Una historia perfectamente imperfecta

Supongo que me siento seguro

— Josh — la voz de Laia provocó que volviera mi atención a ella. — ¿Estás bien?

Su pregunta me descoloca.

Ni siquiera yo lo sé.

Debería.

Pero no.

Solo suelta un suspiro.

Mi concentración vuelve a dispersarse, me pasa más de lo previsto.

— ¿Has dormido? — noto algo más de preocupación en su voz. Tal vez hizo la pregunta varias veces pero fui incapaz de oírla.

— He estado algo ocupado

— ¿Las cosas con él siguen igual?

Asiento.

No necesitaba oír su nombre.

El simple cuidado en su voz me advertía de que se trataba.

Mi hermano.

Varias veces pedí que no pronunciara su nombre.

Es más fácil fingir que no existe.

Que ni siquiera hay relación.

Por eso prefiero que nadie lo conozca.

Agradezco que no llegara a casa cuando Liz estaba.

Aunque seguro fue por mi mamá.

Laia no indagó más en el tema.

Solo se quedó en silencio a mi lado.

Pero en lugar de calmarme me estresaba.

Debería platicar con ella.

No porque fuera incómodo.

Ella siempre me aguanta mi mal humor, se ha de estar cansando.

—¿ Y tú? — mi pregunta la sorprendió. — no hemos hablado de ti.

— Mi vida es menos difícil que la tuya

— No por eso menos importante — le provocó una sonrisa. — Aunque no puedo negar que te envidio.

— ¿Qué parte? — inquiere divertida — La de que veo poco a mis padres, las expectativas que tienen en su hija o…

— La parte donde tienes un futuro Lai

Las palabras salieron sin mi permiso.

La confesión la tomó por sorpresa.

Al igual que a mí.

¿Por qué Josh?

Tan bien que ibas.

Me recriminó tantas veces en el par de segundos donde se mantiene el silencio.

— Tienes un futuro Josh — se acerca a mi. — ¿Lo dices por la empresa de tu papá?

No hubo necesidad de asentir.

La respuesta era obvia.

Ella siempre ha tenido su camino trazado, liderar la empresa de su familia. Es hija única ¿Quién más iba a hacerlo?

En cambio yo.

Él que lo tiene es él.

Liderar la empresa. Pero él no es hijo único. Yo también tengo derecho.

— Tienes algo mejor — su semblante cambió totalmente. — El derecho de poder decidir.

Me sorprendió y me confundió el sentimiento con él que lo dijo.

Si pudiera le regalaría el poder decidir.

Ella lo dice como si fuera libertad.

Yo lo siento como falta de atadura sí pero está atado a algo peor, a la incertidumbre. A la posibilidad de equivocarme por mi mismo.

Si alguien decide por mí y termina mal tengo a quien responsabilizar.

Pero yo.

No tengo a quién responsabilizar.

(ꨄ)

— ¿Tiene mucho que tocas? — la miró con la ceja levantada. ¿A qué venía eso?

— Ahora Lizzie hace preguntas — rueda los ojos aunque se que le hizo gracia. — Se supone que estudiamos.

— La música tiene que ver con la física

Esbozo una sonrisa.

Ahora ella relaciona las cosas con la física.

Tomo mi guitarra y me siento en el piso.

— Cuando cumplí 13 pedí mi primera guitarra.

Lo recuerdo perfectamente. Papá se negó a comprarmela, porque aseguraba que era una perdida de tiempo pero mi mamá al siguiente día apareció con ella.

Liz me presta mucha atención con esos ojos azules, mientras yo tocó acordes al azar. Me detengo.

— ¿Y tú?

— Cuando tenía 10 me la regaló mi abuela

Noto como su semblante cambia al mencionarla.

Busco en mi memoria si alguna vez me contó de ella, si lo hizo.

Tienen buena relación.

Hablan seguido.

¿Por qué se puso así?

— ¿Por qué no tocas algo para mí? — me pide con una sonrisa.

Asiento.

Comienzo a mover las cuerdas bajo mis dedos buscando alguna melodía.

Al tocar un acorde comienzo con una canción en específica.

Me dejó llevar por la vibración que siento al tocar cada acordé y por el recuerdo de esta melodía.

Sin darme cuenta ya estoy cantando en susurros.

Little darlin’, it’s been a long, cold, lonely winter

Little darlin’, It feels like years since it’s been here

Here comes the sun

Here comes the sun and I say

It’s alright

Continuo con una sonrisa en mi rostro.

Incluso muevo un poco mi cabeza al ritmo de la melodía.

Tenía rato sin tocarla.

Empezaba a olvidar lo liberador que se siente. Y a pesar de ello.

Mil pensamientos pasan por mi mente, en lugar de solo concentrarme en la canción.

Sin darme cuenta la doy por terminada. No lo hago hasta que Liz mueve sus manos aplaudiendo.

Parece más memoria muscular.

— ¿Por qué esa elección?

— Es la canción favorita de mi mamá

Comienzo a reír ante el recuerdo de ella bailando, cocinando, limpiando y todo con esa canción de fondo.

“Es el sonido de la esperanza Josh”

Sus palabras hacen eco en mi cabeza.

— ¿Ahora tú recuerdas cosas? — pregunta como si.. — No leo tu mente… solo eres muy expresivo

Me respondió antes de que pudiera preguntarmelo.

¿Había llegado a conocerme tanto?

La observó.

Ariadna Elizabeth Miller una incógnita que he tratado de resolver desde el día que entró a mi vida.

— Ves — la miro totalmente confundido — Josh tu no hablas, haces caras.

Comienzo a cuestionarme si es verdad.

Nadie me lo había dicho.

Hasta hoy.

(ꨄ)

La carta de presentación lleva una hora abierta en mi computadora.

Parece fondo.

Uno en blanco.

Con una sola pregunta.

¿Quién soy?

Esa horrible pregunta.

Me ha quitado el sueño los últimos días.

Si uno no duerme comienza a distraerse, en algunos casos llegan a marearse y en otros están todo el rato de malhumor.

Tal vez tendría ambas. Solo faltaban los mareos.

Había postergado escribirla.

Me ocupaba de cosas con tal de evitarla.

El taller. Había terminado el trabajo acumulado por las semanas faltantes, ni siquiera era un taller que me interesará en lo mínimo.




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