El rey Malrik no hablaba en voz alta cuando daba órdenes. Las palabras salían de su boca como si ya fueran ley, envueltas en terciopelo y veneno. Taren escuchó en silencio, de pie frente al trono, con la cabeza inclinada y la mano sobre la empuñadura de su espada.
- La joven debe ser traída -dijo el rey-. Está en manos de un hombre peligroso. Un monstruo. La corte no puede permitir que una criatura así retenga a una muchacha inocente.
Taren no preguntó. No pidió detalles. Sabía que el rey no toleraba dudas. A cambio de su lealtad, se le prometieron tierras, título, posición… y la mano de una noble. Una recompensa completa. Un futuro asegurado.
- Haz lo que debas -añadió el rey, con una sonrisa que no tocaba los ojos-. Pero tráela.
La ciudad de Dravaria se extendía como surcos en la piel. Las calles eran estrechas, húmedas, llenas de sombras que no se movían. Las casas, de piedra y madera vieja, parecían encogerse unas contra otras, como si quisieran desaparecer. Los rostros de la gente eran grises, apagados, sin esperanza. Nadie miraba a los ojos. Nadie hablaba más de lo necesario.
Taren cruzó el mercado sin detenerse. Las frutas estaban marchitas. Los niños, descalzos. Las mujeres, con la espalda encorvada por años de trabajo y silencio. Todo olía a humo, a sudor, a resignación.
En contraste, la corte brillaba como un espejismo. Techos altos, mármoles pulidos, tapices dorados. Allí, la luz entraba sin pedir permiso. Las risas eran suaves, los perfumes intensos, las mentiras elegantes. Nadie hablaba de la ciudad.
El camino hacia la casa de Branor era largo y solitario. Taren lo recorrió sin prisa, con la certeza de quien cumple una orden, no una misión. El bosque se cerraba sobre él como una cúpula de ramas. El aire era espeso, cargado de humedad y presagio.
La casa apareció al final del sendero. No era una torre. No tenía barrotes ni almenas. Era baja, de piedra, con ventanas pequeñas y una chimenea que aún humeaba. Desde una de las ventanas, una figura lo observaba. No con miedo. Con algo más antiguo: resignación.
Lira.
Taren no sabía su nombre. Solo sabía lo que le había dicho el rey: que debía llevarla a palacio. Que el hombre que la custodiaba era un monstruo. Que el rey Malrik recompensaría su lealtad con todo lo que un hombre podía desear. Que no debía hacer preguntas.
Branor salió a recibirlo. Alto, encorvado, gastado por años de vida miserable, con la mirada de quien ha perdido demasiado para temer algo más. No llevaba armas. No alzó la voz. Solo dijo:
- No tienes idea de lo que estás haciendo.
Taren no respondió. Bajó del caballo. Tocó la empuñadura de su espada, no por amenaza, sino por costumbre. El silencio entre ambos era espeso, como si el bosque también escuchara.
Se fijó sin demasiado interés en el padre de la joven. No parecía un monstruo. Pero tampoco parecía del todo humano.
- Ella no va a ir contigo -dijo, sin levantar la voz.
- No tienes elección -respondió Taren.
- Ella es mía.
Taren lo miró. No por sorpresa, sino por asco
- No. Ella no es tuya. Es del rey.
Branor sonrió, pero no era una sonrisa. Era una grieta.
- El rey puede quedarse con sus banquetes y sus promesas. Pero ella… ella es lo único que me pertenece.
Dentro, Lira seguía mirando. No lloraba. No se movía. Solo esperaba. Como quien ha aprendido que el silencio duele menos que cualquier palabra.
El caballero entró en la casa. No hubo gritos. No hubo lucha. Solo una conversación que nadie registró. Una tensión que no necesitaba palabras. Una decisión que ya estaba tomada.
Branor no suplicó. No se defendió. Solo miró a Lira una última vez, con la mirada de quien pierde un objeto, no una hija.
Taren apagó la luz de sus ojos. No por justicia. No por compasión. Porque se negó a soltar lo que nunca debió tener.
Lira no gritó. No corrió. No preguntó. Solo cerró los ojos un instante, como si el mundo se hubiera detenido. Como si sus pulmones se llenaran por fin después de años manteniendo la respiración.
Taren salió de la casa. El cielo se cerraba sobre ellos como una tapa de piedra.
- Sube al caballo -dijo.
Lira lo miró, confundida.
- ¿A dónde vamos?
- Al palacio. El rey te espera.
Ella tardó en entender. Durante un instante, creyó que era libre. Que el monstruo había muerto. Que el caballero la había salvado. Que podía recuperar la vida que nunca había vivido.
Pero no era una princesa. No era un rescate. Era una entrega.
Y lo único que iba a cambiar era el aspecto del monstruo con el que viviría.