Una flor en la ventana

7. Silencio

La noche había caído sobre la universidad como una manta pesada. Los pasillos, antes solemnes, ahora parecían abandonados. Las vidrieras ya no filtraban luz, solo sombras. El mármol, silencioso, guardaba los ecos de pasos que no volverían hasta el día siguiente.

En el despacho del Doctor Martín Salazar, la única luz encendida era la del flexo. Una lámpara vieja, de cuello torcido, que iluminaba con obstinación los papeles extendidos sobre la mesa. El resto del mundo parecía haberse desvanecido.

Martín estaba sentado, inmóvil. No escribía. No leía. Solo miraba el vacío entre los documentos, como si esperara que algo más se revelara, como si esperara algún detalle nuevo que aliviara el dolor de Lira, aunque solo fuera un poco.

Tenía los ojos cansados, la espalda encorvada, los dedos manchados de tinta. Parecía mayor. No por edad, sino por todo lo que había leído. Por todo lo que había sentido.

Había terminado de reconstruir la historia. Había dado nombre a la herida. Pero no se sentía aliviado. Se sentía solo. Profundamente solo. Y lo peor era que sabía que esa soledad no era suya. Era heredada. Era reflejo.

Pensó en Lira. En su silencio. En su encierro. En su cuerpo convertido en propiedad. En su voz apagada antes de que pudiera aprender a usarla.

Pensó en cómo la ignoraron en vida. En cómo la leyenda la convirtió en silencio. En cómo el rey ordenó que se cantara una mentira. Y en cómo, siglos después, esa mentira seguía viva, mientras ella seguía siendo borrada.

Martín se frotó los ojos. Se levantó despacio. Guardó las cartas en una carpeta, con cuidado, como si fueran su posesión más preciada. Luego los registros, las notas, los fragmentos. Uno a uno, los fue colocando en el maletín. No con prisa. Con respeto.

El despacho estaba en silencio. No el silencio cómodo de quien descansa, sino el silencio espeso de quien ha comprendido algo que duele.

Martín se quedó de pie, junto a la mesa. Miró el flexo. La luz amarilla seguía encendida, obstinada, como si aún quedara algo por decir.

Pero ya no había más que decir. No quedaban palabras por escribir. No esperaba un giro final que aliviara esa carga.

Lo único que quedaba era contar su historia. Sacarla a la luz. Que pudiera conocerla todo aquel dispuesto a escuchar. Que le concedieran a esa muchacha simplemente el deseo de tener un nombre. De ser vista.

De ser recordada como lo que fue: La niña a la que un padre no supo querer. La cautiva a la que un héroe no supo salvar. La princesa a la que un rey no supo amar.

Solo quedaba guardar. Solo quedaba recordar. Solo quedaba no olvidar.

Martín se levantó de su vieja silla de cuero. Miró alrededor observando como su habitación de pronto se sentía mucho más opresiva. Sintió la necesidad de salir a respirar. Se puso su chaqueta, agarró su maletín y salió por la puerta cerrándola detrás de él.

El flexo ya no iluminaba.



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En el texto hay: cuento, princesa, héroe

Editado: 04.09.2026

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