Una Luna Creciente

CAPÍTULO 31

Dependencia de la Luna

En los tiempos en que no existían reinos ni pueblos, cuando el planeta apenas despertaba a su era, la tierra yacía vacía, silenciosa, cubierta solo por el manto de la noche.
La Luna, que observaba desde lo alto con su luz plateada, se entristecía al ver tanta soledad en el mundo.

Fue entonces que, con el resplandor de su poder, derramó un fragmento de su esencia sobre la tierra, y de aquel destello nació el primer Alfa, el primer ser consciente del planeta. A su lado, la Luna formó a la primera Omega, para que no estuviera solo.
Ambos fueron los primeros hijos de la Luna, los verdaderos orígenes de la humanidad celestial -una especie pura, bendecida con sabiduría, sensibilidad y poder.

De ellos nacieron los Betas, y juntos poblaron el mundo. La Luna no los abandonó. Les enviaba lo necesario para vivir: alimento, conocimiento y fuerza. Los hijos de su linaje llamaban a esos dones la bendición lunar.
Y cuando alcanzaban la madurez o despertaban su energía interior, sus cuerpos cambiaban: su piel y su cabello se tornaban blancos o plateados, semejantes al resplandor de su madre celestial.

Por incontables generaciones, los hijos de la Luna se unieron entre sí, manteniendo vivo ese brillo sagrado.
Pero con el paso de los siglos, aparecieron otros seres distintos: los nacidos de la tierra, aquellos que no provenían de la esencia lunar, sino que habían surgido lentamente de la evolución, de los animales que un día caminaron erguidos.
Eran los hijos de la naturaleza, del barro, de la carne y el instinto.

Con el tiempo, ambos linajes -los hijos de la Luna y los hijos de la Tierra- comenzaron a mezclarse. Así, el fulgor plateado en la piel y el cabello fue desvaneciéndose poco a poco, hasta volverse casi un mito.

Se decía que cuando un verdadero hijo de la Luna moría, su espíritu ascendía hacia ella, para morar en su luz eterna, compartiendo su conocimiento con la diosa madre y reuniéndose allí con sus seres amados.

Y aunque muchos descendientes olvidaron sus orígenes o sembraron discordia entre los suyos, el lazo familiar que los unía seguía vivo.
Porque al final, todos sabían que su principio no estaba en el polvo ni en la carne, sino en el cielo mismo...
en la luz plateada de la Luna, su primera madre.

Mateo

Cuando Azul entregó el espejo a Kil, ninguno de nosotros supo cómo reaccionaría, en el accidente
Apenas lo sostuvo entre sus manos, un estremecimiento recorrió su cuerpo. Luego, sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó.

En cuestión de segundos, su piel se tornó blanca como la nieve, su cabello adquirió un tono gris plateado, y sus ojos -cuando volvió a abrirlos- resplandecieron con un azul intenso, casi sobrenatural.

Miguel me sostuvo con cuidado, mientras Azul, con lágrimas en los ojos, sujetaba a Kil de los brazos, temblando.

-Ella necesita... nuestra ayud-a -susurró con la voz quebrada.

En ese instante, Leo irrumpió en la sala con paso rápido, alterado.

-¡¿Qué fue lo que pasó?! -exclamó al verla.

El silencio se apoderó de todos. Yo, sin embargo después que llevaran a kil al cuarto del hospital del palacio, Había leído la carta... la misma que había despertado la ira de Kil. Y aunque todo dentro de mí temblaba, sabía que no podía quedarme quieto.
Debía ayudar a mi rey.

Sin perder más tiempo, salí de la habitación del hospital.

Descendí las escaleras, donde me encontré con Leo y sus sirvientas. Una de ellas se adelantó y me entregó una espada envainada y un mapa.

-¿Estás seguro? -preguntó Leo, mirándome con seriedad.

Asentí con firmeza.

-No sabemos qué está ocurriendo en mi reino -respondí, con voz baja pero decidida.

Leo guardó silencio unos segundos. Luego extendió una mano hacia el aire y, con un movimiento, abrió un portal de luz brillante que ondulaba como agua.

-Adelante, Duque Mateo -dijo con solemnidad-. Uno de mis caballeros le espera del otro lado con un caballo preparado.

Respiré hondo, ajusté el cinturón de mi espada y di un paso hacia el resplandor. La luz me envolvió completamente.

Cuando abrí los ojos, me encontré en la cima de un monte despejado, donde el viento soplaba libre y frío. Frente a mí había un caballero, sujetando las riendas de un corcel negro de mirada fiera.

-Tome, su majestad -dijo el hombre, inclinando la cabeza mientras me ofrecía el caballo.

Le agradecí con un gesto solemne, monté de un salto y apreté con fuerza la empuñadura de mi espada.
Ante mis ojos, mi reino se extendía en la lejanía: campos dorados, murallas antiguas, y el eco de un hogar.

Fui lo más rápido que pude hacia el palacio del rey Alejandro.
El viento golpeaba mi rostro y el galope del caballo resonaba como un trueno en los caminos empedrados. La ciudad aún dormía, envuelta en una bruma gris que apenas dejaba ver las torres del castillo.

Cuando crucé las puertas del recinto, varios guardias reaccionaron de inmediato.
Desenvainaron sus espadas con un brillo metálico que asustó al caballo, el cual se irguió y relinchó con fuerza.

-¡Duque Mateo! -gritó uno de los soldados, reconociéndome al instante-. ¡Bajen las armas!

Los guardias obedecieron, aunque seguían tensos. Entonces, el caballero que parecía ser el capitán del grupo dio un paso al frente.

-Disculpe, mi señor -dijo, haciendo una leve reverencia-. Es que venía muy rápido, y estamos en guardia por cualquier cosa. Los tiempos son inciertos, y no sabíamos quién se acercaba con tanta prisa.

Asentí, sin tiempo para explicaciones. Bajé del caballo de un salto, mi capa aún húmeda por el viaje.

-Necesito ver al rey -dije con firmeza, mirándolo directamente a los ojos.

El capitán pareció dudar un instante, pero al ver mi expresión decidida, asintió y se giró hacia los demás.

-¡Abran paso al Duque Mateo! -ordenó con voz fuerte.

Las enormes puertas del palacio comenzaron a abrirse con un crujido profundo, dejando escapar una ráfaga de aire cálido del interior. Sin mirar atrás, avancé decidido por el pasillo principal.



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Editado: 16.01.2026

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