«Ya no me queda mucha energía mística. Gasté casi toda cuando me curé. Si vuelvo a recibir un daño de esa magnitud, estaré en serios problemas», evaluó Hoshino en sus pensamientos, observando detenidamente a su oponente. «Debo tomar distancia. Su especialidad es el combate cuerpo a cuerpo, pero el problema es que puede acortar la distancia en cualquier momento. No debo subestimarlo».
Al quitarse la capa destrozada, la complexión de hoshino quedó al descubierto: llevaba una pantaloneta negra, botas militares del mismo color y una camisa oscura sin mangas que asemejaba un chaleco táctico.
«No atacaré primero, dejaré que él dé el primer paso. Aún no conozco todos sus trucos. Esa explosión de fuerza me tomó por sorpresa, pero es evidente que sus ataques ya no tienen la misma potencia que antes. Por otro lado, yo también estoy malherido y he perdido mucha sangre. Si me descuido, perderé... pero rendirme no es una opción» pensó raiden.
Mientras Raiden vigilaba con recelo las manos del mago, una estrategia se formuló en la mente del hechicero pelinegro.
«Tengo una idea. Usaré clones de piedra como distracción; no consumen tanta energía. Luego, lo remataré con mis mejores hechizos».
Hoshino extendió ambos brazos hacia el frente, con las palmas abiertas. Dos círculos mágicos de color café cobraron vida.
El suelo comenzó a deformarse con una intensidad brutal. Cinco masas de roca emergieron de la plataforma y, lentamente, adoptaron la silueta y tamaño del mismísimo Hoshino.
Raiden abrió los ojos de par en par, sorprendido por la versatilidad de su enemigo.
«Te lo demostraré, Rey mago. Soy el único que puede recuperar lo nuestro», pensó Hoshino con una mirada gélida y decidida.
Las extremidades de las copias de piedra comenzaron a transmutarse en armas: uno formó una espada afilada, otro dos esferas con púas, el tercero un mazo gigantesco, el cuarto moldeó sus puños como gruesos cilindros, y el último creó un bate de béisbol de roca maciza.
—Vaya, sí que me la estás poniendo difícil —murmuró Raiden, tragando saliva. Dio un paso al frente y salió disparado hacia los clones.
Viendo que el humano se acercaba a una velocidad vertiginosa, el clon del mazo atacó primero, descargando un golpe descendente con todas sus fuerzas. Raiden se dejó caer rápidamente, derrapando por el suelo para esquivar el impacto mortal por centímetros.
Sin perder el impulso, se levantó de un salto y continuó su avance. El clon de la espada lo interceptó de inmediato, lanzando un tajo lateral. Raiden giró su torso, esquivando la hoja de piedra y, aprovechando que el clon tenía la guardia baja, tensó los músculos de su brazo. De un solo y devastador puñetazo, le destrozó la cara de piedra en mil pedazos.
Hoshino chasqueó la lengua, frustrado por la inagotable energía del chico. Levantó su mano derecha y un círculo mágico amarillo brilló con intensidad.
Un relámpago salió disparado a una velocidad imposible de evadir.
El rayo impactó de lleno en el pecho de Raiden.
—¡Ahhhhh! —gritó el castaño, mientras la electricidad recorría cada nervio de su cuerpo. El ataque no tenía la potencia letal de antes, pero fue suficiente para aturdirlo—. Mal... dición... —balbuceó, paralizado por la descarga.
Ese segundo de duda fue su perdición. El clon del mazo se abalanzó sobre él, girando su torso hacia atrás para acumular fuerza centrífuga.
¡BAM!
El mazo de roca impactó brutalmente en la espalda de Raiden. El chico escupió una bocanada de sangre y sus ojos se pusieron en blanco. La fuerza del golpe fue tal que lo levantó del suelo.
Antes de que pudiera caer, el clon del bate de béisbol se posicionó como un bateador en el plato. Giró su cuerpo y conectó un golpe directo en el costado izquierdo de Raiden, justo donde tenía la herida abierta de un ataque anterior.
Una alarmante cantidad de sangre brotó por los aires, manchando el bate de piedra. Raiden salió volando como un muñeco de trapo a varios metros de distancia, cayendo pesadamente boca abajo. Un charco carmesí comenzó a extenderse debajo de su cuerpo inerte.
Hoshino cayó de rodillas al instante. Más sangre goteó de su nariz.
—Ya... gané.
En las gradas, la multitud estalló en gritos de euforia y asombro. Nunca antes habían presenciado un nivel de destrucción semejante; hasta ese momento, el miedo los había mantenido en un silencio sepulcral.
—¡Vaya, qué batalla! No creí que fuera a ver algo tan increíble —comentó el subordinado de Takeko—. Ese hechicero creó montañas, luego una nube de oscuridad absoluta, y ese chico vendado salió de la nada para molerlo a golpes antes de esa explosión apocalíptica. ¿No es genial, capitán?
Nakano Takeko observaba el campo de batalla, visiblemente impresionado.
—Sí... no creí ver un combate de este calibre este año.
Kasai estaba de pie, aferrado a la baranda, con la mirada fija en el cuerpo de Raiden.
«Levántate, Raiden. Sé que no caerías por algo tan simple. No olvides que tienes que ganar», pensó el chico de fuego.
—La batalla ya terminó —sentenció Takeko, dándose la vuelta.
—No —respondió Kasai, y una media sonrisa confiada se dibujó en su rostro.
Takeko lo miró, arqueando una ceja. —¿Eh?
—Raiden no perderá por algo como eso. Ese chico ha entrenado más duro que cualquiera de los presentes aquí. Tengo la absoluta certeza de que él saldrá victorioso.
—Qué confianza le tienes, Hinokami.
En la plataforma, el juez subió esquivando los escombros y cráteres que deformaban la antigua arena de mármol. Al llegar junto a los dos competidores, evaluó la situación.
—Debido a que Nakamura Raiden ha quedado inconsciente... el ganador es...
Las gradas rugían, esperando el nombre del vencedor.
—¡Miren! ¡Se está levantando!
—¡Imposible, sigue consciente!
—¡Vaya monstruo!
El juez, atónito por los gritos del público, se dio la vuelta.
—A... aún... pue... do continuar —susurró Raiden, apoyando las manos en el suelo para empujarse hacia arriba. Sus brazos temblaban violentamente. Sus piernas apenas lo sostenían. Sangre y saliva escurrían por su barbilla.
Editado: 21.07.2026