Una hermanita para navidad

Capítulo 1

En los extensos bosques cubiertos de nieve que rodean la imponente fortaleza de los Condes de Pembroke, la magnificencia del invierno se muestra en toda su grandeza. Los árboles se encuentran cubiertos de un manto blanco y el aire frío está impregnado del suave crujido de la nieve bajo los pies. A medida que el sol se refleja en los cristales de hielo, el paisaje adquiere un brillo mágico que parece sacado de un cuento de hadas.

Dentro del castillo, la alegría de la temporada navideña llena cada rincón. Los salones están adornados con guirnaldas de muérdago y el aroma de las especias y los dulces navideños impregna el aire. Los sirvientes se afanan en los preparativos, mientras que el mismo conde de Pembroke se encarga de colgar calcetines en la chimenea para colocar algunos regalos para sus hijos, cerca de él se halla la condesa, quien junto a sus cuatro hijos se encuentran decorando el gran árbol de Navidad con brillantes ornamentos y relucientes cintas. Todo ante la atenta y amorosa mirada de la abuela Constance.

Andrew no puede dejar de mirar a su bella y muy embarazada esposa. Su querida Rossi era algo tozuda y quería participar del arreglo del árbol de navidad. Cuando terminó de colgar las medias, se acercó a su esposa y la tomó de la mano. 

—Querida, es hora de que descanses —besó su mejilla. —Yo ayudaré a los niños con el arreglo del árbol. 

El conde, con su porte distinguido y su mirada cálida, guiaba a sus hijos en la tarea, mientras el resplandor de las velas iluminaba la estancia.

—Ahora, hijos, recuerden que cada adorno tiene su lugar especial en el árbol. Debemos asegurarnos de que esté equilibrado y hermoso, como es costumbre en nuestra familia.

—Padre, ¿podemos colocar este adorno de plata cerca de la cima del árbol? Creo que resaltará su esplendor —añadió Andrew Jr mientras tomaba una figura de plata con forma de estrella. 

—Por supuesto, hijo. La cima del árbol es un lugar de honor, reservado para nuestros adornos más preciados —les guiñó un ojo.

Mientras tanto, Freddy y Anthony se esmeraban sosteniendo delicados adornos y cintas relucientes.

—¿Yo pondré la estrella? —preguntó esperanzada Mary Ann. 

—No —dijo su hermano mayor. —Ese es un trabajo para hombres, no para niñas.

El labio inferior de Mary Ann comenzó a temblar, pero la abuela Constance se dio cuenta, así que se acercó a su bisnieta y la tomó de la mano. 

—Querida nieta, tú tendrás el honor de encender las velas.

—¿De verdad abuelita? —le cambió el semblante, mostrando una preciosa sonrisa.

—Claro que sí —respondió con entusiasmo la abuela del conde. 

El conde le dijo gracias a lady Constance con la mirada. 

—Así que en la nochebuena —continuó diciendo la condesa viuda de Pembroke —serás la encargada de prender las velas.

Mary Ann aplaudió mientras le sacaba la lengua a sus tres hermanos que se habían puesto uno al lado del otro. Andrew sonrió, su princesa había sacado el carácter de su madre sin lugar a dudas. 

—Abuela Constance, ¿cómo era la Navidad cuando tú eras joven? —preguntó el primogénito —¿Colocabas los mismos adornos que nosotros?

Constance tomó en brazos a su bisnieta, se sentó junto a ella en el sofá y respondió: —Ah, la Navidad de antaño era igualmente mágica, llena de tradiciones que se han transmitido a lo largo de generaciones. Los adornos eran diferentes, pero el espíritu de amor y unión familiar era el mismo.

Mary Ann, con su cabello pelirrojo resplandeciendo a la luz de las velas, levantó un pequeño adorno en forma de ángel.

—Papá, ¿crees que el Niño Jesús estará contento con nuestro árbol? He colocado este ángel para que nos traiga su bendición.

—Sin duda, mi querida Mary Ann. Nuestro árbol es un símbolo de amor y esperanza, y estoy seguro de que el Niño Jesús lo mirará con agrado.

El árbol quedó listo con los adornos que el conde y sus hijos habían colocado, el castillo se llenó de risas y villancicos. 

Finalmente los condes enviaron a la cama a sus hijos.

—Tendré que hablar con los niños, deberían dejar participar a su hermana en sus juegos —comentó indignado el conde cuando se encontraba a solas con su condesa. 

Rossi rió. 

—Ya sabes como son los niños —bostezó. 

El conde al ver a su esposa tan cansada, la guió a su recámara. 

—Debo ir a ver a los niños.

—Nada de eso —el conde fue tajante. —Ve a la cama. Iré a ver que los niños ya estén acostados. 

—Gracias amor.

Andrew le dio un beso cargado de amor antes de ir a la alcoba de sus hijos, primero fue a la habitación de Mary Ann. La niñera hizo una reverencia al verlo. 

—Puede ir a descansar Gertrude.

—Buenas noches milord.

Andrew se acercó a la cama de su hija y se sentó a su lado. 

—Buenas noches mi amor.

—Buenas noches papá.




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