La mañana aún no había decidido si quería ser fresca o simplemente húmeda cuando la campana volvió a sonar, ahora más cerca, con ese tintineo insistente que se colaba entre las casas como si tuviera derecho a hacerlo.
En la aldea, las noticias no corrían: se filtraban. Una puerta se abrió, luego otra. Un perro ladró por puro trámite. Y, como si el sonido tuviera hilo, la gente empezó a desenrollarse hacia el camino principal.
Los primeros en aparecer fueron los jóvenes.
Benruar salió con la camisa mal abrochada y la cara de quien finge que no le importa, pero va el doble de rápido. Aldonir, en cambio, caminaba con calma exagerada, como si quisiera dejar claro que él no se emocionaba... aunque sus ojos ya estaban buscando el carro antes de que se viera.
Hans llegó detrás, limpiándose las manos en el pantalón como si aquello fuese una visita importante.
—¿Lleváis vuestras piedras preciosas para intercambiarlas con él? —preguntó Benruar cuando los tres se reunieron frente a las puertas abiertas de la aldea. —Las mejores que he encontrado en todos estos años —respondió Aldonir, dándoles un par de palmadas a la bolsita que llevaba atada al cinto, como si necesitara recordarse a sí mismo que seguía ahí. A su alrededor, los muchachos del pueblo se iban aglomerando en el mismo punto, con esa impaciencia que no admite disimulo. Incluso algunos adultos se acercaban, fingiendo que solo iban "a echar un vistazo", pero con las manos ya metidas en los bolsillos donde guardaban monedas o trueques. Hans palmeó su propio cinturón... y se quedó quieto.
Parpadeó. Palpó otra vez. Bajó la mirada, como si la bolsa pudiera aparecer por pura vergüenza.
—Ahora vuelvo —dijo, de golpe—. Las tengo en casa.
Y salió casi corriendo, esquivando a dos niños y un perro como si aquello formara parte de un entrenamiento heroico.
Benruar y Aldonir se miraron.
—Ve rápido, que si no te vas a quedar sin las reliquias buenas —murmuró Benruar, lo bastante alto para que Hans lo oyera aunque ya estuviera a unos pasos.
Aldonir soltó aire por la nariz, mitad risa, mitad resignación.
—Siempre igual.
—De verdad —insistió Benruar, negando con la cabeza—. Algún día será un héroe, sí... pero será el tipo de héroe que se deja la espada olvidada dentro de la vaina.
Aldonir no discutió y solo se encogió de hombros, como quien ya ha perdido la batalla hace años.
Hans salió disparado por el camino como si el mercader fuera a vender el último tesoro del mundo justo en el minuto exacto en que él parpadeara. Esquivó a un par de críos, saltó un charco con más fe que precisión y, al aterrizar, casi se llevó por delante una cesta de nabos.
—¡Perdón! —soltó sin frenar, porque pedir disculpas y correr eran dos habilidades que, en él, podían convivir sin estorbarse.
La casa le pareció más lejos de lo normal. O quizá era su cabeza, que cuando se ponía nerviosa alargaba las distancias por pura maldad. Empujó la puerta y entró con la misma energía con la que había salido.
La puerta crujió cuando Hans la empujó como si estuviera asaltando una fortaleza enemiga.
—La fuerza se usa donde hace falta —dijo su madre sin alzar la voz—. No en una puerta que ya te conoce.
Hans se quedó a medias, con una mano todavía en la madera, como si la puerta pudiera sentirse ofendida.
—Es que iba con prisa.
—La prisa no vuelve la casa tu enemiga —remató ella, y volvió a lo suyo con esa calma que hacía que todo sonara a lección aunque no quisiera. —Y dime una cosa pequeño héroe —preguntó—. ¿Por qué no estás en una de tus "aventuras"?
Hans carraspeó, porque no había mucho que discutir: sí, había empujado la puerta como si fuera a escapar de una prisión, y sí, su madre tenía razón.
No se lo decía para humillarlo. Su forma de corregir era como ella misma: directa, sin adornos, y justo por eso dolía un poco... porque era verdad y venía con intención de cuidarlo.
Hans era así. Tenía una manera muy peculiar de moverse por el mundo: primero reaccionaba y luego pensaba, como si su cuerpo estuviera siempre un paso por delante de su cabeza. Se dejaba llevar por el instinto y por lo que sentía en el momento. La prisa, la emoción, el miedo a llegar tarde, el deseo de que algo —por fin— cambiará... todo le tiraba de las piernas antes de que pudiera ponerle nombre.
—Ha venido el mercader local —dijo, intentando sonar normal, como si eso explicara todas las prisas del mundo—. Y quería cambiarle las mejores piedras brillantes que tengo... pero no me acuerdo dónde las dejé.
Su madre lo miró y, contra todo pronóstico, se le suavizó la cara. No era una sonrisa grande, pero sí de esas que aparecen cuando algo rompe la rutina para bien. —¿El mercader? —dijo—. Pues en un rato me pasaré yo también. A ver si trae algún utensilio de cocina decente, que siempre tiene alguna cosa útil entre tanta cháchara.
Hans ya se había movido hacia un cajón al lado de su cama, convencido de que ahí estarían, porque su memoria funcionaba por corazonadas. Tiró del cajón y rebuscó con urgencia... hasta que sacó lo único que había allí: unos garbanzos, semillas y judías medio germinadas y nada más.
Se quedó quieto, con las legumbres en la mano, como si acabara de descubrir una traición personal.
—¿Por qué... ¿hay esto aquí? —murmuró, más para sí que para nadie.
—Tú sabrás... —se rió su madre—. Porque algún día vas a plantar algo sin saberlo y, con suerte, te crecerá una planta de monedas.
Hans devolvió las legumbres al cajón, cerró despacio.
—Madre... ¿has visto mis piedras?
Ella alzó la vista y señaló sin dramatismo, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
—Si las tienes en la bolsa que cuelga al lado de la puerta.
Hans giró la cabeza. Ahí estaba. A la vista. Como si hubiera estado esperándolo con paciencia.
Se quedó un segundo quieto, tragándose el orgullo.
—Ah.
Su madre sonrió, apenas.