.
Estoy conduciendo hacia la pista cuando el teléfono comienza a sonar insistentemente. Conectado al Bluetooth del coche, aprieto un botón en el tablero y contesto la llamada al ver el nombre de Max en la pantalla.
—Buenos días, Max.
—Dime qué has hecho, Amy, y necesito la verdad —exclama bastante enojado. Al parecer, no son buenos días para él.
—Escucha, Max, tengo un dolor terrible de cabeza, así que intenta bajar la voz... además, no sé de diablos estás hablando.
Será que...
—Acabo de llamar a Alex, porque ya debería estar aquí, y me dijo que anoche discutieron y lo despediste.
—Así es... —digo, restándole importancia—, me ofendió y no puedo permitírselo. Me dijo que era una caprichosa y una malcriada, ¿puedes creerlo? —aún lo recuerdo y me hierve la sangre.
—Dudo que Alex haya dicho algo así, pero... ¿acaso es mentira? —pregunta enojado, dejándome anonadada.
—Max, no voy a permitir que...
Pero al parecer Max está demasiado enojado para escucharme:
—No, Amy, yo no voy a permitir que sigas haciendo lo que quieres. Te adoro y lo sabes, pero hoy no eres de mis personas favoritas. Si en una hora no llegas a la pista en compañía de Alex, renunciaré para siempre y ni siquiera el mismísimo diablo me hará regresar.
Max corta la llamada, ni siquiera me deja contestarle... la verdad es que nunca lo había escuchado tan enojado.
Lamentablemente, no tengo otra opción... Debo buscar a Alex o perderé a Max y, en este momento, tan cerca del campeonato, no tengo tanto tiempo que perder.
Busco en el GPS la dirección del departamento de Alex. Por suerte, no está muy lejos. En diez minutos estoy en la puerta del edificio, llamando al portero eléctrico.
Cinco minutos y nada... O Alex tiene una enorme resaca como yo y se ha quedado dormido, o sabe que soy yo y me está ignorando.
De repente, veo que alguien sale y deja la puerta abierta, así que aprovecho a entrar.
Aunque ahora que lo recuerdo, tampoco sé en qué piso está su departamento...
Maldito Alex, juro que pagarás por esto.
Al pasar por la puerta de entrada, encuentro a un hombre de unos 50 años, seguro debe ser el conserje del lugar. Es el único que puede ayudarme.
—Buenos días, señor... Soy Amy Williams, estoy buscando al señor Rodríguez, ¿podría decirme en qué piso se encuentra su departamento?
El hombre abre sus ojos de par en par y me mira sorprendido. ¿Será que me habrá reconocido? Seguramente... Los periodistas no dejan de hablar de mí en los portales de noticias, así que casi todo el país ya reconoce mi cara por donde me ve:
—Señorita Williams, qué placer conocerla, usted es mucho más bonita en persona —noto que lo dice con respeto, como se lo diría un padre a una hija, por lo que tomo bien su halago.
—Muchas gracias, señor... por favor, necesito encontrar a Alex, ¿podría ayudarme? —insisto nuevamente.
—¡Claro que sí! Con mucho gusto. El señor Rodríguez vive en el cuarto piso, departamento 3 —exclama... aunque por su mirada creo que intenta decirme algo más—. Señorita, de verdad es un placer conocerla y quizás, si usted puede... quisiera pedirle un favor.
Ahora la sorprendida soy yo... no soy de pararme a hablar con un extraño por más de unos segundos, pero por alguna extraña razón quiero escucharlo.
—¿Un favor? ¿Qué podría hacer yo por usted? —pregunto mirándolo a los ojos.
—Señorita Williams, tengo una nieta de 10 años llamada Camila. Ella es fan suya y sueña patinar sobre el hielo como usted... tiene un increíble talento, pero...
De repente, sus ojos se llenan de tristeza...
—Hace unos meses, a mi pequeña le diagnosticaron cáncer y, aunque hay una alta posibilidad de que se recupere, se ha puesto muy rebelde, está triste.
Algo dentro de mí duele al escuchar esas palabras... una niña tan pequeña, pasar por una enfermedad tan cruel como esa.
—¿Qué puedo hacer por usted, señor? —pregunto mirándolo a los ojos.
—Como le dije antes... ella la admira muchísimo. No se ha perdido ninguna de sus competencias. Quizás, si usted... en algún momento pudiera ir a visitarla al hospital, yo...
¿Ir a visitarla al hospital? Con toda la prensa siguiéndome, esperando para atacarme, no sería muy fácil... aunque... tampoco puedo decirle que no... Es una niña, soy una persona difícil, pero tengo corazón.
—Señor... no sé qué decirle.
—Sé que no es fácil para usted, pero... dentro de una semana es su cumpleaños y estoy seguro de que una visita suya será el mejor regalo que pueda llegar a recibir.
Simplemente no puedo decir que no.
—Está bien, señor... escuche, no tengo mucho tiempo, pero llámeme esta noche a este número —digo entregándole una tarjeta—, podemos hablar más tranquilos.
—Gracias, señorita Williams, de verdad usted es un ángel.
Sin más tiempo que perder, me despido del anciano y subo las escaleras corriendo hasta el cuarto piso. Detesto los ascensores, me falta el aire y las escaleras son más saludables.
Finalmente llego hasta la puerta del departamento de Alex. Después de unos segundos de dudas, llamo a la puerta esperando que Alex me atienda... pero no es precisamente él quien la abre...
Una mujer de unos 27 años, con el cabello mojado, envuelta solo en una bata de baño, abre la puerta.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla? —saluda bastante amable y yo siento que algo se acaba de romper dentro de mí...