El lunes llegó antes de que Oliver estuviera listo.
Había pasado el fin de semana entero tratando de convencerse de que Grace Farrell era solo una empleada más. Una empleada con una sonrisa que desarmaba, con olor a canela y con una forma de mirarlo que le hacía olvidar qué iba a decir. Pero solo una empleada.
El domingo por la noche, Annie se coló en su estudio mientras él revisaba correos.
—Papá.
—Annie, son las diez.
—Lo sé. Pero esto no puede esperar. —Cerró la puerta con cuidado y se subió al sofá de cuero—. Necesito hacerte una pregunta existencial.
—Una. Y que sea rápida.
—¿Tú crees que la señorita Grace tiene novio?
Oliver dejó de teclear. La pantalla del ordenador reflejaba su cara de incredulidad.
—¿Yo qué voy a saber eso? ¿Es broma?
—No, es una pregunta estratégica. Podrías haberle preguntado el viernes. Yo no pude porque tú mandaste a la señorita Hannigan a buscarme cuando ví eso de la oreja roja.
—No estaba roja.
—Estaba roja —insistió Annie, cruzándose de brazos—. Como un tomate. Como el pelo de Ronald McDonald.
—¿Quién demonios es Ronald McDonald?
—El payaso de las hamburguesas. Lo veo cuando la señorita Hannigan se duerme en el sofá y cambia de canal. Ella dice que es "cultura general", pero creo que solo le gusta ver cómo reparten patatas fritas.
Oliver respiró hondo. Contó hasta tres.
—Annie, no sé si la señorita Grace tiene novio. Y no me interesa.
—Mientes —dijo ella, con la seguridad de un fiscal y la mano en la cadera—. Porque cuando dijo eso de que la vida da muchas vueltas, tú te quedaste mirando el suelo como si hubieras perdido las llaves del coche. O algo más importante.
—No perdí nada.
—Sí. Perdiste la oportunidad de decir algo lindo. Podrías haber dicho "qué bonito se mueve tu pelo" o "me gusta cómo dices la palabra contrato".
—Yo no digo cosas lindas. Yo firmo documentos.
—Lo sé —dijo Annie, con un tono que mezclaba ternura y reproche—. Por eso la señorita Hannigan dice que te vas a quedar soltero para siempre. Ayer dijo: “Tu padre va a acabar hablándole a las plantas, y las plantas van a pedir un traslado”.
Oliver alzó una ceja.
—¿La señorita Hannigan dijo eso?
—Literal. Estaba planchando y se lo dijo al reflejo de la plancha.
—La señorita Hannigan debería preocuparse por su propia vida amorosa.
—La señorita Hannigan tuvo un novio en 1997. Se llamaba Kevin. Le robó la licuadora y una funda de almohada con estampado de flores. Ella todavía lo menciona cuando se enfada con los electrodomésticos.
—¿Cómo sabes todo esto?
—Porque cuando se duerme en el sofá, habla dormida. Grita cosas como “¡Kevin, devuélveme la batidora!”. Es bastante teatral.
Oliver apoyó la cabeza en las manos. Estaba criando a una espía en miniatura con flequillo.
—Vete a la cama, Annie.
—¿Puedo hacer otra pregunta? La última.
—No.
—¿Por qué la miraste tanto cuando se fue? No finjas que no. Te vi desde la escalera. Tenías cara de perrito que pierde su hueso favorito.
—No la miré tanto. Miré por mirar.
—Te quedaste en la puerta cinco minutos. La señorita Hannigan tuvo que cerrar porque decía que entraba entrando el frío. Y yo añado que también entraban las vergüenzas ajenas.
Oliver levantó la cabeza. Annie tenía los brazos cruzados y una expresión de "te tengo y lo sabes".
—Estaba pensando en el contrato —mintió, con una voz que ni él mismo se creyó.
—Ah. —Annie asintió con solemnidad—. ¿Y en el contrato también pensaste que se le movía el pelo con el viento y parecía salida de una película romántica donde al final todos se besan bajo la lluvia? Porque yo lo vi. Y la señorita Hannigan también. Hizo un ruido raro con la garganta.
—Annie Celia Warbucks, si no te duermes ahora mismo, mañana no tendrás postre.
—No como postre, papá. Tú no me dejas porque dices que el azúcar me puede poner gordita. Pero anoche te vi comerte un helado escondido en la cocina. Chocolate. Llorabas un poco.
—¡Eso no es verdad!