Unas cuatro semanas después...
En el silencio absoluto del claro del bosque, una serie de impactos secos y violentos rompían la paz de la naturaleza.
¡GOLPE!
¡GOLPE!
¡GOLPE!
Era Nakamura Raiden, quien golpeaba una y otra vez contra la superficie de la enorme roca. Sin embargo, el gigantesco bloque de piedra no mostraba ni un solo impacto, permaneciendo tan implacable como el primer día. En cambio, las manos del chico estaban completamente destruidas. La sangre fresca resbalaba lentamente entre sus dedos curtidos, tiñendo la rugosa superficie, e incluso la carne se había desgastado tanto que dejaba entrever el blanco de sus huesos en los nudillos.
-Agh... ahh... -Raiden dejó escapar un gemido ahogado por el dolor, contemplando sus extremidades temblorosas.
El sufrimiento físico era atroz, pero la llama de su determinación se negaba a extinguirse. Apretando los dientes con las pocas fuerzas que le quedaban, volvió a levantar el puño y golpeó una vez más.
¡GOLPE!
El impacto del rebote fue tan severo que sus piernas temblaron, haciéndolo caer pesadamente de rodillas. El dolor punzante en sus manos comenzó a desvanecerse, reemplazado por un frío entumecimiento a medida que su visión se tornaba borrosa y nublada. Había perdido demasiada sangre. Sin poder resistir más el dolor y el cansancio , su cuerpo se desplomó.
Para cuando Raiden recuperó la consciencia, la noche ya había llegado. Se encontraba acostado en su cama dentro de la rústica cabaña, sintiendo cómo su cuerpo ardía bajo una intensa fiebre que le hacía delirar. Un trapo húmedo descansaba sobre su frente, enfriando el sudor frío que recorría sus mejillas.
A su lado, la imponente silueta del anciano velaba su descanso. El abuelo observaba los destrozados nudillos de su nieto con una mezcla de severidad y profunda preocupación.
-Raiden... te estás esforzando mucho más de lo que creí -murmuró el viejo con una voz inusualmente suave. Bajó la mirada, y por primera vez, sus ojos reflejaron una nota de pesadumbre-. Hijo mio... sé que estoy rompiendo la promesa que te hice...
El anciano apretó con fuerza sus propios puños vendados, conteniendo las emociones que amenazaban con desbordarlo.
-Pero no puedo permitir que mi nieto crezca pensando que es un error del mundo... -añadió, mirando el rostro pálido del chico-. Descuida, yo cuidaré de ti hasta que sanes. Aunque bien sabes que este camino... tendrás que recorrerlo completamente solo.
Una semana después, las heridas de Raiden apenas comenzaban a cerrar. Las gruesas vendas que envolvían sus manos aún exhibían costras y manchas de sangre seca, testimonio del castigo.
El abuelo se plantó frente a él en el patio trasero y se cruzó de brazos, adoptando su habitual postura firme.
-Dado que tus manos aún no se han recuperado lo suficiente, suspenderemos temporalmente la primera fase del entrenamiento -anunció con voz severa.
Raiden alzó la mirada, desconcertado.
-¿Entonces qué se supone que haremos?
El anciano extendió el brazo, señalando la inmensidad del espeso bosque que se extendía más allá de su propiedad.
-Quiero que le des tres vueltas completas al perímetro de la isla. Corriendo.
Raiden se quedó petrificado, abriendo los ojos de par en par.
-¡¿TRES VUELTAS?! ¡¿A toda la isla?!
-Para cuando termines el recorrido, tus manos habrán sanado lo suficiente como para reanudar los golpes a la roca -explicó el viejo con una leve sonrisa de medio lado-. Aunque claro, eso no es todo.
La atmósfera del bosque pareció volverse más pesada y seria de un segundo a otro.
-Debes saber que en las zonas profundas de esta isla habitan bestias salvajes conocidas como Grong's.
-¿Grong's...? Abuelo, ¿estás seguro de que saldré vivo?
-Ya te lo advertí el primer día, Raiden -los ojos del anciano se afilaron, destilando una intensidad aterradora-. Este camino no será sencillo. Si mueres en el intento, significará que ese era tu límite.
Sin darle tiempo a replicar, el viejo le arrojó una pequeña bolsa de tela.
-Tampoco regresaras a casa por comida. Tendrás que cazar y recolectar para sobrevivir por tu cuenta.
Raiden atrapó la bolsa con torpeza debido a los vendajes, soltando un largo suspiro de resignación.
El cielo sobre la isla se encontraba encapotado por densas nubes oscuras cuando Raiden dio inicio a su travesía. Al adentrarse en las profundidades del bosque, la vegetación se volvió tan tupida que los gigantescos troncos de los árboles bloqueaban casi por completo la luz diurna. Las hojas de tonos oscuros apenas dejaban filtrar una penumbra sepulcral, sumiendo el entorno en un frío y aterrador silencio.
Raiden avanzaba a paso constante, manteniendo una respiración controlada pero con los sentidos alerta. Sabía perfectamente que este era el territorio de los Grong's. Su abuelo le había advertido sobre estas criaturas: monstruos del tamaño de osos grizzly, pero con el pelaje erizado por espinas negras y afiladas como las de un puercoespín. Poseían las fauces alargadas de un depredador, colas felinas y garras capaces de rebanar troncos de un solo tajo.
Sin armas en las manos, Raiden solo contaba con sus piernas y su inquebrantable fuerza de voluntad.
Corrió durante horas, hasta que un impacto helado en su frente lo hizo detenerse. Una pesada gota de agua acababa de caer sobre su cabeza. Al levantar la mirada, vio cómo el cielo terminaba de cerrarse, dando paso a una tormenta torrencial que golpeó el bosque con una furia implacable.
-Genial... lo que me faltaba -protestó Raiden mientras el agua empapaba su ropa por completo, volviéndola pesada. Sabía que correr en esas condiciones adrenalina su energía, por lo que necesitaba encontrar un refugio con urgencia.
Agudizando la vista entre la cortina de agua, divisó una abertura rocosa a unos cuantos metros.
-¡Una cueva!
Sin pensarlo dos veces, corrió a toda velocidad y se adentró en la boca de la caverna, jadeando para recuperar el aliento.