-Bueno, Raiden, me tengo que ir o me meteré en serios problemas -anunció Kasai, deteniendo su paso por un momento.
Raiden lo miró fijamente, asimilando la situación.
-Entiendo... -respondió
Kasai al detallar el aspecto de su nuevo conocido, no pudo evitar hacer una pregunta-: Oye, esa ropa que tienes puesta... ¿es la única que tienes?
Raiden bajó la mirada hacia sus propias prendas y soltó una leve sonrisa, algo resignado.
-Sí. Como no tenemos tanto dinero, no suelo comprarme ropa. Todo lo que poseemos lo hemos conseguido gracias a los recursos de este bosque.
-Mmmm... - Kasai se quedó pensativo un instante, conmovido por la determinación del chico de ojos honestos- Vendré a verte más seguido, Raiden. Quiero ayudarte con tu entrenamiento.
Los ojos de Raiden se iluminaron con entusiasmo.
-¿De verdad? ¡Me serías de gran ayuda!
-¡Entonces me voy!
Sin perder un segundo, Kasai se dio la vuelta y comenzó a correr a una velocidad asombrosa, levantando ráfagas de viento a su paso. Raiden se quedó estático, contemplando la silueta que se alejaba en el horizonte.
-¡Wao, qué chico tan rápido!
-Qué bueno, chico -comentó el abuelo, apareciendo detrás de él con los brazos cruzados y una expresión serena.
-¡Sí! -respondió Raiden con energía, sin apartar la mirada del camino por donde el pelirrojo había desaparecido.
La escena cambió drásticamente. Ahora, Raiden se encontraba sentado en el suelo de la zona de entrenamiento, intentando recuperar el aliento. Frente a él, de pie y con una postura imponente, se alzaba su abuelo. El ambiente se sentía pesado, cargado con la seriedad de lo que estaba por venir.
-Ya viste cómo es el entrenamiento -comenzó el anciano, con voz firme-. Esto es lo que tendrás que hacer durante los próximos cuatro años. Pero no solo eso; también tendrás que entrenar tu cuerpo al límite. Cuando estés golpeando la roca y tus manos ya no puedan más, entonces tendrás que hacer cien flexiones, cien sentadillas y cien abdominales. Y cuando termines eso, le darás tres vueltas completas a esta isla. Luego, volverás a hacerlo una y otra vez.
Raiden escuchaba en silencio, sintiendo cómo la presión aumentaba con cada palabra.
-No recibirás nada de mi ayuda -sentenció el abuelo, mirándolo con severidad-. Tendrás que conseguir tu propia comida. Por ahora, tu único objetivo es romper esa roca.
Raiden tragó saliva con dificultad. El desafío era monumental, casi inhumano, pero la determinación en sus ojos no flaqueó.
-Entiendo. No te defraudaré.
El abuelo suavizó un poco la mirada, desviándola hacia el bosque.
-Ese chico es muy fuerte.
-¿Eh?
-Te vendrá muy bien su ayuda. Escogiste un rival muy fuerte, Raiden.
-Sí... -Raiden se apoyó en sus rodillas y se puso en pie, con el rostro serio-. Por eso mismo no puedo perder. ¡Voy a seguir!
Sin perder más tiempo, se posicionó frente a la roca y comenzó a golpear.
-Uno... dos... tres... -su voz resonaba con cada impacto.
El abuelo sonrió de medio lado, complacido por la tenacidad de su nieto.
-Sí que eres persistente. Entonces, nos vemos.
-... Siete... ocho... nueve...
El anciano se retiró, dejando al chico solo con su esfuerzo. Raiden continuó sin detenerse, repitiendo la extenuante rutina una y otra vez mientras las horas pasaban, hasta que el sol se posicionó en lo más alto, marcando el mediodía.
-¡... Y cien! -exclamó finalmente, cayendo de rodillas.
El sudor empapaba su cuerpo por completo y su respiración era un jadeo constante.
-Ter... miné... todas... -logró articular entre resoplidos-. Ahora tengo que... darle las tres vueltas a la isla...
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, se puso de pie. Sus piernas y brazos temblaban violentamente, amenazando con ceder en cualquier momento. Comenzó a caminar con pasos lentos y torpes.
-También tengo que comer algo... -murmuró, sintiendo el vacío en su estómago.
Mientras tanto, en la cabaña, el abuelo miraba por la ventana, observando la posición del sol.
-Ya es mediodía. Espero que Raiden pueda sobrevivir a eso...
¡Tok, tok!
El sonido de alguien llamando a la puerta interrumpió sus pensamientos. El anciano alzó una ceja, extrañado.
-¿Eh? ¿Será Raiden?
Caminó hacia la entrada y abrió la puerta. Para su sorpresa, un chico de cabello rojo con raíces amarillas se encontraba allí, de pie y con una postura educada.
-Buenas tardes -saludó el joven con una leve reverencia.
-Así que eres tú, muchacho -dijo el abuelo, reconociéndolo de inmediato.
-¿Dónde está Raiden? -preguntó Kasai, mirando hacia el interior de la casa.
-Debe de estar en la zona de entrenamiento. Sigue entrenando.
-¿Sí? -Kasai apretó los puños, sintiendo cómo una chispa de competitividad se encendía en su pecho-. ¡Maldición, no me puedo quedar atrás!
Sin decir más, dio media vuelta y salió corriendo a toda velocidad en dirección al área asignada. El abuelo soltó una carcajada ronca mientras lo veía marchar.
-Je... Sí que consiguió un rival digno.
Kasai llegó a la zona de entrenamiento, pero al mirar a su alrededor, frunció el ceño. El lugar estaba completamente desierto, a excepción de la imponente roca manchada.
-¡RAIDEN! ¡¿DÓNDE ESTÁS?! -gritó a los cuatro vientos, pero solo obtuvo el eco como respuesta-. Pero si aquí no hay nadie... No me digas que está en el bosque. ¡RAIDEN!
A una distancia considerable, en medio de la espesura de los árboles, una voz cansada respondió:
-¿Eh? ¿Alguien me llama?
Los pasos rápidos de Kasai se hicieron audibles hasta que finalmente apareció entre los arbustos, deteniéndose frente al exhausto pelicastaño.
-Te alcancé, Raiden.
-Ah, Kasai... Viniste muy rápido -dijo Raiden, apoyándose en un tronco para no caer.
-Sí. Pero antes que nada, toma esto -Kasai le extendió una bolsa de tela que llevaba consigo.