No era nadie más que el propio dueño del Casino Royer.
La Oveja Negra tomó una copa de whisky y se acercó a él con elegancia.
—Señor Roberto, no esperaba verlo esta noche —dijo Natalia con formalidad.
—Natalia, ve a mi oficina dentro de tres minutos y trae el pedido.
—Claro, jefe. En un momento.
Roberto se dio la vuelta y se dirigió a su oficina. Cada uno de sus pasos reclamaba las miradas de los presentes. Su estatus era tan evidente y transparente como el cristal.
Los segundos transcurrieron lentamente hasta que se cumplieron los tres minutos exactos.
Toc, toc.
Dos golpes precisos resonaron en la puerta de madera.
—Adelante.
La puerta se abrió y Natalia entró llevando unos documentos y una pequeña caja negra de terciopelo que brillaba bajo la iluminación de la oficina.
—Siempre tan puntual, Natalia. ¿Trajiste lo que te pedí?
—Sí, señor.
Con delicadeza colocó la caja sobre el escritorio y la abrió.
—Aquí está exactamente lo que pidió. Fue difícil conseguirlo, pero el veneno es extremadamente letal. Una sola gota puede provocar una sobredosis mortal, así que no habrá problema para deshacerse de la basura.
Roberto observó el contenido de la caja y sonrió levemente.
—Te felicito, Natalia. Has hecho bien tu trabajo. Pero recuerda mantener la boca cerrada si no quieres ser la primera en probar el veneno.
Una sonrisa sarcástica apareció en los labios de Natalia.
—Puede que me lo merezca, pero aún no es mi hora. Yo elegí este trabajo y debo ser responsable de las consecuencias de mis acciones.
Por un instante, el silencio invadió la oficina.