—Mi nombre es Nakamura Raiden, y para ser totalmente honesto, no tengo ni la menor idea de dónde estoy —declaró el chico de cabello castaño.
Se encontraba sentado en una de las mesas redondas cubiertas con manteles blancos, devorando su tercer plato de comida con una velocidad alarmante. Frente a él, la mujer mayor lo observaba con una mezcla de sorpresa y compasión, mientras la chica peliazul se mantenía cruzada de brazos a un lado, aún mirándolo con cierta desconfianza.
—Estás en la isla Yukimori —respondió la mujer mayor, apoyando las manos sobre la mesa—. Te encontré desmayado en la playa. Estabas ardiendo en fiebre, así que te traje a mi restaurante, te puse un paño húmedo en la frente y salí un momento para prepararte algo de caldo. Luego escuché un escándalo tremendo, y bueno… sucedió lo que sucedió.
—Ya veo. ¡Se lo agradezco muchísimo! —respondió Raiden, haciendo una torpe pero sincera reverencia sin levantarse de la silla, con la boca todavía medio llena.
Ruri, la chica del cabello azul oscuro, suspiró y se acercó un paso.
—En todo caso, ¿cómo es que terminaste casi muerto en nuestra costa? No pareces un pescador local.
—No soy de esta isla. Vengo de Valdris —dijo Raiden, bajando un poco la mirada—. Salí en un pequeño bote y una tormenta me volcó. Quedé náufrago.
Ruri abrió los ojos de par en par, sorprendida.
—¿Valdis? ¿Hablas de esa isla de la que nadie entra ni sale? ¿Donde los guardias del rey tienen todo bloqueado?
—Sí, esa misma —respondió el chico, su tono se volvió repentinamente apagado, esquivando la mirada de la chica. No tenía intenciones de dar detalles sobre sus razones para huir; era un tema que aún le pesaba demasiado.
Al notar su incomodidad, Ruri decidió cambiar el enfoque de su interrogatorio.
—¿Y hacia dónde se suponía que ibas?
—Me dirigía hacia Valeros. Tengo que encontrarme con un viejo amigo de mi abuelo.
—¿Valeros? —Ruri soltó una carcajada incrédula, llevándose una mano a la frente—. Pero si esa isla queda en la dirección opuesta a tu ruta desde Valdis. ¿Cómo diablos terminaste aquí? No me digas que saliste al mar sin saber navegar.
Raiden se rascó la mejilla con el dedo índice y soltó una risa nerviosa.
—Ehh… la verdad es que no. No sé absolutamente nada de eso.
—¿Sabes a cuántos días está Valeros de aquí al menos? —presionó Ruri.
—No, señora.
—¡Está a casi tres días de viaje en un barco comercial!
—¿¡Eh!? ¿¡Tan lejos!? —Raiden casi se atraganta con el último bocado de arroz.
—Te desviaste muchísimo de tu ruta original —intervino la mujer mayor con una sonrisa comprensiva—. Pero la buena noticia es que en el puerto de esta isla puedes pagar un pasaje en barco para ir hacia allá.
—¿En serio? ¡Entonces iré para allá de inmediato! —declaró el chico, entusiasmado, levantándose de la silla de un salto con los puños apretados.
Ruri lo miró de arriba abajo con una ceja arqueada.
—Al menos tienes dinero, ¿verdad? Dime que no perdiste tus ahorros en el mar, porque si no, te vas a quedar varado aquí para siempre.
La frente de Raiden se cubrió de sudor frío. Su rostro se paralizó en una expresión que lo delataba por completo.
—Sí… sí, claro que sí… —murmuró, apartando la mirada hacia el techo.
—Déjame ver si entiendo —dijo Ruri, acercándose a él y contando con los dedos—. ¿Saliste al mar abierto sin saber navegar, sin dinero, y sin siquiera una simple brújula?
—¿Brújula? —Raiden inclinó la cabeza hacia un lado cómicamente, con una expresión de genuina confusión—. ¿Qué es eso? ¿Se come?
Ruri se llevó ambas manos a la cara y soltó un quejido de frustración.
—¡Es un milagro que sigas vivo, idiota!
—Y no solo eso, casi mueres de deshidratación —añadió la mujer mayor, soltando una risita suave.
Raiden se encogió de hombros, sintiéndose como un niño pequeño siendo regañado. En el fondo, sabía que tenían razón. Solo era un chico de tierra firme que no conocía la verdadera furia ni los peligros del océano; había sido demasiado ingenuo y confiado.
—Mira, muchacho —continuó la mujer—. No tienes que comprar un barco entero. Todos los martes un conocido mío zarpa hacia esa isla para llevar mercancía. Él te puede llevar como pasajero.
—¿¡De verdad!? —Los ojos de Raiden brillaron con esperanza.
—Sí, pero eso te costará unos 150.000 Kon.
—¿¡QUÉ!? ¿¡Tanto dinero por un viaje!? —Raiden sintió que el alma se le escapaba por la boca.
—La economía ha estado muy mal últimamente, los precios han subido por todas partes —explicó la mujer encogiéndose de hombros.
—¿Y de dónde voy a sacar todo ese dinero? —murmuró Raiden, dejándose caer pesadamente en la silla de nuevo, derrotado.
—Te propongo algo, niño. ¿Qué tal si trabajas aquí en el restaurante por una semana? Si nos ayudas, te pagaré el pasaje y hasta un poco más para que tengas provisiones. ¿Ya has tenido un empleo antes?
—¡Ehhhh! ¡Pero Ma! —susurró Ruri, acercándose rápidamente a su madre y jalándole la manga del delantal—. No puedes ofrecerle trabajo a un completo extraño que acaba de irrumpir en nuestro local. ¡Míralo, no sabe ni qué es una brújula, va a romper todo!
—Tranquila, Ruri —respondió su madre con voz calmada, acariciando el cabello de su hija—. Necesitamos la ayuda de un chico para cargar los costales de ingredientes pesados. Además, no me digas que no te da pesar dejarlo tirado en la calle a su suerte. Sabes que mi instinto rara vez falla, y me dice que él no es una mala persona. Solo es alguien… muy ingenuo.
Editado: 09.09.2026