Una flor en la ventana

4. Jaula dorada

El palacio era más grande de lo que Lira había imaginado. No por sus dimensiones, sino por su distancia con todo lo que conocía. Las paredes eran altas, cubiertas de tapices que contaban historias de conquistas y alianzas. Las lámparas colgaban como lunas doradas, y el suelo brillaba como si nadie lo hubiera pisado jamás.

La llevaron sin palabras, sin explicaciones. Dos doncellas la guiaron por pasillos silenciosos, con pasos medidos y rostros vacíos. Lira no preguntó. No porque no tuviera dudas, sino porque ya había aprendido que las respuestas no siempre traen consuelo.

Su habitación era hermosa. Amplia, luminosa, con cortinas suaves y muebles tallados. Pero la puerta se cerraba con llave cada noche. Y cada mañana, alguien decidía qué debía vestir, cómo debía peinarse, qué gesto debía ensayar frente al espejo. Las ropas eran de buena calidad. Los tejidos suaves, los colores elegantes. Pero no eran suyos. No elegía. No opinaba. Su aspecto no era sugerido, sino impuesto. Como si fuera una figura más del palacio, un adorno que debía encajar.

Lira se comparaba con los tapices, con las joyas que decoraban los cuellos de las mujeres de la corte. Ellas hablaban entre sí con risas suaves y frases medidas. Pero nadie hablaba con ella. No de verdad. Solo cumplidos vacíos, saludos formales, instrucciones.

- ¿Por qué me peináis así? -preguntó Lira una mañana, mientras una doncella le recogía el cabello con horquillas doradas.

La joven no la miró.

- Es lo que se espera.

- ¿De quién?

- De todos.

El rey la observaba desde lejos. Al principio, con curiosidad. Luego, con deseo. Su mirada no era cálida ni protectora. Era una mirada que pesaba, que prometía algo que Lira no quería entender. Algo que no se decía en voz alta, pero que se sentía en cada gesto, en cada silencio.

Taren no volvió a hablarle. La saludaba con una inclinación de cabeza, como si ya no supiera qué decir. Como si su papel hubiera terminado.

Pasaron los días. Lira dejó de contar cuántos. El palacio era un lugar sin tiempo. Sin aire. Sin salida.

“Es hermosa,” pensó al entrar en su habitación una noche. “Pero no es mía. Nada aquí lo es. Ni el aire, ni el silencio.”

Se sentó al borde de una cama demasiado grande y lujosa para ella.

“¿Esto es libertad? ¿O solo otra forma de encierro, más suave, más perfumada?”

Y entonces llegó el día.

La sala se llenó de nobles, de música, de perfumes. Lira fue vestida con un vestido blanco, bordado con hilos dorados. La peinaron, la perfumaron, la colocaron en el centro como si fuera parte del decorado.

El rey alzó la mano. Sonrió. Y habló:

- Hoy, Dravaria celebra -dijo, alzando la copa-. La belleza se une al poder. La promesa se cumple.

Lira no respondió. Solo bajó la mirada.

- Nuestra futura reina -añadió él, tocándole la mano con dedos fríos-. La joya más preciada de este reino.

Y Lira pensó: “Las joyas no hablan. Las joyas no eligen.”

Las campanas repicaron. Los aplausos estallaron. La boda fue anunciada.

Y Lira, en medio de todo, volvió a sentir que no había sido rescatada. Había sido elegida. Como se elige una joya. Como se encierra un pájaro en una jaula dorada.



#407 en Joven Adulto
#1408 en Fantasía

En el texto hay: cuento, princesa, héroe

Editado: 04.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.