Una historia sin un héroe

3. Brillos y tratos

—¡Hola, muchachos! —saludó, abriendo los brazos como si estuviera recibiendo a viejos amigos—. ¿Quedaron satisfechos con vuestra compra?

Benruar se adelantó a medio paso, la capa roja bien colocada sobre los hombros, y levantó la barbilla.

—Más que satisfechos —dijo—. Me queda perfecta.

El mercader lo miró de arriba abajo con teatralidad, como si evaluara una obra de arte.

—Lo llevas con grandeza, jovencito. —Luego giró la vista hacia Aldonir—. ¿Y tú? ¿Ya has hecho llorar a algún espíritu con mi artefacto ruidoso?

Aldonir apretó el objeto dentro del bolsillo como si temiera que oyera la pregunta.

—Todavía no —respondió—. Pero... suena.

—¡Eso es lo importante! —celebró el mercader, dando un golpecito en el aire—. Un objeto que suena como debe sonar siempre encuentra su momento.

Hans, que hasta entonces había estado callado, dio un paso tímido hacia delante con su bolsa apretada en la mano.

El mercader lo vio y esa sonrisa se le afinó, como si la hubiera guardado para él.

—Y tú... —dijo, inclinando la cabeza—. Tú vienes con intención. Eso me gusta. ¿Qué traes ahí, muchacho?

Hans se aclaró la garganta y le tendió la bolsa con las dos manos, como si estuviera entregando algo delicado.

El mercader la tomó con una facilidad experta, notando el peso al instante. La sostuvo un momento en el aire, la balanceó apenas y escuchó el sonido interior como quien escucha una historia sin palabras.

—Veamos... —murmuró.

Abrió la bolsa y asomaron dentro una mezcla desigual: minerales en bruto con vetas brillantes, piedrecillas pulidas por el río, fragmentos de cuarzo lechoso, otras con tonos verdes y ocres, y varias con formas curiosas, como si la naturaleza se hubiera entretenido tallándolas sin razón.

El mercader metió dos dedos, removió con cuidado y fue sacando piezas una a una, acercándolas a la luz. Las giraba entre el pulgar y el índice con una atención casi cariñosa, pero sus ojos no eran tiernos: eran rápidos, exactos, de quien calcula sin parecerlo.

—Hmm... —hizo, y luego otro—. Hmmm.

Benruar, impaciente, se inclinó para mirar.

—¿Valen algo o solo brillan para engañar a Hans?

Hans le lanzó una mirada de "cállate" que no le salió muy convincente.

El mercader soltó una risita breve sin dejar de examinar.

—Las cosas pueden valer por muchas razones, muchachos —dijo—. A veces por lo que son... y a veces por lo que parecen.

Sacó una piedra con una forma especialmente extraña, era como una lágrima, con un brillo tenue en el borde.

Se quedó mirándola un segundo más de lo normal.

Y entonces, sin levantar la voz:

—¿Dónde conseguiste esta?

Hans se rascó la nuca, orgulloso y nervioso a la vez.

—En el bosque de Odrin... al sureste de aquí —dijo—. En una de mis aventuras. Estaban al lado del río, entre piedras normales. Esta me llamó la atención.

El mercader alzó las cejas, y por primera vez dejó de parecer un hombre que vende cosas para parecer un hombre que sabe cosas.

—Odrin... —repitió, probando la palabra—. Dejó la piedra sobre la palma, como si fuera algo más delicado de lo que parecía, y se llevó la otra mano al pecho con un gesto teatral.

—Perdonadme la falta de modales. A veces entro en faena y se me olvida lo básico. Me llamo Rick.

Benruar ladeó la cabeza.

—¿Solo Rick?

Rick se llevó una mano al pecho, ofendido de mentira.

—Rick, el vendedor local, si gustas —respondió con una sonrisa—. No todo el mundo puede presumir de título, muchacho.

Aldonir miró la piedra con recelo.

—¿Y eso qué es exactamente?

Rick levantó un dedo, como un maestro a punto de dar una lección, pero con brillo de vendedor en los ojos.

—Esto, muchachos... son lágrimas de gólem.

Hans parpadeó.

—¿Los gólems... lloran?

Rick sostuvo la "lágrima" entre dos dedos y la giró despacio hacia la luz, como si quisiera que hasta el aire entendiera lo especial que era.

—No es rara solo porque venga de un gólem —dijo—. Es rara por lo que es.

La apoyó en el paño y la señaló con la uña.

—Mira bien. Parece una piedra cualquiera, pero por dentro no está "hecha" como las demás. Esto no es una veta normal. Es material que se quedó solidificado dentro, atrapado, como si el río lo hubiera enfriado de golpe y lo hubiera sellado ahí para siempre.

Aldonir se inclinó un poco, desconfiando, pero curioso.

—¿Y qué tiene dentro?

—Depende del gólem y de cómo murió... o de cómo se rompió —explicó Rick—. Muchas contienen restos minerales que no deberían mezclarse así de forma natural. Agua elemental, por ejemplo. O cosas parecidas. Lo suficiente para que un alquimista serio empiece a babear sin querer. Benruar frunció el ceño, atrapado en una idea que no terminaba de encajar.

—¿Y qué se supone que tiene dentro... si no es una veta normal?

Rick levantó la "lágrima" otra vez y la movió despacio frente a la luz. Por un instante, dentro del mineral pareció formarse un brillo húmedo, como si la piedra recordará el río.

Rick sonrió como quien por fin llega a la parte interesante.

Los tres se quedaron callados.

—No "agua del río", no "agua de lluvia" —aclaró—. Agua de las de verdad. De la que no se evapora por calor, sino por voluntad. A veces, cuando un gólem se rompe cerca de una corriente fuerte, el núcleo pierde parte de lo que lo mantiene... y esa esencia se queda atrapada. Se solidifica dentro de la piedra, sellada, como si el mundo la hubiera encerrado a la fuerza.

Benruar abrió un poco los ojos.

—¿Agua... dentro de una piedra?

—Por eso es rara —asintió Rick—. No se ve, pero está. Y no se comporta como el agua que conocéis. En manos de un alquimista sirve para cosas que aquí os sonarían a cuento: enfriar mezclas sin hielo, purificar sustancias, calmar venenos... incluso ayudar a que ciertas pociones "agarren"fuerza en vez de pudrirse.

Hans miró la lágrima con una mezcla de orgullo y miedo.



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En el texto hay: suerte y destino, aventura fantasia, aventura humor

Editado: 13.01.2026

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