Martes, 8:30 a.m.
Oliver llegó temprano a la cocina. No había dormido bien. O quizás sí. Quizás lo que no había hecho en tres años era llorar, y ahora, después de hacerlo, se sentía vacío pero extrañamente liviano. Como si hubiera soltado una maleta que ni siquiera sabía que seguía cargando.
Preparó café. Dos tazas. Una para él. Otra para Grace.
—¿Sabe que hoy es martes, señor Warbucks? —dijo una voz detrás de él.
Grace estaba apoyada en el marco de la puerta, con el cabello recogido en una trenza suelta y una libreta bajo el brazo. Llevaba una falda larga color mostaza y una blusa blanca. Oliver pensó que parecía una pintura. Luego se dijo que dejara de pensar estupideces.
—Sé qué día es —respondió él, desviando la mirada—. El café es para mí. La otra taza es… bueno, a veces me gusta tener una de repuesto.
—Miente muy mal, señor Warbucks.
—Usted juzga muy rápido, señorita Farrell.
—Y usted mira muy lento. Ayer tardó cuarenta y cinco segundos en contestar cuando le pregunté por los ojos de su esposa. Pero esta mañana, cuando entré, me miró a los míos en menos de dos. ¿Sabe qué significa eso?
Oliver apretó la taza de café con demasiada fuerza.
—No. ¿Qué significa?
—Que ya no me está viendo como la institutriz. Me está viendo como una persona.
—Eso es porque usted es una persona, señorita Farrell. No una institutriz holográfica.
—No se haga el tonto. Usted sabe perfectamente a qué me refiero.
Se quedaron en silencio. El café humeaba entre ellos. El reloj de pared marcaba las 8:33.
—Annie sigue dormida —dijo Oliver, cambiando de tema—. Anoche se quedó hasta tarde dibujando.
—¿Qué dibujaba?
—A usted. Y a mí. Y a ella en medio. Nos puso a los tres de la mano.
Grace soltó el aire lentamente.
—¿Y eso le molestó?
—No.
—¿Le gustó?
—No lo sé. Me dio miedo.
—Miedo de qué.
Oliver dejó la taza en la mesa. Se pasó una mano por el cabello. Era un gesto que Grace ya conocía: lo hacía cuando estaba a punto de decir algo que le costaba.
—Miedo de que ella se ilusione. Miedo de que yo… —Hizo una pausa. Tragó saliva. —Miedo de que yo también.
El "también" quedó flotando en el aire como una burbuja de jabón a punto de estallar.
Grace dio un paso hacia él. No era un paso grande. Pero era suficiente para que Oliver pudiera oler su perfume: algo con vainilla y madera.
—Señor Warbucks —dijo ella, en voz baja—, ¿usted sabe por qué acepté este trabajo?
—Porque le ofrecí el doble de lo que ganaba en la escuela anterior.
—No.
—¿Porque necesita experiencia con niños especiales?
—Annie no es especial. Annie es brillante. Y usted acaba de demostrar que también es un poco idiota cuando quiere.
—Señorita Farrell…
—Acepté el trabajo —lo interrumpió ella, alzando la voz apenas un tono— porque cuando entré a esta casa por primera vez, vi a una niña que le escribía cartas al universo pidiéndole una mamá. Y vi a un hombre que había convertido su dolor en una muralla tan alta que ni siquiera su hija podía escalarla. Y pensé: "Alguien tiene que derribar esa muralla. Y si nadie más lo hace, lo haré yo."
—No le pedí que hiciera eso.
—No. Pero Annie sí. Y ella no me pidió con palabras. Me pidió con galletas de canela y dibujos y preguntas imposibles sobre si usted me parecía guapo.
Oliver rió. Fue una risa corta, ronca, como si su garganta no estuviera acostumbrada al sonido.
—Usted es muy intensa, señorita Farrell.
—Usted es muy cerrado, señor Warbucks. ¿Vamos a quedarnos así o vamos a tomar ese café antes de que Annie se despierte y nos encuentre discutiendo como viejos casados?
—No estamos casados.
—Gracias a Dios. Aún no.
El "aún" fue la burbuja nueva. Esta vez, Oliver no supo si reír o salir corriendo.
Apareció Annie en la puerta, con el pijama de unicornios y el cabello hecho un nido.
—¿Ya están peleando? —preguntó, restregándose los ojos—. La señorita Hannigan dice que las parejas que se pelean por la mañana terminan teniendo sexo por la noche.
—ANNIE —dijeron Oliver y Grace al mismo tiempo.
—¡Qué! Fue ella quien lo dijo. Y después se rió sola y se tomó un vaso de leche con whisky.
—Voy a hablar muy seriamente con la señorita Hannigan —murmuró Oliver.
—Yo voy a preparar el desayuno —dijo Grace, con las mejillas encendidas—. Annie, ¿tú quieres panqueques?
—Sí. Con forma de corazón.
—Claro.
—Y quiere que mi papá también coma.