Una Mamá para Annie

Capítulo 3 Entrevista entre galletas

El aroma del café recién hecho se mezcló con el de las galletas de chispas de chocolate. La cocina de la mansión Warbucks, normalmente un espacio funcional donde la señorita Hannigan calentaba sopas enlatadas y Oliver tomaba café solo frente a la nevera, de repente parecía un lugar habitable.

Grace se había sentado en una de las banquetas de la isla central, con una taza humeante entre las manos. Annie, a su lado, apenas contenía la emoción. Oliver estaba al otro lado, demasiado tieso, como si la cocina fuera un territorio hostil.

—Están muy ricas, Annie —dijo Grace, mordiendo una galleta—. En serio. ¿Las hiciste tú sola?

—Casi —admitió la niña, con honestidad—. La señorita Hannigan me ayudó con el horno porque una vez intenté encenderlo yo sola y se quemó mi ceja izquierda. ¿Quieres ver la cicatriz?

—No hace falta —interrumpió Oliver rápido—. Come tu galleta.

Grace sonrió con disimulo. Bebió un sorbo de café y observó la dinámica. Oliver estaba tenso, sí, pero no de una manera distante. Era más bien como si no supiera muy bien cómo comportarse con una mujer joven y bonita en su cocina compartiendo galletas con su hija.

—Señor Warbucks —dijo Grace, poniendo la taza sobre la mesa—, hablemos del puesto. Horario, responsabilidades, salario…

—Podemos hablar de eso después —dijo Oliver, más rápido de lo que quería.

—¿Después de qué?

—De… de conocerla un poco. Si va a pasar tiempo con Annie, quiero asegurarme de que…

—¿De que no sea una psicópata? —completó Grace, arqueando una ceja.

Annie soltó una carcajada. Oliver la fulminó con la mirada.

—No iba a usar esas palabras exactas.

—Pero lo pensó —dijo Grace, y su sonrisa se amplió—. Tranquilo, señor Warbucks. Yo también entrevisto a los padres. Y usted, por ahora, lleva una ventaja.

—¿Cuál?

—Tiene buena cafetera. Y su hija me cae muy bien. Eso suma puntos.

Annie se hinchó de orgullo.

—¿Yo también puedo hacer preguntas? —pidió la niña, levantando la mano.

—Annie, esto es una entrevista de adultos —intentó Oliver.

—Pero yo soy la alumna —argumentó ella—. Debería tener derecho a opinar. La señorita Grace va a ser Mi maestra. No la tuya.

Grace se llevó la taza a los labios para disimular una risa. Oliver suspiró.

—Está bien. Una pregunta. Una sola.

Annie frunció el ceño, concentradísima. Pareció sopesar algo importante durante varios segundos.

—Señorita Grace —dijo finalmente, con toda la seriedad del mundo—. ¿Le gustan los gatos?

—Annie —la reprendió Oliver—, eso no es una pregunta profesional.

—Claro que lo es —respondió ella—. Porque si le gustan los gatos, no podrá vivir aquí. Papá es alérgico. Y yo quiero un perro.

Grace se rió a carcajadas. Esta vez fue una risa genuina, sin filtros, que le arrugó la nariz de una manera casi ridícula. Y a Oliver le pareció la cosa más hermosa que había visto en años.

—No me gustan los gatos —dijo Grace, recomponiéndose—. Prefiero los perros. ¿Eso responde tu pregunta?

—Perfectamente —dijo Annie, satisfecha—. Siga usted, papá.

Oliver carraspeó. Notó que las manos le sudaban un poco. Se limpió los dedos en los pantalones disimuladamente.

—Señorita Farrell, ¿cuál es su método de enseñanza? Annie es muy inteligente, pero también muy… intensa.

—Como su padre —apuntó Grace.

Oliver parpadeó.

—¿Yo no soy intenso.

—Claro que lo es —intervino Annie—. El otro día gritó porque la señorita Hannigan movió sus papeles de lugar. Dijo que "el caos era el primer paso hacia la anarquía".

—Estaba exagerando —se defendió Oliver.

—Gritó —insistió Annie.

—Hablé en voz alta.

—Gritó —confirmó Grace, riéndose otra vez—. Pero no se preocupe, señor Warbucks. Yo también soy intensa. Y organizada. Y no tengo miedo al caos. Trabajé tres años en la biblioteca infantil de Brooklyn. Allí el caos tiene nombre y apellido y suele lanzar libros.

—¿Qué libros? —preguntó Annie, fascinada.

—Don Quijote tiene una portada muy dura. Perfecto para defenderse.

—¿Y la gente se pelea con libros?

—Los niños sí —respondió Grace con complicidad—. Pero yo sé manejarlos. Yo era la reina de la hora del cuento. Nadie interrumpía cuando yo leía.

—¿Ni siquiera los que tiran libros? —preguntó Oliver, escepticista.

—Especialmente esos. Porque les prometía que si se portaban bien, les leería un capítulo de un libro con dragones. Y los niños harían cualquier cosa por dragones, señor Warbucks. Cualquier cosa.

—Yo no haría cualquier cosa —terció Annie, pensativa—. Pero si hay dragones, puedo negociar.

Grace la miró con admiración.




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