El estudio olía a café recién hecho y a libro viejo. Grace Farrell se sentó frente al escritorio de Oliver con la espalda recta, las manos sobre el regazo y una expresión que oscilaba entre el respeto profesional y una curiosidad apenas disimulada.
Oliver no sabía por dónde empezar. Había entrevistado a cientos de personas: directivos, inversores, abogados. Pero ninguna de esas entrevistas incluía a una niña de cinco años escondida detrás de la puerta, escuchando.
—Señorita Farrell —comenzó, ajustándose las gafas—. Annie me ha hablado muy bien de usted.
—Qué amable —respondió Grace—. Ella también me ha hablado muy bien de usted.
—¿Sí? —Oliver levantó una ceja—. ¿Y qué le ha dicho?
—Que trabaja demasiado. Que a veces olvida comer. Y que cuando se ríe, se le iluminan los ojos como a un niño.
Oliver se quedó en silencio un momento.
—Ella exagera.
—No lo creo —dijo Grace con suavidad, pero con firmeza—. Los niños de cinco años no exageran. Solo dicen la verdad sin filtros.
—Usted es bibliotecaria, ¿no?
—Sí. Y también estudié pedagogía. Y sé un poco de música. Y puedo preparar galletas, aunque las de Annie son mejores.
—¿Y por qué una bibliotecaria quiere trabajar como maestra particular en una mansión?
Grace inclinó la cabeza. Lo miró directamente a los ojos.
—Porque Annie me envió una carta, señor Warbucks. Y porque en esa carta había una frase que no pude olvidar.
Oliver tragó saliva.
—¿Cuál frase?
—"Mi papá no lo sabe, pero la necesita."
El silencio se hizo denso. Oliver bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas.
—Usted no tiene por qué… —empezó, pero Grace lo interrumpió.
—No, claro que no tengo por qué. Pero quiero. He trabajado en bibliotecas durante años, señor Warbucks. He visto a cientos de niños que buscan en los libros lo que no encuentran en casa. Annie no es uno de ellos. Annie tiene una casa enorme y un padre que claramente la adora. Pero también tiene una soledad que reconozco. Porque yo también la tuve.
Oliver levantó la vista.
—¿Usted?
—Mi madre murió cuando yo tenía siete años. Mi padre se refugió en el trabajo. No era malo, solo… ausente. Y yo aprendí a llenar sus ausencias con historias. Por eso me hice bibliotecaria. Porque los libros me salvaron. Y quizás pueda ayudar a Annie a no necesitar que la salven.
La puerta crujió. Annie asomó la cabeza, con una oreja bien visible.
—¿Ya pueden salir? —preguntó—. Las galletas se están enfriando.
Grace se rió. Otra vez la nariz arrugada.
—Creo que tu papá y yo aún tenemos cosas que hablar, Annie.
—¿Cosas buenas o cosas malas?
—Todavía no lo sé —admitió Grace, lanzando una mirada cómplice a Oliver—. Depende de si tu papá se atreve.
Annie sonrió con suficiencia.
—Él se atreve. Siempre se atreve. Es millonario.
—No es lo mismo tener dinero que tener valor —dijo Grace.
Oliver sintió el golpe bajo. Pero no le molestó. Al contrario.
—Señorita Farrell —dijo, levantándose de la silla—. ¿Le gustaría tomar una taza de café antes de hablar del contrato?
—Me encantaría —respondió ella, también de pie—. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que usted también se coma una galleta. Annie dice que últimamente no come bien. Y si voy a ser su maestra, también voy a ser su conciencia alimentaria. Es parte del trato.
—¿Desde cuándo ser maestra particular incluye vigilancia nutricional?
—Desde hoy —dijo Grace, tendiéndole la mano—. ¿Trato?
Oliver la miró. La mano de Grace era pequeña, con las uñas sin pintar y un par de manchas de tinta azul en los dedos. La mano de alguien que tocaba libros, que escribía, que quizás también había llorado de noche en silencio.
Apretó los labios. Luego sonrió.
—Trato.
Las manos se encontraron. Un leve temblor recorrió el brazo de Oliver. Grace lo sintió, pero no dijo nada. Solo sonrió con esa calidez que parecía suya y lo soltó con suavidad.
—Vamos, entonces —dijo—. No dejemos a Annie esperando. Tiene planes de boda, y he oído que es una niña muy impaciente.
Salieron del estudio. Annie ya no estaba detrás de la puerta, sino frente a la escalera, con una bandeja de galletas humeantes y una sonrisa triunfal.
—¿Viste, papá? —susurró cuando Grace pasó de largo hacia la cocina—. Te dije que olía a canela.
Oliver se quedó un momento rezagado. Vio a Grace caminando por el pasillo de mármol con la trenza bailándole en la espalda, desentonando entre tanta oscuridad y madera. Vio a su hija corriendo detrás de ella con la bandeja en alto, gritando "¡Señorita Grace, estas las hice yo solita!"