
Raiden continuó barriendo el piso con energía, aunque con cuidado de no levantar mucho polvo. La mayor parte de lo que juntaba eran astillas y trozos de madera, mudos testigos de la “cálida” bienvenida que Ruri le había dado unas horas antes. El sonido rítmico de la escoba contra el suelo era lo único que llenaba el local en silencio.
Ruri, que estaba limpiando el polvo de las mesas cercanas, rompió el silencio sin dejar su labor.
—Y cuéntame, Raiden… ¿Por qué saliste al mar? ¿Cuál es tu verdadero objetivo para querer ir a Valeros?
Raiden detuvo la escoba un momento, sorprendido por la franqueza de la pregunta. Miró hacia el techo, pensando unos segundos antes de responder directamente.
—No tengo ningún objetivo concreto, la verdad.
—¿Eh? ¿Qué quieres decir con eso? —preguntó la chica, deteniéndose y mirándolo con genuina confusión—. Nadie se lanza al mar abierto, y menos sin saber navegar, “solo porque sí”.
—Salí a buscar ese objetivo —explicó él, retomando el barrido con una sonrisa melancólica—. No tengo una meta establecida, ni un gran destino esperándome. Salí… para tener una gran aventura, supongo. Para ver qué hay más allá del horizonte.
Raiden dudó un momento en contar aquello que le había causado tantos problemas, la sombra que había marcado su vida en Valdris. pero el miedo al rechazo fue más fuerte. No quería ver en los ojos de Ruri la misma mirada de lástima o desprecio que veía en su isla.
—Solo es eso, jejeje —concluyó, forzando una risa leve para quitarle hierro al asunto.
—Oh… —La expresión de Ruri cambió. Una chispa de comprensión, mezclada con una pizca de tristeza, asomó en sus ojos azules—. Eso suena increíble, Raiden. Salir sin rumbo, solo por el placer de descubrir… Hasta suenas igual que…
—¿Igual a quién? —preguntó Raiden, curioso por el repentino cambio de tono de la chica.
—No importa —respondió ella rápidamente, desviando la mirada y frotando la mesa con más fuerza para dar por terminada esa línea de conversación. Tras un momento de silencio incómodo, cambió de tema—. Dime, Raiden… ¿Cómo funciona tu Don? Solo te he visto usar fuerza bruta de tuviste mi ataque con tus manos.
Raiden sintió un nudo en el estómago. Odiaba mentir, pero la verdad era demasiado dolorosa.
—Ah… yo… bueno, es complicado —improvisó, rascándose la nuca—. Digamos que mi Don es puramente físico. Aumenta mi fuerza y mi resistencia, pero no puedo materializar nada. No soy como tú.
Miró con genuina admiración la mano de Ruri, recordando el mazo y la espada azulada de la mañana.
—Lo tuyo es increíble. ¿Puedes crear cualquier objeto?
—Casi cualquiera —respondió ella, un poco más animada—. Pero por una extraña razón, siempre son de color azul translúcido. A comparación de mi hermano, que los creaba de un rojo intenso…
—¿Hermano? ¿Tienes un hermano? —preguntó Raiden, mientras empujaba la basura hacia un rincón con la escoba.
La expresión de Ruri se ensombreció de inmediato. Dejó el trapo sobre la mesa y bajó la mirada.
—Tenía un hermano —corrigió, con una voz apenas audible, cargada de una profunda tristeza.
Raiden se congeló. Maldijo internamente su curiosidad.
—Ah… lo lamento muchísimo, Ruri. No quería… —comenzó a disculparse, genuinamente preocupado.
—No importa, Raiden. Ya pasó —interrumpió ella, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos. Retomó su trabajo con prisa—. En fin, “una gran aventura”, ¿eh? Debes saber que este mundo es muy peligroso, especialmente para alguien tan… ingenuo como tú.
—¿Peligroso? ¿Tú crees? —Raiden terminó de juntar la basura y comenzó a recogerla con el recogedor de madera. Había pasado toda su vida entrenando para el peligro; la palabra no le asustaba tanto como debería.
—¡Claro que lo es! Hay bestias marinas, tormentas, y gente con Dones terribles —exclamó Ruri, mirándolo seriamente—. En fin, mira la hora, ya van a ser las diez de la mañana. Tenemos que apresurarnos si queremos abrir a tiempo. ¿Terminaste de barrer?
—Sí, jefa —respondió Raiden, echando la basura en una bolsa negra grande.
—Entonces ven aquí a la cocina. Deja la basura ahí, cerca de la entrada, yo la saco luego cuando vayamos a abrir el local.
Raiden amarró fuertemente la bolsa, dejándola donde le indicaron, y se dirigió hacia la cocina, donde Ruri ya estaba preparando utensilios. El olor a especias y leña empezaba a inundar el ambiente.
—¿Qué hago ahora? —preguntó, frotándose las manos, listo para la acción.
Ruri lo miró de arriba abajo con una ceja arqueada.
—¿Sabes pelar papas?
—Ehh… no, la verdad es que nunca he entrado a una cocina para algo que no sea comer —admitió Raiden, avergonzado—. Lo único que he cocinado es pescado asado en una fogata en el bosque.
Ruri rodó los ojos y soltó un suspiro dramático.
—Fuuuu… Bueno, pon atención. Es elemental. Tomas la papa, tomas el cuchillo… —Ruri tomó una papa y un cuchillo de cocina con una agilidad pasmosa. En cuestión de segundos, la cáscara salió en una sola tira fina y perfecta, sin desperdiciar nada de pulpa. La papa quedó impecable—. ¿Viste cómo se hace? No es física cuántica.
—Voy a intentarlo. No parece tan difícil —declaró Raiden con confianza, tomando un cuchillo y una papa de un bulto grande en el suelo.
Sujetó la papa con firmeza y empezó a girar el cuchillo, concentrándose. Movía el cuchillo con lentitud, poco a poco, pero con demasiada tensión. Ruri lo observaba de reojo, conteniendo la risa por la expresión de concentración extrema en el rostro del chico.
Lamentablemente, la confianza le jugó una mala pasada. El cuchillo, desafilado pero aún peligroso, resbaló por la superficie de la papa y siguió de largo, cortando profundamente el dedo pulgar de Raiden.
—¡¡Aaaaaahh!! —gritó Raiden, soltando la papa y el cuchillo por el repentino y agudo dolor. Un hilo de sangre roja y brillante empezó a brotar de la herida—. ¡Ah, maldición! Me corté…
Editado: 09.09.2026