El desierto de Al-Jahara ardía bajo el sol de mediodía, pero dentro de la lujosa mansión de cristal y acero del jeque Khalid bin Rashid Al-Farsi, la temperatura era gélida. No por el aire acondicionado, sino por la presencia del hombre que la habitaba.
Khalid era famoso en todo el mundo árabe por su fortuna, su belleza severa y su corazón de piedra. Los periódicos lo llamaban “El Jeque Despiadado” tras heredar el imperio petrolero tras la muerte de sus padres y despedir a media junta directiva en un solo día. Su palabra era ley, y su paciencia, un mito.
Esa mañana, su secretario personal, un hombre menudo llamado Farid que llevaba diez años temblando ante él, entró con una carpeta bajo el brazo.
—Alteza, tengo las candidatas finales para el puesto de niñera de la princesa Aimé.
Khalid ni siquiera levantó la vista de su tableta.
—Despídalas a todas. La última duró tres días. Lloraba cada vez que Aimé le hacía una rabieta. Necesito a alguien con carácter, Farid. No quiero una institutriz, quiero un muro contra el que mi hija pueda estrellar sus caprichos y salir ilesa.
—Comprendo, alteza. Sin embargo, hay una candidata… atípica. —Farid dudó—. Una latina. Se presentó por su cuenta. No viene de ninguna agencia de alto nivel.
Khalid frunció el ceño, sus ojos dorados como el ámbar volviéndose afilados.
—¿Una latina? ¿Tiene experiencia con la realeza? ¿Habla árabe?
—Habla cuatro idiomas, entre ellos árabe clásico. No tiene experiencia con realeza, pero… trabajó cinco años en un orfanato en españa. Y antes de eso, fue la niñera de un Duque.
Eso hizo que Khalid levantara la cabeza. Una niñera latina trabajando para un Duque. Alguien acostumbrada a trabajar bajo presión. Sus labios se curvaron en lo que podría haber sido el inicio de una sonrisa.
—Tráigala.
Una hora más tarde, Sasha Martínez, estaba de pie en el centro de un despacho que parecía sacado de un palacio de las Mil y Una Noches modernizado. Paredes de mármol blanco, una alfombra persa que costaría el salario de un año de cualquier mortal, y frente a ella, un hombre que irradiaba poder como el desierto irradiaba calor.
Ella no llevaba traje de diseñador. Llevaba unos vaqueros gastados, una camisa blanca planchada con esmero y las botas de cuero que habían caminado por todo el mundo como la niñera. Su cabello castaño estaba recogido en un moño severo. No había una gota de maquillaje en su rostro.
Khalid la examinó de pies a cabeza. No era lo que esperaba. No era sumisa. Sus ojos verdes, intensos y serenos, lo miraban con la misma firmeza con la que él la examinaba.
—Señorita Martínez —dijo él, sin levantarse de su sillón de cuero—. Farid me dice que fue niñera de un Duque. ¿Por qué dejarlo para cuidar a una niña?
—Porque todos necesitamos ayuda señor, disculpe alteza, aprendí que no hay nada más valioso que una vida inocente —respondió ella, con un acento suave pero firme—. Y porque en el orfanato aprendí que los niños difíciles no necesitan castigos. Necesitan a alguien que no se rinda.
Khalid entrecerró los ojos. La respuesta era perfecta, y eso le molestaba.
—Mi hija, Aimé, tiene seis años. Su madre falleció hace dos. Desde entonces ha expulsado a seis niñeras. Es rebelde, malcriada y tiene un genio que iguala al mío.
—Oí decir que usted también, alteza, tiene un genio que iguala al de un huracán —dijo Sasha, sin inmutarse.
Farid, en un rincón, contuvo la respiración.
El silencio se alargó. Khalid se levantó lentamente. Era alto, mucho más que ella, y su presencia llenaba la habitación como una tormenta de arena.
—¿Cree que puede con ella?
—No lo sé —admitió Sasha—. Pero sé que intentarlo no me costará nada. Y ella se merece que alguien lo intente de verdad.
Algo brilló en los ojos de Khalid. No era calidez, pero tampoco era desdén. Era… curiosidad.
—Empieza mañana. Si Aimé te echa antes de un mes, te vas sin carta de recomendación y sin indemnización. ¿Aceptas?
—Acepto.
Cuando ella salió, Farid exhaló.
—Alteza, ¿está seguro? Es muy… directa.
Khalid volvió a sentarse, con un pensamiento inquietante en la mente. No se rinde.
—Eso es justo lo que necesitamos.
La princesa Layla era una réplica en miniatura de su padre: mismos ojos dorados llenos de desafío, misma línea de mandíbula firme, misma capacidad para hacer que los adultos a su alrededor se sintieran incompetentes.
El primer día, cuando Sasha entró en la inmensa habitación infantil que parecía una juguetería de lujo, la niña estaba sentada en el centro de la alfombra, rodeada de muñecas destrozadas. Tenía el cabello oscuro enmarañado y la mirada fija en la puerta con odio anticipado.
—Así que tú eres la nueva —dijo Aimé, con una voz que imitaba el tono despectivo de su padre—. ¿Cuánto durarás?
Sasha se agachó hasta q
uedar a su altura, ignorando las muñecas decapitadas.
—No lo sé...