Una Luz para Almas Peculiares (prejuicios #2)

CAPÍTULO 18

El día de la reunión había llegado y Agatha Collins estaba tan emocionada que, tras levantarse vigorizante de energía, comenzó a planear cuál sería su vestuario para esa misma noche sin ser consciente que su querida hija, su amada Casandra, se encontraba desde el día anterior recostada sin deseos de moverse de allí.

Roy, el pequeño rottweiler que ya se acostumbró a seguir a la joven a todos lados, subió a la cama y posó su cabeza sobre las piernas de su dueña al percibir que se encontraba triste, sin embargo, Casandra no estaba de humor para darle cariño.

No tenía humor de nada.

Desde que habían regresado de la visita a Charlotte Sjöberg, Casandra se encerró en su habitación sin tener el ánimo de recibir visitas por parte de nadie, por lo que James, muy consciente en que la joven se había llevado una gran desilusión, no insistió más y prefirió darle su espacio antes de volver a intentar sacarle otra de esas sonrisas lunáticas que tanto a él le gustaba. Lord Frederick, no obstante, no pudo mantenerse tranquilo sabiendo que su hija no recibía ni siquiera la comida que él enviaba a su habitación, por lo que, temiendo que el mismo decaimiento que había padecido de niña volviese a regresar, recurrió a su madre para intentar animar a su pequeña, pero ni siquiera Lady Emilie tuvo éxito con sacarla de la cama.

Ese día no fue la excepción.

Como su madre fue a distraer a Agatha para no alterarla sobre el estado anímico de Casandra, fue Frederick quien decidió ingresar al cuarto de su hija para dar otro intento, pues no deseaba que aquel día se arruinase por culpa de las crueles palabras de una cantante frustrada con su carrera.

—Soy yo, pulgoso —dijo apenas Roy levantó la cabeza en señal de alerta. Al reconocerlo, volvió a acomodarse junto a su dueña por lo que Frederick se sintió más tranquilo. Ese perro estaba creciendo rápidamente y ya daba indicios de que sería muy robusto y de apariencia intimidante— ¿Cariño? —se acercó al bulto escondido bajo las mantas en donde con dificultad se podía apreciar unos rizos dorados— Llegó el gran día, ¿no estás emocionada? —la joven no respondió— Vamos, torbellino, debes prepararte. Tu madre ya está levantada procurando tener todo listo para la noche.

—… Ya no quiero nada, papá —murmuró una voz cargada de desilusión—. No iré.

—¿No irás? —el conde la miró atónito—. Casandra, no puedes dejarte vencer por las palabras de esa insufrible sueca. Ella no tiene razón en las tonterías que ha dicho…

Casandra, riéndose sin gracia, se sentó en la cama y con amargura expresó:

—Pues esa insufrible, padre, es tan ciega como yo, ¡eso nos hace inútiles! Por supuesto que tiene razón en lo que dice porque es así: la música es algo muy ridículo para personas como nosotras —se encogió de hombros— ¿Qué sentido tiene que lo intente?

Frederick frunció el entrecejo sin concebir aquella actitud como algo aceptable.

—No voy a permitir que abandones lo que tanto has insistido en seguir, Casandra Collins —dijo con firmeza a lo que la joven agachó la cabeza sintiéndose regañada—. Con tu madre te hemos advertido que no sería un camino fácil, ¡te lo hemos dicho varias veces y tú has aceptado sin dudarlo! ¿No es por eso que has practicado a todas horas durante esta semana? ¿es que acaso vas a echar por la borda el trabajo arduo de tus ensayos solo porque una muchacha que, evidentemente, no ama la música como tú lo haces, te intentó arrebatar tu sueño? ¿qué sabe ella si logras tener éxito?

—Pero ella también es ciega… —susurró.

—¿Y eso qué? —inquirió Frederick enfadado por la culpa que le recorría al causarle ese dolor. Sin embargo, eso no impidió que no intentara levantarle el ánimo— Ella decidió rendirse muy pronto, pero tú, hija… Tú no puedes ir por el camino que esa muchacha decidió sino seguir el que tú deseas —Casandra levantó la cabeza en dirección a la voz del conde. Frederick suspiró con pesadez, volteando a ver al rottweiler que había estado atento a la discusión— ¿Y con tu perro? ¿lo abandonarás también si el dichoso plan del Sr. Allen no resulta?

—¡No, eso nunca! —exclamó horrorizada.

—Pues es lo mismo con la música, Casandra —repitió el conde inclinándose para quitar las mantas que la cubrían a lo que Roy se apartó rápidamente, bajando de la cama indignado por la brusquedad del hombre—. Así que exijo que te pongas presentable y bajes a desayunar, porque no quiero que tu madre se entere de esto. Además, todavía debes entrenar con tu perro y ya has perdido demasiado tiempo.

La vio juguetear con sus dedos en un gesto nervioso.

—¿Y si… y si me equivoco frente a todos? —preguntó con temor— No quiero decepcionarlos a ustedes ni a mis amigas… ni al Sr. James…

Frederick sostuvo su rostro y con ternura retiró algunas lágrimas traicioneras.

—Querida, sé lo mucho que has practicado. Vi el esfuerzo que le has puesto a mejorar tus habilidades en el piano y lo haces de maravilla —ella dio una pequeña sonrisa—. Hoy todos podrán ver tu potencial y ni nosotros, ni la señorita Hazel, ni Lady Lilian estaremos decepcionados… y (aunque me cueste decirlo) sé que no lo hará el Sr. Allen —la joven se rio al imaginarse una mueca en el rostro de su padre de sólo mencionar al pelirrojo— Desde hoy, ya tienes admiradores, pequeña.

—Gracias, papá —dice la joven al abrazarlo—. Me siento mucho mejor.




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