Una gran aventura

CAPITULO 11: MALDICIÓN

Decenas de aquellos cristales negros y filosos salieron disparados en dirección a Raiden a una velocidad vertiginosa.

«¡No puede ser!», pensó el castaño, atónito, sintiendo cómo un sudor frío le recorría la frente.

Sin dudarlo, saltó hacia adelante y rodó por el suelo. Los oscuros objetos en forma de diamante pasaron rozándolo y se clavaron profundamente en la piedra. Agachado y de espaldas, Raiden miró de reojo las cuchillas incrustadas en el mármol.
«Por... poco».

Pero su alivio duró apenas un segundo. Los cristales comenzaron a vibrar de manera antinatural, despegándose del suelo y levitando en el aire.
Raiden se volteó, perplejo por lo que estaba viendo. De repente, una densa sombra lo cubrió. Levantó la vista y su sangre se heló: en el cielo flotaban aún más de esos objetos. Todos apuntaban directamente hacia él.

Tomando impulso con la pierna y el brazo derecho, Raiden se lanzó desesperadamente hacia su izquierda. Los cristales llovieron como meteoritos en miniatura, impactando con tal fuerza destructiva que levantaron una cortina masiva de polvo.
Sin darle tiempo para respirar, los cristales que habían fallado volvieron a reorientarse y se dispararon hacia él. Raiden tensó las piernas y dio un salto monumental hacia arriba.

-Oye -resonó la voz de Hoshino entre la nube de escombros.
Raiden se sorprendió por el llamado en medio del aire.
-¿Crees que estas son las únicas? -preguntó el hechicero con una gran sonrisa maquiavélica.

En ese instante, docenas de cristales más comenzaron a materializarse a su alrededor.
«No puede ser», se dijo a sí mismo. Cayó pesadamente al suelo y empezó a correr a toda velocidad. Los proyectiles negros lo persiguieron implacablemente. Raiden dio otro salto acrobático hacia un lado, dejando que los diamantes destrozaran el suelo tras él. Al caer, rodó tres veces consecutivas por la fricción, se levantó en un parpadeo y retomó su posición de carrera, demostrando su increíble agilidad.

«Quiero comprobar algo», pensó Hoshino, maquinando una idea. Sostuvo la siniestra varita con su mano derecha y, con la izquierda, apuntó en dirección a Raiden. En el aire se dibujó un círculo mágico de color café.

Raiden seguía esquivando la lluvia de diamantes negros cuando, de pronto, sintió un cambio en el suelo bajo sus pies.
¡Shas!
Una enorme y afilada estalagmita de roca brotó del piso como una lanza. Era tan larga que alcanzó a rasgar profundamente el hombro izquierdo del castaño. La sangre comenzó a escurrir de inmediato por el filo de la piedra.

«¿De dónde salió eso?», se preguntó Raiden, sofocando un grito de dolor. Giró la cabeza lentamente en dirección a su enemigo. «Conque fuiste tú...»

Ese segundo de distracción fue letal. Raiden intentó usar la misma roca que lo había cortado para impulsarse y esquivar, pero los cristales negros cayeron sobre él. Aunque la mayoría se incrustaron en el suelo, tres de ellos lograron dar en el blanco.

Uno se clavó en la parte superior de su espalda, cerca del hombro izquierdo; otro, un poco más abajo del cuello; y el último, en las costillas.
Los impactos lo derribaron. Cayó de bruces, apoyándose débilmente en sus brazos y rodillas mientras un abundante chorro de sangre manchaba su ropa y el suelo del coliseo.

«Entonces, la debilidad de esas bendiciones son los ataques cortantes», dedujo Hoshino, mientras una sonrisa triunfal se ensanchaba en su rostro. Recordó el momento en que le había lanzado el segundo rayo y este rasgó la camisa de Raiden. «Tenía dos teorías: o la debilidad era el rayo, o eran los cortes. Y voilà... resultaron ser los cortes».

En la plataforma, Raiden empezó a levantarse, temblando por el agudo dolor que le ardía en la espalda.
«Maldición, me descuidé». Llevó su mano derecha hacia su hombro izquierdo, agarró el cristal negro incrustado y tiró de él con la intención de arrancarlo.
-¡Ghhhhg! -gruñó, sintiendo que la carne se desgarraba. Logró sacar la cuchilla, pero de la herida brotó una especie de sombra negra y viscosa que se aferró al cristal y lo volvió a incrustar violentamente en su piel.

-¿Qué... qué fue eso? -jadeó Raiden.
-Lo siento... te mentí -dijo Hoshino en voz alta y clara.
-¿Eh? ¿Me mentiste?
-Sí. Te dije que la magia de Oscuridad era la debilidad de las bendiciones. Pero me equivoqué. La verdadera debilidad de las bendiciones es su contraparte.
-Su contra... parte. ¿Qué quieres decir?
-Las maldiciones.
-Maldiciones... ¿Eso quiere decir que...?
-Así es. Acabo de maldecirte -declaró Hoshino, sus ojos morados brillando con absoluta superioridad.

Raiden abrió los ojos de par en par.
-Pero tranquilo -continuó el pelinegro-. Lo que hará esa maldición es devorar a tu bendición. Como tenía que penetrar la protección, tuve que hacer que la roca te cortara primero. Solo sentirás un poco de mareo y debilidad física.
-Entonces... ¿ya no tengo la bendición?
-Todavía la tienes, pero está inactiva. Por eso tienes esos cristales incrustados; actúan como sellos para que tu bendición no vuelva a despertar.

Al escuchar eso, Raiden bajó la cabeza. De manera inesperada, hizo una leve reverencia.
-Gracias.
-¿Eh? -Hoshino parpadeó, desconcertado-. ¿Por qué demonios me agradeces?
-Porque ahora podré demostrar lo fuerte que me he vuelto... sin la necesidad de que nadie me proteja -respondió Raiden, alzando el rostro con una mirada feroz y tomando nuevamente su posición de combate.
-¿No entiendo lo que dices?
-No importa.

Hoshino chasqueó la lengua. -¿Conque quieres seguir luchando, aún sabiendo que te he quitado tu única ventaja en este combate?
-Sí -respondió Raiden sin titubear.
-Como quieras -Hoshino soltó la varita de nigromante. El arma se desvaneció en el aire y volvió a guardarse dentro del viejo grimorio oscuro.

En las gradas, el capitán Takeko frunció el ceño. «¿Eh? ¿Por qué guardó su varita?», se preguntó, intrigado.



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En el texto hay: fantasia, shonen, aventua

Editado: 21.07.2026

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