El Doctor Martín Salazar hojeaba el cuaderno con dedos temblorosos. El papel era frágil, amarillento, con manchas de humedad en los bordes. No era un documento oficial, ni una crónica de la corte. Era algo más íntimo. Más real.
Cartas.
Una tras otra, escritas con letra apretada, sin firma, sin adornos, sin lenguaje opulento. Solo un nombre al final de cada una: “Tu hermana, Elna.”
Las había encontrado por azar, escondidas entre los pliegos de un archivo de contabilidad. Nadie las había catalogado. Nadie las había leído. O, si lo habían hecho, habían decidido no decir nada.
La primera empezaba así:
“No sé si esta carta llegará a ti. Aquí dentro, todo está vigilado. No se puede hablar de ciertas cosas. No se puede mirar demasiado. No se puede preguntar.”
Martín tragó saliva. Siguió leyendo.
“La joven… la prometida del rey… no habla. No sonríe. Camina como si llevara piedras en los pies. La visten como a una reina, pero no la tratan como tal. Nadie se atreve a mirarla a los ojos. Y cuando el rey entra en la sala, ella se encoge, como si el aire se volviera más denso.”
“Una vez la oí llorar. No fuerte. No como una niña. Lloraba como quien ya no espera consuelo.”
Martín cerró los ojos. El silencio del despacho se volvió más espeso.
“Dicen que fue rescatada de un monstruo. Que el caballero la salvó. Pero aquí dentro nadie lo cree. Solo lo repiten. Como se repite una oración vacía.”
“Yo solo limpio su habitación. Pero cada día dejo una flor en la ventana. No sé si lo nota. No sé si le importa. Pero es lo único que puedo hacer.”
“Tu hermana, Elna.”
Martín dejó la carta sobre la mesa. Se quedó mirando el papel como si pudiera oír la voz de Elna, como si pudiera ver a Lira, sentada en una habitación hermosa, con la puerta cerrada por fuera.
La historia no había terminado. Ni con la boda. Ni con el vestido blanco. Ni con los aplausos.
La historia seguía. Silenciosa. Prohibida. Pero viva. Y él iba a contarla.