Una mamá para Sol.

6. Leonardo.

Leonardo.

Sostener a Sol en mi pecho siempre había sido mi forma de pausar el mundo, pero llevar a Iris aferrada a mi brazo transformaba esa calma en una responsabilidad completamente distinta.

Sentí el peso leve de su cuerpo apoyándose en mi costado mientras caminábamos hacia el auto. Aunque mantenía la barbilla en alto y la mirada fija hacia el frente con una dignidad admirable, podía percibir la tensión en la forma en que sus dedos apretaban la tela de mi saco. Estaba rota. Había un dolor profundo y escocedor vibrando debajo de su compostura, el tipo de herida que deja una traición doble por parte de las personas en las que más confiabas. Sin embargo, no había ni una pizca de victimismo en ella; solo una determinación helada y una dignidad intacta.

Abrí la puerta trasera y acomodé a Sol en su asiento de seguridad. Mi hija apenas entreabrió los ojos, murmuro un suspiro somnoliento y volvió a acomodarse, sosteniendo en su manita el pequeño libro que le había regalado a Iris.

Le abrí la puerta del copiloto a Iris. Esperé a que se acomodara antes de rodear el vehículo y subirme al asiento del conductor. El silencio que se instaló en el habitáculo no era incómodo, pero sí pesado, cargado con todo lo que estaba a punto de suceder.

Encendí el motor y salí a la calle. Afuera, la lluvia continuaba cayendo con fuerza, lavando el parabrisas mientras el limpiaparabrisas marcaba un compás constante.

Eché una breve mirada de reojo. Iris observaba las gotas deslizarse por el cristal, con el perfil iluminado apenas por el tablero del auto. Tenía esa belleza serena y frágil que me había impactado desde el primer momento, pero lo que realmente me desarmaba era la calidez que le había devuelto a la vida de mi hija en cuestión de horas. Verlas durmiendo juntas en el sofá, fundidas en ese abrazo perfecto con las trencitas aún intactas, me había movido algo muy adentro. Sol no solía entregarse así de rápido a nadie.

—Mi madre ya sabe que vamos —rompí el silencio con voz pausada, manteniendo los ojos en el camino mojado—. Dejaremos a Sol en su casa y de ahí nos iremos directo a tu departamento. No tenemos que tardar más de lo necesario.

Iris pestañeo, saliendo de sus pensamientos, y me miró con un destello de gratitud.

—Gracias, Leonardo. De verdad.

—No tienes nada que agradecerme —dije, apretando el volante con firmeza al pensar en el tipo que la esperaba en esa casa—. Solo concéntrate en sacar lo que es tuyo. Si ese imbécil intenta decir algo o hacer una escena, déjamelo a mí. Tú solo toma tus cosas y cierra esa puerta para siempre.

Llegamos a la casa de mi madre diez minutos después. Apagué el auto y bajé para sacar a Sol, cubriéndola con mi abrigo para que no se mojara con las gotas frías. Mi madre nos recibió en la puerta con una sonrisa comprensiva y rápida; no hizo preguntas innecesarias, solo tomó a la niña en brazos y me dio una mirada que decía «cuídala».

Mi madre ya se había acostumbrado a ser ese tipo de personas que no realiza preguntas, solo observa saca conjeturas y luego ve el resultado sin siquiera avisar sobre que es lo que ve.

Al regresar al auto y cerrar la puerta, miré a Iris fijamente.

—¿Estás lista? —le pregunté.

Ella tomó una respiración profunda, enderezó la espalda y me devolvió la mirada con una entereza renovada.

—Estoy lista. Vamos a terminar con esto.

—Es el principio del fin, pero te aseguro algo, no importa que pase, saldremos de allí juntos y de pie, serás libre.

Saldremos juntos, se me hacía extraño decirle eso a una chica que acabo de conocer, pero no se porque siento tanta confianza en ella es como si realmente la conociera de toda la vida, como pocas veces me ha sucedido o probablemente nunca.

Nuestro mundo solo depende de nosotros, si nosotros queremos dejar todo atrás y solo luchar por nuestra paz podremos hacerlo, somos quienes construimos nuestro futuro, y la vida desde un inicio nos ha llevado por caminos diferente, pero de alguna forma nos ha dejado aquí en el mismo punto de partida, como intentando demostrarnos algo.

Iris iba marcando el camino con voz pausada, indicándome cada giro y cada calle a medida que nos adentrábamos en el barrio. Observaba las esquinas con una mezcla de melancolía y desapego, como quien recorre una ruta que pronto pertenecerá al pasado.

—Gira a la derecha en la siguiente esquina —murmuró, señalando suavemente con la mano—. Es en el edificio de fachada clara que está a mitad de cuadra.

Estacioné el auto frente a la entrada. La lluvia continuaba cayendo en un goteo fino pero persistente, dibujando hilos de agua sobre el cristal. Apagué el motor y el silencio dentro del vehículo se volvió denso.

Vi cómo sus dedos se entrelazaban con fuerza sobre su regazo. Por un segundo, hubo un destello de vacilación en su rostro; vi la intención en sus ojos de abrir la puerta y bajar sola, de afrontar el golpe por su cuenta con esa dignidad orgullosa que tanto la caracterizaba. Pero luego detuvo el movimiento, sosteniendo el aire en los pulmones.

Se giró hacia mí. Sus ojos reflejaban una frágil mezcla de valentía y temor, no a la confrontación en sí, sino a lo que esa gente pudiera provocar en ella.

—Leonardo... —empezó a decir, con la voz apenas en un hilo que dejaba al descubierto su vulnerabilidad—. Sé que te dije que podía hacerlo, pero... ¿podrías subir conmigo, por favor?

Mantuve la mirada fija en ella, escuchando atentamente.

—No sé cómo voy a reaccionar cuando los vea —continuó, tragando saliva con dificultad mientras intentaba mantener la firmeza—. No quiero perder la calma, ni ponerme a su nivel, ni arruinar la persona en la que me he convertido hoy por culpa de ellos. No quiero darles el poder de transformarme en alguien amargada o violenta. Si estás ahí... sé que no me dejaré llevar.

Sus palabras me tocaron una fibra profunda. No estaba pidiendo protección por miedo físico, sino para preservar la pureza y la templanza de su alma frente a quienes la habían traicionado.




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