Sol.
Nunca me había sentido tan feliz como hoy. Tengo seis años, y aunque mi abuelita dice que siempre he sido una niña muy afortunada porque mi papá me ama con todo su corazón, había algo que faltaba. Nunca había tenido una mamá. Y hoy, cuando mi papá me despertó, lo primero que encontré al abrir los ojos fue a ella, con su olor a vainilla, durmiendo juntito a mí. Me abrazaba tan fuerte y se sentía tan, tan bonito...
Era mi sueño hecho realidad. Después de tantas noches pidiéndolo bajito en mi camita para que mi papá no se sienta mal al escucharme porque estaba pidiendo nuevamente una mamá, con esa sensación rara en la pancita como si estuviera vacía y me daban ganas de llorar sin saber por qué.
Realmente hubiera cambiado todas mis muñecas y mis juguetes por tener una mamá. Pero ahora ya la tengo. Y anoche, antes de dormirme, pensé muy bien qué era lo que iba a hacer para darle las gracias a la vida.
—Mami... —susurro despacito, refugiándome en su hombro mientras escucho los pasos de papá y cómo empieza a correr las cortinas de mi cuarto, dejando entrar toda la luz de la mañana.
Abro mis ojitos del todo y ahí están los dos: la sonrisa suave de mi mamá mirándome con ternura, y papá ya peinado y listo para irse a trabajar.
—Buenos días pequeña, arriba, ya es hora, que hoy toca ir a la escuela —dice papá con su voz ronca de recién despertado. —Buenos días Iris para tí también. —dijo para sonreírle a mi mamá, la cual tambien le sonrió.
Yo hago un puchero grandote. No quiero volver a clases todavía. Ayer mi papá me había dado permiso de faltar para cuidar y acompañar a mamá en el hospital, y además pude estar pegadita a él todo el día, que como siempre trabaja tanto, casi no lo veo, salvo cuando tiene tiempo luego de mis clases, o en las noches cuando decido dormir en su cuarto porque él se queda a dormir conmigo. Pero la emoción de esta nueva vida me gana rápido y se me pasa la pereza que no me dejaba salir de la cama, ya quiero ir al colegio y contarle a mis amigas, que tengo una mamá ahora como ellas.
Mi mamá me ayuda a hacerme un peinado, peinando con cuidado mis pequeños rizos rebeldes, sin prisa para no tirar de mi pelo, me hizo un gran moño dejando alguno de mis rizos sueltos, rebeldes como los niños suelen ser, dijo ella mientras me lleno la carita de pequeños besos.
En un ratito ya estamos todos en la cocina. Como mamá todavía se está acostumbrando a las mañanas de casa y no sabe bien cómo le gusta el café a papá, me deja hacer a mí solita mientras ella revuelve la leche y hace unas galletas de manzana que ella dice que son su plato estrella en las mañanas. Y claro, aprovecha para dejarme hacer mis pequeñas travesuras sin decir nada.
Mientras papá se lava las manos, yo me pongo a trabajar en mi plan. Sé perfecto que él toma su café para llevar en el termo con dos cucharadas pequeñas de azúcar, para que quede dulce como caramelo, pero no tanto para que sea azúcar y café. Pero hoy tengo ganas de jugar. Con una sonrisa traviesa y los ojos bien abiertos, agarro el frasco de edulcorante líquido, le echo unas cuantas gotitas dentro de su taza y revuelvo con la cucharita de metal sin hacer ruido. Te vas a llevar una sorpresita cuando lo pruebes en el auto, papá, pienso aguantando una risita.
Antes de cerrar el termo, saco de mi mochila una tarjetita de papel rosa que decoré anoche con corazones torcidos y manchados de témpera. Arriba le pego la foto instantánea que nos sacamos recién en el baño con mamá, esa cámara mi papá me regalo hace unas semanas, cuando le dije que no quería dejarlo solo tanto tiempo, yo quería que me dejará faltar a clases así podría quedarme con él, pero él me regalo la camará que saca las fotos en minutos así todos los días podría dejarle una para que él me vea, en la foto de hoy salimos las dos haciendo caras chistosas con bigotes de espuma de jabón en la nariz.
En la tarjeta escribí con mi letra más grandota y prolija:
«Te amo, papá. P.D. El café de hoy va con amor y un poquito de misterio. Tus chicas».
Mamá me mira de reojo, negando con la cabeza mientras se ríe tapándose la boca con la mano, cuidándome el secreto antes de que papá vuelva a la mesa.
Pero antes de salir, voy corriendo a mi cuarto y agarro una bolsa de tela. Meto dentro seis de mis juguetes favoritos —un osito de peluche, un camión y cuatro muñecas—, Son los más lindos que tengo, mis compañeros de aventuras, yo los cuido un montón pero que quiero regalar. Pienso en los niños del hospital, los que están enfermitos o aburridos esperando a sus papás. Es mi forma de dar las gracias por tener ahora una mamá; abuelita siempre dice que quien recibe mucho amor tiene que repartir más.
Ya en el auto, papá maneja con una mano y con la otra sostiene su taza térmica, listo para tomar su primer sorbo. Mira de reojo la bolsa grandota que llevo atrás y me pregunta curioso por el espejo;
—¿Y eso, mi amor? ¿Qué llevas ahí?
Yo le sonrío con picardía.
—Son juguetes para los niños que veas en el hospital hoy papá,para que jueguen y no estén tristes, tú siempre me has dado muchos juguetes porque no tenía una mamá con la cual jugar, ahora tengo una, así que quiero darle mis juguetes a otros niños así ellos también pueden jugar.
Ahora sí estoy muy contenta, que no me pone triste entregar mis juguetes más preciados.
Al escucharme, mamá me abraza tan fuerte desde el asiento de al lado que me aprieta contra su pecho. Esconde la carita en mi cabello y sé que está llorando un poquito de emoción.
—Eres una nena de oro, mi amor —me susurra en el oído para sonreírme.
Su sonrisa siento que ilumina el mundo, o al menos para mi lo ha hecho.
De camino al colegio, pasamos por la casa de la abuelita. Ella nos está esperando en la puerta porque va a acompañar a mamá en su primer día de clases conmigo, para ellas estar juntas y que ella conozca a mis maestras y mi rutina, además irá a casa de mi abuelita para no estar sola en casa mientras yo estoy en el colegio. Papá nos deja un beso enorme a las tres, tomando un trago de su café que, seguro, le habrá sabido rarísimo.
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Editado: 31.10.2026