—Dependerá de ti —respondió Sasha con una sonrisa tranquila—. Pero te advierto: yo duré cinco años en un orfanato con cuarenta niños. Una princesa malcriada no me asusta.
Aimé frunció el ceño, desconcertada. Nadie le hablaba así. Ni siquiera su padre, que usaba el silencio como castigo, se rebajaba a responderle con tanta calma.
—¡No me gustas! —gritó la niña, cogiendo una muñeca y arrojándola contra la pared.
Sasha ni siquiera parpadeó. Recogió la muñeca con parsimonia, la sentó en una silla diminuta y le arregló el vestido.
—A esta muñeca la llamaré Sara —dijo Sasha, como si hablara con ella misma—. Sara acaba de llegar de un orfanato en un país latino. Allí aprendió que las rabietas no sirven de nada, pero que las personas que se quedan a pesar de todo… esas sí valen la pena.
Aimé la miró con los ojos entrecerrados, desconfiada. Pero no dijo nada. Algo en la voz de aquella mujer extraña la desarmaba.
—Ahora —continuó Sasha, levantándose y extendiéndole la mano—, ¿me enseñas tu cuarto? Necesito saber dónde voy a dormir cuando me quede a cuidarte por las noches.
—¿Vas a dormir aquí? —preguntó Aimé, con un tono que oscilaba entre la sorpresa y la curiosidad.
—Si quieres que me quede, sí. Pero solo si prometes no tirarme nada a la cabeza. Tengo el reflejo rápido, pero prefiero no probarlo.
Por primera vez en meses, algo parecido a una sonrisa titubeó en los labios de la princesa. No era una sonrisa completa, pero era un comienzo.
Esa noche, Khalid observaba desde los monitores de seguridad de su despacho. Había instalado cámaras en la habitación de Aimé tras la tercera niñera que huía llorando. No confiaba en nadie, y mucho menos en una extraña que hablaba con demasiada seguridad.
Vio a Sasha sentarse en el suelo junto a la cama de Aimé, contándole un cuento en árabe clásico con una entonación hipnótica. Vio a su hija, por primera vez, escuchar sin interrumpir. Vio cómo Sasha no intentaba tocarla, no forzaba el contacto, solo estaba allí, presente, como un faro en medio de la tormenta.
Algo se removió en el pecho de Khalid. No era gratitud. Era incomodidad. Porque aquella mujer no encajaba en ningún molde que él conociera. No pedía permiso, no suplicaba, no temblaba. Simplemente existía con una certeza que él había perdido hacía años.
Apagó la pantalla y bebió un sorbo de whisky, pero el sabor amargo no logró disipar la imagen de sus ojos verdes.
A la mañana siguiente, Sasha apareció en el desayuno con Aimé de la mano. La niña llevaba el pelo recogido en una trenza perfecta y vestía un conjunto que combinaba, algo que no ocurría desde la muerte de su madre.
—Buenos días, Alteza —saludó Sasha, con la misma serenidad del día anterior.
Khalid levantó la vista del periódico. Sus ojos recorrieron la escena: su hija, que solía parecer un huracán, estaba quieta, casi dócil. Aquella mujer había logrado en doce horas lo que otras no consiguieron en meses.
—Buenos días —respondió él, sin poder evitar que su voz sonara menos cortante de lo habitual—. Aimé, siéntate. El desayuno se enfría.
La niña obedeció sin rechistar. Sasha la ayudó a sentarse y luego se retiró un paso, esperando instrucciones.
—¿No vas a comer con nosotros? —preguntó Khalid, sorprendiéndose a sí mismo.
Sasha parpadeó, desconcertada.
—No es apropiado, Alteza. Soy el personal.
—Hoy —dijo él, señalando la silla vacía—, eres mi invitada.
Farid, que servía el café, casi derrama la jarra. Nunca, en diez años, había visto al Jeque invitar a nadie a su mesa, y mucho menos a una empleada.
Sasha dudó un instante, pero luego tomó asiento con una elegancia natural que Khalid no esperaba. Su espalda recta, sus manos colocadas con precisión sobre la mesa, sus ojos verdes fijos en él sin desafío pero sin sumisión.
Durante el desayuno, Aimé habló más de lo que había hablado en toda la semana. Contó que Sasha le había enseñado un juego de palabras en español, que sabía hacer nudos con cuerdas y que prometió enseñarle a montar a caballo.
Khalid escuchaba en silencio, observando a aquella mujer que parecía haber tejido un hechizo alrededor de su hija. Pero lo que más le inquietaba no era su habilidad con Aimé. Era la forma en que sus dedos, al tomar la taza de té, rozaron los suyos al pasarle el azúcar.
Un roce accidental. O quizás no.
Cuando Sasha se levantó para llevar a Aimé al jardín, Khalid la detuvo con una palabra.
—Señorita Martínez.
Ella se volvió.
—¿Sí, Alteza?
—¿Por qué quiere realmente este trabajo?
La pregunta colgó en el aire como una espada. Sasha sostuvo su mirada sin inmutarse.
—Porque hay niños que nacen en palacios y niños que nacen en la calle —dijo—, pero todos necesitan lo mismo: que alguien los vea de verdad. Su hija no necesita una niñera, Alteza. Necesita a alguien que la mire y no vea una princesa, sino una niña que extraña a su madre.
Khalid sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Nadie, absolutamente nadie, mencionaba a la madre de Aimé. Era un tema prohibido, un fantasma que él mismo había enterrado bajo montañas de trabajo y silencio.