Yo, un hombre de 30 años, joven, pero ya hundido en deudas, una casa en mal estado, sin auto y atrapado en un trabajo miserable que apenas paga el sueldo mínimo por una jornada completa. Y, para empeorar las cosas, mi jefe es un completo idiota: un viejo amargado que pasa el día entero buscando cualquier excusa para discutir por estupideces.
Para aliviar la furia y el estrés que llevaba acumulando, siempre salía a caminar solo por las calles. Pero esa vez el día había sido demasiado duro, así que decidí despejarme en el bosque.
Una caminata muy extensa, donde iba entretenido escuchando el canto de los pájaros, el sonido del viento y observando el hermoso cielo despejado. Se sentía increíble estar así; me había desconectado de todo, pues había dejado el celular y el reloj en casa.
Todo iba perfecto… hasta que, en cuestión de segundos, el cielo despejado se cubrió por completo. Una lluvia intensa comenzó a caer, acompañada de truenos y relámpagos. Era una tormenta brutal.
Al ver aquello, corrí desesperadamente en busca de la salida del bosque. Estuve cerca de treinta minutos corriendo, pero terminé dándome cuenta de algo aterrador: siempre regresaba al mismo lugar donde había empezado.
Estaba corriendo en círculos.
No entendía cómo era posible, pero así era. Para ese momento ya estaba completamente empapado, y la noche había caído de golpe sobre el bosque. Pensé que tendría que pasar la noche ahí. Estaba agotado, así que disminuí el paso y continué caminando lentamente.
seguí caminando un buen rato, pero algo aterrador me detuvo: una roca gigante en medio de los árboles. Sin embargo, lo espeluznante no era la roca, sino un señor sentado sobre ella.
Un anciano con ojos del tamaño de un búho. Y lo más atemorizante era su sonrisa: no era natural, era enorme, distorsionada.
Además, era extraño… un anciano tan pequeño y con una presencia tan aterradora en medio del bosque, durante una tormenta así. En sus manos sostenía un palo con el cual se ayudaba a bajar de aquella inmensa roca.
Se acercó a mí con la cabeza agachada. Cuando llegó frente a mí, levantó la mirada.
Sus ojos… su rostro… todo era aterrador, sin perder esa sonrisa.
Quise huir, pero algo en él era hipnotizante y no podía.
Él me tomó del hombro y se acercó a mi oído, susurrando:
—Sé lo que estás pasando… sé lo que es todo esto… pero tengo la solución.
Yo respondí:
—¿Qué solución en medio de un bosque? Esto es muy raro… se… señor.
El miedo no me dejaba hablar bien; tartamudeaba sin control. Él entonces dijo:
—Sí. Puedo cumplir todo lo que quieras… todo. —levantó las manos—. Puedo concederte miles de deseos en un solo chasquido de dedos, jeje… pero a cambio, debes hacerme unos favores.
En ese instante pensé lo peor: si era un brujo, al intentar escapar me maldeciría… si era un caníbal, al huir me alcanzaría.
Tragué saliva y pregunté:
—¿Qué… qué favores?
Él sonrió aún más.
—No te pido el alma ni nada de eso. Solo quiero que me traigas una persona por cada día. Por cada persona, te daré un deseo. Pero tendrás que entregarme el control… solo de tu impulsividady un par de efectos secundarios nada malo, nada más.
Lo pensé rápido. En medio del miedo, no me pareció algo realmente peligroso… o eso creí. Acepté el trato cediendole una firma en su pergamino lleno de tierra que el cargaba. Incluso, por un segundo, sentí alivio, como si todo fuera más fácil de lo que debería.
Él me señaló el camino hacia una carretera y dijo que volviera al día siguiente.
Al día siguiente, en el trabajo me sentía sorprendentemente bien, con mucho ánimo, a pesar de haber dormido solo dos horas. La jornada transcurrió bien… lo único extraño fue que Kevin quiso quedarse con el último trozo de pastel durante el desayuno. Yo no soy así, pero esta vez no sé qué pasó: me abalancé sobre él para quitárselo y asi generandole un fuerte puñetazo en la cara. Fue algo raro, aunque pensé que era parte del cansancio o de un sueño que ni siquiera sentía.
Al salir del trabajo, invité a Kevin unas bebidas como forma de disculparme y lo llevé a dar un paseo por el bosque. Caminamos bastante rato y ya era de noche, por lo que Kevin quiso devolverse, pero le dije que más adelante había un camino más corto. Me creyó.
Lo llevé hasta la roca donde había visto al anciano, el anciano llego y estaba muy contento solo que esta vez con la cara tapada. Kevin llegó tranquilo, incluso con una actitud burlona. Al ver al anciano dijo:
—Un anciano a esta hora… por favor. Señor, ¿está usted borracho o es el típico vagabundo?
el anciano enmascarado me dijo: dime ya ¿que pediras por tu primera vez?. yo le dije un saco lleno de billetes en la entrada de mi casa para cuando llegue.
Kevin se reía demasiado de aquella conversacion sin sentido, hasta que el anciano se quitó la máscara.
En ese instante, se abalanzó sobre él y, de un tirón, lo sostuvo hasta que desapareció de mi vista entre los arbustos. Yo solo escuchaba los gritos de Kevin mientras corria.
al llegar a mi casa ahi estaba un saco de billetes yo senti tanta alegria demasiada y me dije a mi mismo: mañana tengo que volver a hacer lo mismo si o si.
Así pasaron unas semanas: de no tener nada, pasé a tenerlo todo. La gente sospechaba de cómo lo había logrado. Sabían que era dinero sucio, pero nunca imaginaron la verdadera y terrorífica forma en que lo conseguía.
Lo que yo no sabía era qué pasaba con las personas que entregaba, ya que nunca volvían. Claramente, no era nada bueno.
La verdad es que yo estaba arrepentido; ya no quería hacerlo más. Pero había algo… algo que no podía controlar. Eso hacía que todos los días terminara llevando gente en contra de mi voluntad.
Incluso fui a psicólogos, pero ninguno me ayudó, pues no podía decirles la verdad.
Luego, poco a poco, empecé a verme distinto en el espejo. Mis ojos, mi voz, mi sonrisa… todo cambiaba. Y lo descubrí: me estaba convirtiendo en aquel anciano.
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Editado: 09.05.2026