Una historia sin un héroe

1. Hans de Vanor

Algunos nacen para la gloria: héroes forjados en batalla, estrategas con mentes tan afiladas como la hoja de una espada recién templada, destinados desde el primer aliento a dejar huella en la historia.

Y luego estaba Hans.

Su historia no comenzó con profecías ni linajes nobles. No hubo estrellas alineándose al momento de su nacimiento, ni cometas cruzando los cielos, ni ancianas ciegas balbuceando vaticinios junto al fuego. Los dioses no susurraron su nombre. De hecho, si lo hicieron, probablemente fue con una carcajada. Hans de Vanor contaba diecisiete inviernos y, a simple vista, no parecía destinado a nada extraordinario. De estatura media para su edad y de complexión delgada pero fibrosa, tenía el cuerpo de quien ha trabajado la tierra desde que pudo sostener una herramienta, más acostumbrado al esfuerzo constante que a la fuerza bruta. No era imponente ni llamativo; de hecho, pasaba desapercibido entre la mayoría de los muchachos del pueblo... hasta que uno se fijaba un poco más.

Entonces se notaba la cicatriz.

Cruzaba su ojo derecho, no lo bastante profundo como para cegarle, pero sí lo bastante visible como para provocar preguntas. Hans sostenía, con una seriedad que rozaba lo cómico, que se la había ganado derrotando a una bestia terrible durante un viaje lejano. La verdad, sin embargo, era mucho más mundana: un caballo mal guiado, una distracción culpable por alguna que otra damisela y una rama demasiado grande para perdonar el error. Aun así, Hans nunca negaba del todo la versión heroica; no por vanidad, sino porque, en el fondo, deseaba que algún día una historia así dejara de ser mentira.

Su cabello, de un rubio dorado apagado por el sol, lo llevaba largo, aunque sin llegar a formar melena. Caía desordenado sobre la frente y la nuca, como si nunca terminará de decidir si debía ser recogido o cortado. Enmarcan unos ojos donde habitaba casi siempre una expresión de incredulidad, como si el mundo no dejará de sorprenderlo, incluso en sus rutinas más simples. Quien lo miraba por primera vez solía pensar que era torpe. Quien lo trataba un poco más, entendía que era sincero hasta el exceso.

Hans era campesino, hijo de una mujer recia que había sacado adelante a sus tres hijos con silencios firmes y palabras medidas. De su padre apenas había memoria. Sus hermanos mayores parecían haber encontrado caminos más claros que el suyo: uno, inclinado hacia la ingeniería y la invención, había partido a la capital para probar su valía entre talleres y engranajes; el menor, dotado para la cocina, trabajaba lejos del pueblo, preparando platos tan extraordinarios que decían, que devolvían las fuerzas como si fueran bendiciones, y servía incluso en las cocinas del castillo capitalino. Hans, en cambio, seguía allí, en tierras tranquilas donde la paz rara vez se veía perturbada, cargando con la sensación constante de no estar avanzando hacia ningún lugar concreto.

Vestía ropas gastadas, heredadas y remendadas tantas veces que ya no podía decirse quién las había usado primero. Eran prendas humildes, de quinta mano como mínimo, pero Hans las llevaba con una convicción peculiar: para él, aquellas telas raídas eran equipaciones heroicas, armaduras en potencia, símbolos de un futuro que aún no había llegado. Al cinto portaba una daga sencilla, tan mal afilada que parecía más apta para volver a unir las cosas que para cortarlas. Aun así, nunca salía sin ella; no por su utilidad real, sino por lo que representaba.

Cuando fracasaba, Hans no se rendía. Insistía. Tropezaba, se detenía, recapacitaba, y buscaba otra manera de llegar a donde creía que debía estar. Le dolía, más que cualquier herida, la idea de decepcionar a su madre, sobre todo sabiendo que sus hermanos parecían cumplir con creces lo que el mundo esperaba de ellos. Aun así, seguía aferrado a su sueño, aunque todos le repitieran que bajara los pies al suelo, que aprendiera un oficio, que aceptara la calma de unas tierras que siempre habían sido apacibles.

Hans quería ser héroe.

No por gloria, ni por canciones, ni siquiera por reconocimiento. Para Hans, un héroe era alguien libre: alguien capaz de alzarse contra la injusticia cuando apareciera y de ayudar cuando hiciera falta, sin esperar nada a cambio.

Esa idea, sin embargo, arrastraba un defecto. Hans creía que un héroe debía cargar con todo en solitario, que pedir ayuda era una forma de fallar a ese ideal que tanto admiraba.

Y aun así, pese a su torpeza y a su absurda suerte, había en él algo firme y constante: era bondadoso.

En el pueblo lo conocían como el muchacho torpe. El apodo tenía algo de afecto y algo de burla, como casi todo lo que se decía de él. Medio en broma, medio en serio, algunos comentaban que si alguna vez estallaba una guerra preferirían tenerlo entre los enemigos, convencidos de que su caótica fortuna acabaría desmoronándose todo sin sentido.

Hans se reía de esos comentarios. No con amargura, sino con una risa franca, de las que aceptan el mundo tal como viene, aunque no siempre sepa muy bien cómo tomarlo.

Tenía amigos de la infancia —Benruar y Aldonir— con quienes compartía jornadas de trabajo duro y aventuras fingidas, historias exageradas contadas al caer la noche, cuando el peligro era solo una palabra y no una realidad.

Vivía en una aldea tan olvidada que ni los mapas se molestaban en recordarla. Era poco más que un puñado de casas torcidas, caminos de barro y un pozo viejo que crujía cada vez que alguien intentaba sacar agua, como si protestaran por seguir cumpliendo su función.

Su madre era una mujer fuerte, de esas que hablaban poco, pero cuyos silencios educaban mejor que mil discursos. Había aprendido a sostener la vida sin alzar la voz, y eso, con los años, había sido suficiente.

De su padre no había rastro. «Un error con botas», solía decir ella cada vez que Hans preguntaba. Nunca supo si hablaba del padre... o de él mismo.

Hans de Vanor no sabía todavía que el mundo era más grande que aquellos campos ni más cruel que las bromas del pueblo. Para él, la vida seguía siendo ese equilibrio frágil entre el trabajo diario, las risas al caer la noche y los silencios de su madre, que pesaban más que cualquier consejo.



#1438 en Fantasía
#1986 en Otros
#154 en Aventura

En el texto hay: suerte y destino, aventura fantasia, aventura humor

Editado: 13.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.