Una Luz para Almas Peculiares (prejuicios #2)

CAPÍTULO 17

Esa misma tarde, Morgana Allen por fin decidió a hacer presencia en la residencia de los Collins. Por lo que pronto, su carruaje de estilo gótico arribó y de allí descendió sosteniendo una sombrilla que la cubría del intenso sol que se presentó aquel día, algo que no gustaba de sentir en su pálida piel que contrastaba con el intenso cabello rojizo y sus labios de carmín. Observó con cierto desinterés la encantadora y luminosa fachada de la residencia de los condes, que mantenía sus plantas de diversos colores en perfecto estado, arqueando una ceja al visualizar a una figura que se le hizo conocida: la Marquesa de Bristol.

—Lady Gallagher —Annette volteó tan pronto escuchó que la llamaban, sólo para sorprenderse al ver aparecer a Lady Allen con su característica elegancia que a la marquesa le recordaba la noche—. Que sorpresa verla por aquí, ¿viene a visitar a la condesa?

—Buenas tardes, Lady Allen —saludó cortésmente Annette con una pequeña reverencia—. Sí. Me he enterado que su salud otra vez está empeorando, así que decidí venir a visitarla y tal vez distraerla de sus preocupaciones, ¿y usted, mi lady?

Morgana, quien en realidad había ido a ver a la señorita Collins, decidió que sería mejor idea cambiar de opinión e ir a visitar a la condesa para así evitar posibles malos entendidos. Además, sería correcto de su parte presentar sus respetos pese a su poca relación con Lady Collins, pues ante todo era verdad que la educación le era más importante a la hora de relacionarse con las personas.

—También he venido a visitarla —contestó con seriedad antes de señalar la entrada— ¿Le molesta si la acompaño?

Annette negó con una leve sonrisa.

Ambas fueron recibidas por Lady Emilie, quien estaba impactada al conocer a la madre del Sr. Allen y le preguntó cuáles eran sus consejos de belleza, pues la dama parecía mantenerse pese a ya haber pasado la avanzada edad de cuarenta años. Morgana arqueó las cejas respondiendo que esas cosas no se revelaban, sin embargo, en cuanto Annette les llevó la delantera, se acercó a la anciana y le susurró: “sangre de mocosos malcriados” a lo que Emilie la miró con cierta gracia pese a que Lady Allen no se rio en absoluto.

En la habitación de la condesa, Agatha se sorprendió al ver llegar a su suegra en compañía de Lady Allen —pues no eran unidas en comparación con Annette—, pero aun así la recibió de buen modo y le indicó un asiento junto a su cama donde podría acomodarse. Lady Morgana hizo caso y se sentó con la espalda recta, dándose cuenta que el aspecto de la condesa no era el mismo que el de hace unos años, pues ahora mismo su rostro y uno de sus brazos se encontraba un poco hinchados y se miraba cansada pese a que se esforzaba en sonreír de forma encantadora.

—Disculpen que no las haya podido recibir —se excusó Agatha mientras su suegra se acomodaba a su lado y servía el té tanto para la marquesa como para la duquesa—. Hoy decidí hacer una pequeña broma, pero como castigo mi salud empeoró durante el transcurso de la tarde y no me siento en condiciones de levantarme de la cama.

—Algo así comentó Lady Emilie en la carta que me envió —explicó Annette, quien estaba sentada al otro lado de Agatha, sin percatarse de la mirada extrañada de parte de la anciana—. Me preocupé tanto que no pude evitar venir a verla.

Agatha la miró conmovida.

—¿Mi carta, Lady Annette? —inquirió Emilie a lo que la marquesa asintió.

—Sí, llevaba su firma —frunció el entrecejo con extrañeza— ¿Acaso no ha sido usted?

—Me temo que no, querida —contestó con gesto pensativo hasta que se encogió de hombros con una sonrisita divertida—. Debió ser mi niña. Resulta que le encanta hacer que la pobre Agnes viva escribiendo cartas y las firme con un seudónimo —Agatha la miró alarmada, sin embargo, Emilie se hizo la que no se dio cuenta— Qué cosas, ¿no? —bebió de su taza de té como si nada.

Annette la miró con diversión al entender que todo había sido una broma, sin embargo, Morgana arqueó las cejas al comprender esa indirecta. Le había quedado muy claro que la jovencita les había comentado sobre las cartas que se enviaba con su hijo…

Lo más sorprendente es que lo permitieran, considerando lo sobreprotectores que son los condes con respecto a la joven.

—Debo decirle, Lady Allen…

—Por favor, sólo Morgana —dijo la pelirroja con seriedad—. No me gustaría que se sintieran incómodas debido a mi presencia.

Agatha sonrió y continuó:

—Muy bien, nos tutearemos —aceptó la condesa—. Como decía, Morgana, me siento encantada por cómo están saliendo las cosas entre nuestros hijos —Lady Allen casi se atora con el té a lo que todas la vieron con los ojos bien abiertos.

—Santo Dios, Morgana, ¿se encuentra bien? —cuestionó Annette con preocupación a lo que la dama asintió, dejando la taza sobre el velador.

—Mis disculpas —mencionó tensa antes de volver a dirigirse a la condesa— ¿Cómo ha dicho?

—… Pues… que estoy encantada con que las cosas estén saliendo bien con nuestros hijos —repitió tratando de animar las cosas, pero simplemente la mirada fría de la duquesa no ayudaba—. El Sr. Allen me parece un joven peculiar, pero muy atento después de todo. Mi querida Casandra siempre se ha mantenido sonriente luego de cada visita, y hoy más que nunca lo está debido a que él le regaló un perro —hizo una mueca—. No es un perro que me agrade del todo, sin embargo, ya veremos lo que resulta de esa alocada idea que él ha propuesto.




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