Los pasos del Doctor Martín Salazar resonaban en los pasillos de techos altos como si el mármol quisiera recordar cada uno de ellos. La universidad, antigua y solemne, parecía más un templo que un centro de estudio. Las vidrieras de colores filtraban la luz con capricho, dejando que el día entrara a trozos, como si también dudara de lo que debía iluminar.
Martín caminaba sin prisa, con el maletín en una mano y una carpeta abultada bajo el brazo. En ella, años de investigación: copias de registros reales, cartas sin firma, anotaciones marginales en libros de historia, testimonios que nadie había citado. Fragmentos. Todo lo que no encajaba en la historia oficial.
Al llegar a su despacho, cerró la puerta con cuidado, como si temiera que alguien escuchara lo que aún no había dicho. Extendió los documentos sobre la mesa, uno junto a otro, como piezas de un rompecabezas que nadie había querido encajar. Respiró hondo. Y empezó a leer.
La leyenda oficial hablaba de un héroe intrépido, un caballero valeroso que rescató a una princesa del castillo de un monstruo. Se cantaban canciones. Se erigían estatuas. El rey Malrik aparecía como justo y magnánimo. El caballero, como desinteresado y noble. La princesa… como un premio.
Pero en los documentos más antiguos, la princesa no tenía nombre. Solo “ella”. Solo “la prometida”. Solo “la princesa”. Hasta que, en una nota al margen, escrita con tinta desgastada, Martín encontró una palabra que no aparecía en ningún otro lugar: Lira. Apenas visible, como si el papel quisiera olvidarla.
No era princesa. No vivía en un castillo. No fue rescatada. Fue entregada.
Martín se sentó, tomó aire, y empezó a ordenar los fragmentos. La historia que había aprendido de niño se deshacía entre sus dedos. Y lo que emergía no era una leyenda. Era una herida.
- Insólito. -Murmuró en las penumbras de su despacho apenas iluminado por un viejo flexo de luz amarilla.
Tomó aire profundamente. Se preparó en silencio, como quien sabe que va a abrir una vieja cicatriz. El teclado crujió bajo sus dedos. La historia, al fin, empezaba a hablar.