Iris.
Leonardo, ese era el nombre del hombre que tenía a la hija más cautivadora que acababa de conocer.
Se fue una vez que la pequeña regresó con una tablet y un par de juguetes.
—Te he traído esto —dice ella entregándome una bolsita con dulces—. He pensado que podríamos ver una película, o tres juntas, mis amigas hacen eso con sus mamás.
Escucho a la pequeña y asiento.
—Claro, y podemos cocinar juntas también.
Los ojos de la pequeña se iluminaron al instante, reflejando el destello cálido de las luces de la sala.
—¿Y comprar pijamas iguales? —preguntó con los labios entreabiertos, casi sin atreverse a creerlo.
—Pijamas de verdad —le prometí con una sonrisa suave, acomodándome un mechón detrás de la oreja—. De esas de algodón suave, de dos piezas, con pantalones cómodos y botones en la camisa. Podemos buscar un estampado divertido que nos guste a las dos.
La niña dio un pequeño brinco de entusiasmo y abrazó la bolsita de dulces contra su pecho antes de dejarse caer a mi lado en el sofá. Afuera, la lluvia no daba tregua; el repiqueteo constante de las gotas contra los cristales creaba un susurro envolvente, aislando el resto del mundo y dejando solo este rincón tibio para nosotras.
Unos minutos después, volvió con su tablet entre las manos. Caminaba despacio, sosteniéndola con un cuidado casi sagrado, como si llevara un tesoro frágil.
—Elegí unas películas... —mencionó bajando la voz, mostrando la pantalla donde se desplegaba una lista de historias navideñas sobre familias felices y reencuentros llenos de magia—. Siempre las guardaba, pero... nunca las miraba porque antes me daban tristeza y terminaba llorando. Como no tenía una mamá, sentía que me faltaba esa parte de la historia. Pero hoy quiero verlas contigo.
Las palabras me oprimieron el pecho con una dulzura dolorosa. Me acomodé mejor en el sofá, abriendo espacio a mi lado para abrazarla, permitiendo que la calidez del momento curara un poquito de ese vacío.
—Aquí estoy —le dije con voz suave mientras ella se acurrucaba a mi costado y encendía la pantalla—. Hoy las vemos juntas.
Antes de que comenzaran los créditos de la primera película, la pequeña se giró hacia mí, tocándose el cabello con timidez.
—¿Me harías un peinado de trencitas? Como los que se hacen para estar cómodas en casa.
—Me encantaría.
Con delicadeza, comencé a dividir su cabello en secciones suaves, cruzando los mechones uno a uno mientras el sonido de la lluvia de fondo y el inicio de la película llenaban la habitación de una paz entrañable.
Nunca tomé en consideración lo que para una niña podría significar el símbolo de una madre, hasta ahora que esta preciosa niña se recuesta a mi lado y pasa uno de sus pequeños brazos sobre mí para aferrarse, apoyando su cabeza sobre mi pecho.
Incluso con mis propias heridas y el corazón roto, descubrí en este instante que aún me quedaba una reserva infinita de amor para dar. Y esta niña se lo merecía todo. No me importa qué sea lo que tenga que hacer para mantenerla así de feliz como se encuentra ahora; no pienso permitir que esa mujer que ha demandado a su padre llegue a la vida de la pequeña para arrebatarle la tranquilidad y la estabilidad que tiene hoy solo por un capricho. Yo defenderé esta sonrisa con todo lo que tenga.
Ajusté la manta sobre nosotras y la abracé con más fuerza, meciendo su respiración pausada. Entre el murmullo de la película navideña y la lluvia incesante que golpeaba la ventana, el cansancio nos fue venciendo poco a poco hasta dejarnos profundamente dormidas, fundidas en un abrazo tibio.
Horas más tarde, la puerta principal se abrió en silencio. Leonardo atravesó el recibidor dejando a un lado su abrigo mojado por la tormenta que aún continuaba afuera. Al avanzar hacia la sala, la luz tenue de la pantalla de la tablet ilumina la escena en la penumbra.
Se detuvo en seco.
Allí, en medio del sofá, estabamos las dos. La pequeña descansaba plácidamente con sus trencitas hechas, su rostro pegado a mi cuello y su pequeña mano sujetando firmemente la solapa de mi abrigo. Yo la rodeaba protectoramente con ambos brazos, velando su sueño incluso dormida.
Leonardo se quedó observándonos durante un largo momento, con la mirada ablandada y el pecho agitado por una mezcla de asombro y un alivio profundo que no pudo ocultar.
En un mundo tan desordenado tal vez un poco de amor no puede resolver todos los problemas, pero puede resolver un poco nuestras vidas, mas si se trata de un amor que no te pide nada a cambio mas alla de ser amado.
—¿Te ha dado mucha guerra? —me pregunta Leonardo, pasándome una taza de café caliente.
Niego suavemente con la cabeza, rodeando la taza con mis manos para buscar un calor que me ayude a espantar el frío interno.
—Para nada. Hemos pasado el día viendo películas —respondo, intentando que mi voz suene tranquila y firme, aunque por dentro sienta ese nudo amargo atascado en la garganta—. Ella es un encanto aún sin proponérselo. Me ha contado que eres pésimo haciendo peinados, así que quiere que te enseñe algunos trucos para que no le queden chuecos. Además, fue a buscarnos algo para comer... nos trajo hamburguesas y me regaló un libro. No sé cómo lo logró, pero sabe exactamente que necesito mantener la mente ocupada. Sol es mi medicina perfecta, una pequeña enfermerita que cura mi corazón sin siquiera saberlo.
Una punzada de dolor me cruza el pecho al recordar por qué mi corazón necesita ser curado. La quemadura de la traición sigue ahí, latente y escociendo, pero aprieto la mandíbula y tragó saliva. No voy a quebrarme. No les daré el gusto, ni a él ni a nadie, de verme destruida.
—Es una niña muy especial —coincide Leonardo. La toma con cuidado en brazos mientras dormita y luego me extiende el otro brazo—. Vamos, ya tienes tu alta médica. Te llevaré a casa para que puedas descansar más cómoda.
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Editado: 31.10.2026