Los pasos de Raiden resonaban con fuerza sobre la tierra húmeda del bosque. El viento golpeaba su rostro y el sudor empapaba su frente, pero él no disminuía la velocidad. Había pasado poco más de un mes desde que su abuelo le impuso aquella brutal rutina de darle tres vueltas completas a la isla. En ese momento, se encontraba en los límites de la segunda vuelta, rozando el agotamiento pero con la meta de ese tramo a tiro de piedra.
El cambio en él era evidente. Su cuerpo se notaba más esbelto y adaptado a las inclemencias de la naturaleza, aunque su ropa, ahora desgastada, rota y cubierta de tierra, delataba el precio de su esfuerzo.
-¡Ya lo veo! -exclamó Raiden, forzando la vista hacia el frente.
Al salir momentáneamente de la espesura, una imponente vista del reino se desplegó ante sus ojos. A la distancia, la majestuosidad de las estructuras revelaba la verdadera naturaleza de esa sociedad: un lugar movido enteramente por el comercio, los negocios de comida y las lujosas tiendas de ropa. Sin embargo, detrás de esa fachada de prosperidad se escondía una realidad asfixiante. Los habitantes de la isla solo podían cruzar sus fronteras si contaban con un estricto permiso laboral, e incluso entonces, debían ser escoltados de ida y vuelta por los caballeros reales. No había verdadera libertad; el reino era, en esencia, una hermosa jaula de oro.
Sin detenerse a contemplar el paisaje, Raiden aceleró el paso y se adentró corriendo por las calles empedradas de la periferia del reino.
A su paso, los ciudadanos comenzaron a cruzarse de brazos, observándolo de reojo y dedicándole murmullos despectivos.
-Es ese chico de nuevo... -susurro una mujer.
-Solo viene a correr por aquí, qué molesto -añadió un comerciante.
Mientras Raiden continuaba con su marcha fija, unos ojos almendrados y curiosos lo seguían desde la acera. Era Kasai. El chico de cabello rojizo lo contempló con una ceja arqueada, extrañado de verlo en el mismo estado de siempre. «¿Otra vez corriendo? ¿Acaso estará persiguiendo o qué?», pensó. Impulsado por la curiosidad, Kasai dio un salto al frente y comenzó a correr a la par del pelicastaño, igualando su velocidad sin el menor esfuerzo.
-¡Hola! -saludó Kasai con una sonrisa casual, manteniendo el ritmo.
Raiden dio un respingo, abriendo los ojos de par en par por la sorpresa.
-¡¿Eh?!... Hola.
-Quería disculparme por lo de la otra vez -explicó Kasai, mirando hacia el frente-. No pude hacerlo como es debido porque llevaba mucha prisa.
-Ah, eso... -Raiden desvió la mirada, concentrándose en el camino-. No te pregunté por ello, pero ya no me importa. Me da igual lo que piensen unos tipos como esos.
-Tienes razón. De todos modos, esos idiotas no te volverán a molestar, te lo aseguro.
Raiden lo miró de reojo, escéptico.
-¿Tú crees?
Kasai guardó silencio un momento, analizando detenidamente el aspecto desaliñado de Raiden, su respiración agitada y su ropa sucia.
-Oye, ¿por qué corres tanto? ¿Te está persiguiendo alguien? Si quieres, voy y les doy una paliza ahora mismo.
-¡No, no es eso! -replicó Raiden de inmediato, soltando una risa nerviosa-. Aunque bueno, técnicamente creo que sí estoy metido en problemas...
-¿Por qué siempre que te veo estás metido en problemas? -preguntó Kasai con una gota de sudor detrás de la nuca.
Raiden guardó silencio, apretando los dientes mientras seguía avanzando.
-Vamos, si no te están persiguiendo, ¿por qué corres con tantas ganas? -insistió el pelirrojo.
Raiden dudó por unos segundos, sopesando si debía confiar en él o no. Finalmente, exhaló un suspiro y soltó la verdad:
-Estoy entrenando.
-¿Eh? -Kasai parpadeó, sorprendido.
-Sé que me ayudaste la otra vez... Pero, ¿por qué lo hiciste? -preguntó Raiden, queriendo cambiar de tema.
Kasai sonrió de medio lado, mirando al cielo con un brillo de orgullo en los ojos.
-La verdad es que no soporto la injusticia. Si veo que alguien está siendo golpeado en desventaja, no dudaré ni un segundo en detener esa pelea.
-¿Por qué tanto empeño?
-Porque mi sueño es convertirme en un... Bueno, no importa ahora -Kasai se interrumpió a sí mismo, sacudiendo la cabeza con timidez. Luego, detuvo su carrera gradualmente-. Si no estás metido en problemas con guardias o maleantes, entonces te dejaré entrenar en paz. ¡Adiós!
-Adiós... -alcanzó a decir Raiden.
Kasai dio media vuelta y comenzó a caminar en dirección contraria. Raiden desaceleró hasta detenerse por completo, apoyando las manos en sus rodillas para recuperar el aliento mientras observaba la silueta del pelirrojo alejarse.
-Qué tipo tan peculiar... -murmuró Raiden, dibujando una leve sonrisa en su rostro-. Bueno, no hay tiempo que perder. Tengo que visitar a Himari.
Minutos más tarde, Raiden se encontraba agazapado detrás de los densos arbustos que colindaban con los jardines traseros del palacio. En sus manos, sostenía con delicadeza un pequeño ramo de flores silvestres de intensos tonos rojos y azules. Al mirarlas, un breve recuerdo cruzó su mente: la imagen de Himari observando con nostalgia el jardín real, anhelando la libertad del exterior.
-Con que aún no han descubierto esta entrada, ¿eh? Perfecto -susurró para sí mismo, asomándose con cuidado.
La escena cambió al patio interior.
¡Tack!
El seco impacto de una pequeña piedra golpeó el cristal de la ventana del segundo piso. En el interior de la habitación, una hermosa chica de cabello amarillo se sobresaltó.
-Ah... ¡Es Raiden! -exclamó Himari, esbozando una sonrisa-. Qué rápido dio la segunda vuelta.
Sin perder tiempo, abrió la ventana de par en par. Abajo, en el jardín, el pelicastaño la saludó con la mano. Himari vestía un atuendo mucho más casual de lo habitual, un hermoso vestido de color azul que resaltaba con sus ojos. Presa de la emoción, y sin medir las consecuencias, se lanzó directo por la ventana.