"Donde hay amor, hay vida".
Mahatma Ghandi.
El amor siempre llega en el momento correcto.
KindStewar.
Esta historia es una de esas en las que el autor decide detenerse en un momento especial y, desde allí, comenzar a contar todo lo que sucederá alrededor de un tema en particular: el amor. Su amor.
Esta historia comienza justo después de entregarle unos chocolates a una bella joven que, sin darse cuenta, se ganó un espacio en mi corazón. Y hoy, apenas tres días después de aquel momento, decidí comenzar a escribir lo que sucederá después.
¿Cómo terminará esta historia? ¿Será este un amor correspondido? ¿O simplemente será uno de esos sentimientos que llegan para enseñarnos algo?
Por cierto, estoy enamorado...
Soy un joven cristiano, y ella también lo es. Pertenecemos a la misma iglesia y a la misma congregación. Ella es mayor que yo y yo soy el menor. Por ahora somos hermanos en Cristo y no somos tan amigos, aunque quizá eso pueda cambiar con el tiempo.
El día del amor y la amistad decidí regalarle unos chocolates. No lo hice esperando recibir algo a cambio. Simplemente quise hacerlo porque, cuando estuve enfermo, ella se preocupó mucho por mí. Aquella preocupación, quizá más de lo que ella imaginaba, hizo que comenzara a ocupar un espacio especial dentro de mi corazón.
Cuando le entregué los chocolates, sentí que no eran suficientes para ella. Me invadió un sentimiento de pesar, una especie de lástima descontrolada por aquel pequeño detalle. Quizá esperaba haberle dado algo más, algo que estuviera a la altura de lo que ella significaba para mí. Pero la verdad era que no sabía qué le había parecido.
Al día siguiente, sin embargo, la noté diferente conmigo. No sabía exactamente qué había cambiado, pero algo en su manera de tratarme parecía distinto. Lo noté incluso en un pequeño error que cometí al saludarla.
La saludé solamente a ella y no a sus amigas, que estaban junto a ella. A ella le di la mano, mientras que a sus amigas simplemente les dije:
“Dios les bendiga”.
Después comprendí que quizá habría sido mejor saludarlas también de mano. Ella misma me corrigió, algo que nunca antes había hecho conmigo. Y fue entonces cuando volví a fijarme en sus ojos.
Aquellos ojos hermosos, capaces de decir cosas que las palabras todavía no se atrevían a pronunciar. En ellos parecía destellar un leve resplandor de pasión y enamoramiento, aunque no sabía si aquello que yo veía era realmente lo que había en su mirada o simplemente lo que mi corazón, cada vez más enamorado, quería encontrar.
Y quizá esa era la parte más inquietante de todo:
No sabía qué sentía ella.
Pero empezaba a descubrir, poco a poco, lo que estaba sintiendo yo.
Desde entonces, me encuentro pensando en ella más de lo que debería admitir. A veces miro su foto de perfil y me pregunto si, en algún momento, ella también pensará en mí.
Ella se llama Diosa.
Es un hermoso nombre. Y muchas veces me pregunto por qué se lo habrán puesto. ¿Será que cuando nació tenía la apariencia de un ángel? ¿O quizá de una princesa?
No lo sé.
Pero supongo que, a medida que vaya hablando con ella y conozca más de su vida, iré descubriendo las respuestas a muchas de esas preguntas. Y quién sabe, quizá algunas de esas respuestas terminen formando parte de este libro.
Aunque espero no incomodarla cuando algún día le cuente que estoy escribiendo todo esto.
Porque esta no es solamente una historia sobre enamorarse.
Es una historia que apenas comienza.
Y lo más curioso de todo es que ni siquiera yo sé cómo terminará.
Poema para Diosa.
para Diosa:
Diosa entre chocolates y recuerdos.
Diosa, hay recuerdos que parecen pequeños hasta que el corazón decide guardarlos.
Recuerdo aquellos chocolates, aquel momentos sencillo en que te los entregué sin saber qué pasaría después.
Y tú me miraste, con esa expresión entre sorpresa y confusión, como si intentaras descubrir qué escondía aquel detalle.
Yo tampoco sabía explicar todo lo que quería decir.
Quizás los chocolates solo eran chocolates, pero detrás de ellos había cariño, había una sonrisa, había una pequeña intención de hacerte sentir especial.
Pero después comprendí algo.
Cuando me enfermé y tuve que ir a Bogotá, tu estuviste preocupada por mí.
Y quizá no imaginaste cuánto podía significar eso. Porque cuando uno está pasando por un momento difícil, descubre quién pregunta, quién espera noticias, quién recuerda, quién se preocupa sin necesidad de que se lo pidan.
Y tu lo hiciste.
Mientras yo estaba en Bogotá entre preocupaciones y días difíciles, había alguien que pensaba en mí.
Tú.
Y desde entonces, Diosa, cuando recuerdo aquellos momentos, ya no piensos solamente en la enfermedad ni en el viaje.
Pienso en tu preocupación.
En ese cariño que apareció cuando más lo necesitaba.
Y quizá por eso los chocolates tienen ahora un significado diferente.
Porque primero fui yo quien quiso darte algo dulce, pero después descubrí que tú también habías dejado algo dulce en mi memoria: tu preocupación por mí.
Tal ves el amor no siempre comienza con grandes declaraciones.
A veces comienza con un pequeño regalo.
Connuna mirada.
Con un mensaje preguntando si estás bien.
Con alguien que se preocupa cuando te toca atravesar por un día difícil.
Y, así, poco a poco, sin hacer demasiado ruido, una persona comienza a ocupar un lugar especial, Diosa, no sé que escribirá Dios en las páginas que todavía no hemos vivido. Pero sí sé que agradezco haber coincidido contigo.
Por aquel momento de los chocolates, por tu mirada por tu preocupación, por Bogotá, por los recuerdos que ya existen y por todos esos pequeños instantes que quizá algún día terminemos recordando con una sonrisa.