Una Mamá para Annie

Capítulo 1 La carta que lo cambió todo

La mansión Warbucks se alzaba en lo alto de una colina, rodeada de jardines perfectamente podados y rejas que parecían decir "no entrar". Por dentro, todo era mármol, madera oscura y silencios. Oliver Warbucks lo había diseñado así: un lugar donde cada cosa estuviera en su sitio y ningún sentimiento hiciera ruido.

Pero Annie Warbucks, de cinco años, era experta en hacer ruido.

—¡Papá! ¡Papá! —gritó mientras sus zapatos repiqueteaban sobre el suelo de roble—. ¡Tengo algo importantísimo!

Oliver levantó la vista de su portátil. Estaba en su estudio, rodeado de pantallas que mostraban números, gráficos y movimientos del mercado. Llevaba corbata azul marino y gafas de lectura. Aunque eran las seis de la tarde, no tenía pensado terminar hasta las nueve.

—Annie, ¿cuántas veces te he dicho que no corras por los pasillos?

—Sesenta y siete —respondió ella, sin perder la sonrisa—. Pero esto no podía esperar.

—¿Se quemó la cocina?

—No.

—¿El perro se comió tu tarea?

—No tenemos perro, papá. Tú dices que los perros ensucian.

—Correcto. Entonces, ¿qué es tan urgente?

Annie se subió a la silla frente al escritorio, cruzó las piernas como una pequeña ejecutiva y deslizó un papel doblado sobre la mesa.

—Lea esto —dijo, seria.

Oliver suspiró. Desdobló la carta. Estaba escrita con letra grande y temblorosa, algunas palabras mal deletreadas. Decía:

"Querida señorita Grace: ¿Usted quiere ser mi mamá? Yo me porto bien. Mi papá también, aunque a veces se enoja. Él no lo sabe, pero la necesita. Atentamente, Annie Warbucks."

Oliver dejó la carta sobre la mesa como si fuera un documento incendiario.

—Annie… ¿qué es esto?

—Una carta.

—Ya veo que es una carta. ¿Quién es la señorita Grace?

—La bibliotecaria nueva. La conocí el martes cuando fui con la señorita Hannigan. Me leyó El principito y me dejó tocar sus libros. Y huele a canela, papá. ¿No es maravilloso que una persona huela a canela?

—No me había fijado —mintió Oliver.

—Y cuando se ríe, se le arruga la nariz. Así —Annie arrugó su propia nariz para demostrarlo—. ¿Tú has visto a alguien reír así?

Oliver la miró en silencio. Hacía tres años, tres meses y doce días que su esposa había muerto. Desde entonces, no había visto reír a nadie que no fuera su hija. Y mucho menos se había fijado en cómo le arrugaba la nariz.

—Annie, cariño… —empezó, con voz más suave—. Yo sé que extrañas tener una mamá. Pero no puedes contratar a una bibliotecaria para que ocupe ese puesto.

—¿Por qué no? Tú contratas a todo el mundo. Contrataste a la señorita Hannigan para que me cuide, y ella no huele a canela. Huele a sopa recalentada.

—No hables así de la señorita Hannigan.

—Es verdad, papá. Además, la señorita Grace es especial. Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque cuando me leía el cuento, me miró a los ojos. De verdad, no como los adultos que te miran pero están pensando en otra cosa. Ella me miraba y me escuchaba. Y sonreía solo para mí.

Oliver se quedó callado. Esa descripción le removió algo en el pecho. Algo que llevaba años tratando de ignorar.

—¿Tú no quieres que sea feliz, papá? —preguntó Annie, con la voz más pequeña.

Esa pregunta era un puñetazo. Oliver se quitó las gafas y las dejó sobre el escritorio.

—Claro que quiero que seas feliz. Eres lo más importante que tengo.

—Entonces contrátala.

—¿Contratarla para qué? ¿Para que sea tu mamá?

—Para que sea mi maestra particular —dijo Annie, como si fuera obvio—. Después de que la conozcas bien, te vas a enamorar y nos vamos a casar todos.

—¿Todos?

—Sí. Tú, ella, yo y el perro que todavía no tenemos.

Oliver soltó una risa corta. Era la primera vez que se reía en semanas.

—No voy a enamorarme de la bibliotecaria, Annie.

—Eso es lo que tú crees —respondió ella, cruzando los brazos—. Pero yo sé cómo funcionan estas cosas. Lo he visto en las películas.

—¿Qué películas?

—Las que veo cuando la señorita Hannigan se duerme en el sofá.

Oliver apoyó la cabeza en las manos. Estaba perdiendo una discusión contra una niña de cinco años. Como siempre.

—Está bien —cedió, con un suspiro—. Voy a entrevistarla. Para ser tu maestra particular. Nada más.

—¡Hecho! —Annie saltó de la silla—. La señorita Grace viene el viernes a las cuatro. Ya hablé con ella.

—¿Ya hablaste con ella?

—Tuve que actuar rápido, papá. Las bibliotecarias guapas no están solteras para siempre.

Antes de que Oliver pudiera procesar esa información, Annie ya había salido corriendo por el pasillo, gritando: "¡Voy a preparar galletas!"




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