Y al día siguiente, se puso la camisa azul.
El lunes, 9:00 a.m.
Grace llegó puntual, con una mochila llena de libros y una libreta de tapas duras. Llevaba pantalones de vestir negros y un suéter verde que le hacía juego con los ojos. Oliver lo notó al instante. Y se odió por notarlo.
—Buenos días, señor Warbucks —dijo Grace, con esa voz que parecía cantar aunque solo hablara.
—Buenos días, señorita Farrell. Pase.
—¿Dónde está Annie?
—En la cocina. Estaba… haciendo algo con galletas otra vez. No sé si desayunó.
—Son las nueve —dijo Grace, arqueando una ceja—. ¿No la han despertado a tiempo?
—Se despertó sola a las seis. Dijo que no podía dormir porque hoy era "el día más importante de su vida".
—¿El día más importante? —preguntó Grace, divertida.
—También dijo que el jueves pasado fue "el día más importante de su vida" porque encontró una piedra en forma de corazón en el jardín. Annie es así.
—Me encanta —dijo Grace, y Olive sintió que esa palabra no iba dedicada solo a Annie.
Caminaron hacia la cocina. Annie estaba sentada en la mesa, con un delantal enorme que le llegaba hasta los pies, la cara manchada de harina y una bandeja con galletas recién horneadas.
—¡Señorita Grace! —gritó, emocionada—. ¡Hice galletas de canela para usted!
—¿De canela? —Grace se llevó una mano al pecho, conmovida—. Pero si tú no puedes usar el horno sola…
—La señorita Hannigan me ayudó. Dijo que si no la dejaba participar, se iba a sentir excluida. Y la señorita Hannigan ya está muy sola desde que Kevin le robó la licuadora.
—¿Kevin? —preguntó Grace, mirando a Oliver con extrañeza.
—No pregunte —respondió él—. Es toda una historia que no voy a contar porque no es mi secreto.
Annie se acercó corriendo a Grace con la bandeja en alto.
—Huela, huela. ¿No huele a usted?
Grace se inclinó. Las galletas olían a canela, mantequilla y algo más. A cariño, quizás. A esfuerzo de una niña de cinco años que quería conquistarla a base de azúcar y harina.
—Huelen delicioso —dijo Grace, y le dio un beso en la frente a Annie—. Eres un tesoro.
Annie sonrió con todas sus fuerzas. Luego miró a Oliver con una expresión que decía: "¿Viste? Me besó. A mí. Celoso, ¿no?"
Oliver carraspeó.
—Bueno, señorita Farrell. ¿Por dónde empezamos?
—Primero —dijo Grace, descolgándose la mochila—, quiero mostrarles el plan de estudios que preparé. Y segundo, quiero conocer la rutina de Annie. No solo académica. También emocional.
—¿Emocional?
—Sí, señor Warbucks. Una niña que escribe cartas buscando mamá y una pareja para su padre tiene cosas que trabajar. Con respeto, pero con honestidad.
Oliver tragó en seco.
—Annie no tiene nada que trabajar.
—Todos tenemos, señor Warbucks. Usted también.
Annie miraba el intercambio como quien mira un partido de tenis. Se llevó una galleta a la boca y masticó lentamente, disfrutando del espectáculo.
—Señorita Grace —intervino Annie, con la boca llena—, ¿usted tuvo novio alguna vez?
Grace soltó una risa corta.
—Annie, eso no es apropiado para una primera clase.
—No es la primera clase. Esto es la bienvenida. Las clases empiezan después. —Annie se limpió la boca con el delantal—. ¿Tuvo?
Grace la miró, y luego miró a Oliver. Él estaba petrificado, con las manos en los bolsillos, simulando un interés enorme por la ventana.
—Tuve —respondió Grace, con calma—. Hace tiempo. Pero ya no.
—¿Por qué terminaron?
—Annie —interrumpió Oliver—, deja a la señorita Farrell en paz.
—Está bien —dijo Grace, posando una mano en el hombro de Oliver sin pensarlo—. No me molesta.
Oliver sintió el calor de sus dedos a través de la tela de la camisa azul. Se quedó completamente quieto.
—Terminamos —explicó Grace, sentándose frente a Annie— porque él quería una cosa y yo quería otra. Y a veces las personas se quieren, pero quieren cosas diferentes. Y está bien.
—¿Y usted qué quería? —preguntó Annie.
—Quería alguien que me mirara a los ojos cuando le hablaba. Que no estuviera siempre pensando en el trabajo. Que supiera reírse de sí mismo. Y que me hiciera galletas de canela de vez en cuando.
—Mi papá no sabe hacer galletas —dijo Annie, pensativa.
—Puede aprender —respondió Grace, sin mirar a Oliver.
Él seguía inmóvil, con los dedos de Grace aún apoyados en su hombro. No se atrevía a moverse. No se atrevía a respirar.
—Señorita Farrell —dijo al fin, con la voz un poco ronca—, creo que deberíamos empezar la clase.