Una loca sorpresa

Capítulo 5: Dogan

Mi jefe no está contento con que me tome más días, pero tampoco puede negarse. Soy el que acepta los casos que nadie quiere tocar ni con guantes; además, tengo clientes fijos que insisten en que solo yo los atienda o alguien que yo recomiende. Soy socio desde hace un año. Tiempo suficiente para que mi nombre figure en la puerta y para que algunos clientes lo interpreten como garantía de confianza.

Charlotte me llamó esta mañana y me propuso usar esos días para estar juntos. Le expliqué que no tiene días libres y que no puede adelantar las vacaciones, al menos no si quiere pasar dos semanas recorriendo Italia dentro de dos meses. Quedamos en que me alcanzará el sábado, a tiempo para la boda de mi hermano.

Tengo que resolver todo antes de ese día para que la mentira deje de serlo. Y sí, todavía no le digo que me casé con otra y que no recuerdo nada de la noche. Por ahora la verdad se queda enterrada; mientras no tenga a Charlotte frente a mí, puedo manejarlo. Cara a cara la culpa me aprieta la garganta y la historia sería otra.

Mientras pienso en Charlotte, mi mente divaga hacia los comentarios que Viper hizo sobre mi relación. Admito que Charlotte es intensa con los mensajes. A veces su necesidad de saber todo me agota, pero no por eso la llamaré controladora. Yo no soy así porque confío en ella. ¿Ella confía en mí? Si se entera de lo que pasó, tendrá motivos; hasta ahora, conscientemente, no se los he dado.

Fox opina que si terminé en esa situación con Viper es porque no somos tan indiferentes como creemos. Que si lo fuéramos, nada habría pasado, ni siquiera con media botella de whisky encima. No le doy la razón, pero la frase se me queda pegada en la cabeza.

Recuerdo cuando conocí a Viper. Una mujer de sonrisa simple y llamativa. Luego se ofendió por un comentario que hice y todo terminó en pelea. Aunque ni recuerdo qué fue lo que le dije. ¿Cómo pasamos de discutir a casarnos y a hacer algo más? No tengo una respuesta satisfactoria, así que respiro hondo y me concentro en el presente.

Entro al bufete donde trabaja. Le pedí vernos y no respondió nada más. Solo dijo que el juez que ella conoce no está en la ciudad. Como no me dijo más nada, decidí aparecerme aquí.

Me anuncio en recepción como un posible cliente. No tengo cita; me hacen esperar.

Paseo la mirada por el lugar, deteniéndome a observar cuadros modernos. Todo el lugar se ve pulcro y diseñado, demasiado pensado. Mi bufete huele a madera vieja y a papeles, y tiene un archivador que se traba de vez en cuando. Aun así, prefiero lo antiguo a estos espacios minimalistas que parece diseñado por alguien que odia los colores.

La recepcionista me ofrece algo de tomar; doy las gracias y rechazo. Ella se levanta y se dirige a la parte de atrás; supongo que a la cocina.

En ese momento, diviso a Viper salir de una oficina con mala cara, como si hubiera perdido un juicio importante, y entra en otra sin verme. Al poco, aparece un hombre con traje caro, mandíbula marcada y esa arrogancia ensayada de quien fue criado para no perder la compostura. Lo conozco.

Me acerco a la puerta entreabierta y escucho.

—No voy a trabajar contigo, Thiago, y no tengo obligación de hacerlo. —dice Viper, fría.

—Te haces la difícil, como la otra noche cuando agarraste a un tipo cualquiera y dijiste que era tu novio.

“Tipo cualquiera”. Peculiar halago.

—Mira, Thiago, no sé de qué hablas y no estoy de humor. No quiero que te lleves el crédito y me dejes en la sombra. Me da igual que te hayas graduado en Oxford; está claro que no sabes trabajar en equipo.

El nombre encaja con su acento: Thiago Campbell.

—No exageres. El señor Johnson me aprecia, y hay más posibilidades de que me haga socio a mí antes que a ti. Si te portas bien, puedo ayudarte…

Veo a Viper fruncir el ceño; la conozco lo suficiente para saber que está controlándose para no explotar.

—No te necesito. Tampoco me interesa salir contigo. Así que sal y llévate tu ego.

Eso es suficiente para mí. Empujo la puerta y entro.

—Perdón, no quería interrumpir, pero como Viper dejó claro que te fueras, pensé que no habría problema.

Thiago me observa sin disimulo. No creo que él me reconozca.

—Tú eres el tipo de la otra noche. —exclama.

Viper me mira y hay en su voz una mezcla de sorpresa y pregunta que no termina.

No decimos nada; ninguno de los dos niega la mirada que intercambiamos. Por un momento, la atención se concentra solo en esa conexión silenciosa. Pienso en la mujer del lugar donde casamos que dijo algo de un abogado cruzado; ¿será este el que mencionó?

—Sí, lo soy. Y ahora te pido que te vayas; necesito hablar en privado con Viper.

Thiago nos mira con esa expresión de quien cree que el mundo es su escenario, y se retira sin más. Cierro la puerta con cuidado y me acerco.

—No era… —comienzo.

—Ya sé. No era necesario que te defendiera. Lo hice para que hablemos de la anulación de nuestro matrimonio, porque mi paciencia está al límite y no ayuda que dejes de responder los mensajes.

Mientras hablo, Viper tamborilea los dedos sobre el escritorio. El ruido seco marca un ritmo nervioso. Es la primera vez que noto ese tic en ella y me parece humano, casi sospechosamente humano para alguien que siempre parece tener todo bajo control.




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