Una gran aventura

CAPITULO 8: LLAMAS ARIDIENTES

—Entonces no me contendré, Raiden —expresó Kasai, dibujando una gran sonrisa en su rostro.

—Eso espero —respondió el castaño, devolviéndole una mirada cargada de admiración y adrenalina.

El pelirrojo separó las piernas y flexionó las rodillas, anclándose firmemente al suelo en una postura baja para absorber el retroceso de su propio don. Alzó ambos brazos hacia el frente, juntó las manos y extendió los dedos índices simulando el cañón de un arma. El aire a su alrededor comenzó a distorsionarse violentamente por el calor extremo, mientras una luz incandescente se acumulaba en la punta de sus dedos.

Raiden lo observó, un poco atónito ante la inusual postura de su amigo.

—¡Katondan! (Balas de fuego) —exclamó Kasai con fuerza.

Al simular el movimiento del gatillo con los pulgares, ráfagas de llamas ultra concentradas salieron disparadas de sus manos como si fueran proyectiles de un revólver, perforando el aire con un agudo silbido ardiente.

¡Tas!
¡Tas!
¡Tas!

Las balas ígneas volaron en dirección a Raiden. El castaño comenzó a esquivarlas con cierta dificultad; algunas lograron rozarle los hombros o impactar de refilón en sus piernas, pero, por alguna extraña razón, el fuego no parecía causarle ningún daño.

¡Tas!
¡Tas!
¡Tas!

Kasai continuó disparando sin tregua, pero no se percató de que la fricción y los constantes impactos contra el suelo estaban levantando una densa nube de humo. En cuestión de segundos, la plataforma entera quedó cubierta por una cortina grisácea que anulaba la visión. El pelirrojo detuvo su ataque y adoptó rápidamente una postura defensiva.

¡Frusss!

Un objeto salió disparado desde el humo a una velocidad vertiginosa. Kasai actuó por puro instinto y ladeó la cabeza; el proyectil lo rozó, dejándole un fino corte en la mejilla antes de estrellarse contra el muro de las gradas.

¡Pas!

—¿Qué fue eso? —se preguntó Kasai, mirando sorprendido los pedazos de baldosa destrozada.

¡Frus!
¡Frus!

Varios objetos más salieron disparados en su dirección. Sin dudarlo, Kasai extendió ambos brazos hacia el frente.
—¡Masani akkan no honō no uzu! (Remolino recto de fuego).

Un poderoso tornado de llamas horizontales brotó de sus palmas, desviando los escombros hacia los lados.

¡Pas!
¡Pas!

A medida que el viento y el fuego disipaban el humo, la figura de Raiden se reveló. Estaba agachado, arrancando pedazos de la plataforma de piedra con sus propias manos.

—Vaya, conque era eso —murmuró Kasai con una sonrisa curiosa.

—Ah, me descubriste —dijo Raiden. Tomó dos trozos de baldosa, uno en cada mano, se puso de pie y llevó los brazos hacia atrás para tomar impulso.

¡Fasss!

Lanzó ambos escombros con una fuerza brutal. Los pedazos de piedra giraban sobre sí mismos a tal velocidad que parecían discos de sierra cortando el aire. Kasai apenas tuvo tiempo de agacharse; los proyectiles le rozaron el cabello antes de hacerse añicos contra la pared del coliseo.

—Eso estuvo cerca... —suspiró el pelirrojo, con el corazón acelerado.

Pero Raiden no le dio respiro. Ahora sostenía una pequeña piedra entre el pulgar y el índice, adoptando la postura de un lanzador de béisbol profesional.

¡Fas!

La piedra salió disparada como si fuera la bala de un francotirador.

¡Pala!

El diminuto proyectil impactó de lleno en el hombro izquierdo de Kasai. La fuerza del golpe le rasgó la ropa, dejando un agujero circular perfecto y una marca intensamente roja en la piel.

—¡Ahhhhh! —gritó Kasai por el dolor repentino mientras se sujetaba el hombro, apretando los dientes. La pequeña piedra cayó al suelo soltando volutas de humo por la fricción.

¡Tap!
¡Tap!

Aprovechando la distracción, Raiden acortó la distancia corriendo a una velocidad sobrehumana. En un parpadeo, ya estaba frente a Kasai, agachado y con el puño derecho cargado hacia atrás. El pelirrojo no pudo reaccionar a tiempo; solo alcanzó a ver cómo el nudillo de su amigo se acercaba implacablemente hacia su rostro.

¡Pam!

El impacto desfiguró temporalmente la cara de Kasai, levantándolo del suelo con violencia. Salió despedido hacia atrás, con los brazos colgando, directo hacia el vacío fuera de la plataforma.

A centímetros de quedar descalificado, Kasai abrió las palmas de sus manos y las apuntó hacia abajo.

¡Frug!

Dos potentes chorros de fuego lo impulsaron hacia el cielo. Demostrando una agilidad impecable, dio un par de volteretas en el aire y aterrizó elegantemente en el extremo opuesto del cuadrilátero. Llevó su mano a la nariz, comprobando que un hilo de sangre escurría por su rostro. Miró a Raiden con asombro; en todos los años que habían entrenado juntos, el castaño jamás había demostrado semejante poder.

La multitud estalló en gritos eufóricos.

En las gradas, el capitán de los guardianes y su subordinado observaban boquiabiertos.
—¡Guau! Esta batalla sí que está sorprendente —comentó el guardia menor—. No creí que ese chico de cabello castaño fuera tan fuerte.
—Sí, está muy entretenida.
—Capitán, ahora que ve esto, ¿quién cree que gane?
—No sabría decirte... No pensé que el combate llegaría a ser tan reñido.

Abajo, en la arena, Raiden observaba a su amigo con una expresión severa.
—Te conozco muy bien, Kasai —dijo con voz grave—. Y sé que no estás peleando con todas tus fuerzas.

Kasai abrió los ojos con sorpresa.

—Yo estoy peleando con todo lo que tengo y todo lo que soy —continuó Raiden, señalando hacia kasai—. Si tú no haces lo mismo, será igual a humillarme.

Kasai inhaló profundamente, asimilando la determinación de su amigo. Su mirada cambió, volviéndose afilada y decidida. Sus manos estallaron en llamas.

—Entonces ya no me contendré más.

Kasai alzó ambos brazos hacia el cielo con brusquedad.

¡Fasg!

Un enorme muro de fuego brotó del suelo, dibujando un círculo perfecto que los encerró a ambos en una arena ardiente.



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En el texto hay: mundofantasia, aventua

Editado: 30.06.2026

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