Una mamá para Sol.

9. Sol

Sol.

El amor que le tengo a mi papá hace que todos los días le haga dibujos y cartas, para que nunca se olvide que lo amo con todo mi corazón, así como él me dice que me ama. Pero hoy quise hacer algo distinto.

—¡Mirá, Martina! ¡Mirá, Cami! —les grité a mis amigas apenas llegamos al jardín, agitando el dibujo con todas mis fuerzas en el aire.

Ellas corrieron hacia mí con sus mochilas rebotando en la espalda. Martina se paró en puntitas de pie para ver mejor.

—¿Qué es, Sol? ¿Es otro corazón para tu papá? —preguntó curiosa.

—No —dije yo, con una sonrisa gigante que casi me llega a las orejas—. Hoy no es solo un dibujo. ¡Es una noticia re importante! ¡Miren!

Les mostré el papel donde había dibujado a mi papá, a Iris y a mí, todos agarrados de la mano bajo un sol gigante con anteojos de sol. Mamá Iris tenía puesta una campera con muchas flores y una sonrisa enorme.

—¿Y esto? —preguntó Cami, torciendo un poquito la cabeza, confundida—. ¿Por qué dibujaste a alguien ahí con ustedes?

—Porque es mi mamá —les contesté muy segura, inflando el pecho de orgullo. Yo estaba tan feliz, porque tener a Iris en casa es lo más lindo del mundo. Quería que todo el mundo lo supiera.

Martina me miró con ojos bien abiertos, como si hubiera dicho algo raro, y sacudió la cabeza con fuerza.

—No, Sol. Estás equivocada. ella no es tu mamá.

Me quedé tildada con el dibujo en la mano. La sonrisa se me desinfló un poquito.

—¿Cómo que no? —protesté, frunciendo el ceño—. Si vive con nosotros, me cuida a mi y a mi papá, me lee cuentos antes de dormir y me cuida el cabello haciendome peinados, cocina conmigo y me ayuda con mis dibujos. ¡Es mi mamá!

Cami se cruzó de brazos, poniéndose muy seria, con esa cara de que sabe mucho porque es más grande.

—No, tonta. Para ser tu mamá, los grandes tienen que estar casados. Y tu papá y Iris todavía no se casaron. Entonces ella no es tu mamá... es la novia de tu papá.

Me quedé en silencio pensando. Seis años es una edad en la que una entiende muchas cosas, pero los grandes a veces inventan reglas rarísimas. Si Iris me ama, me abraza fuerte y me hace reír todos los días, ¿qué importa si hay una fiesta con torta y anillos de por medio?

Pero Martina y Cami hablaban muy seguras, así que empecé a dudar. Quizás ellas tenían razón y yo estaba mezclando las palabras.

Miré de nuevo el dibujo. Bueno, si para que sea mi mamá hace falta una boda, entonces tendré que hablarlo con papá seriamente de hija a padre muy pronto. Porque yo quiero presumirle a todo el mundo que tengo una mamá tan linda como Iris.

—Bueno... está bien —les dije al final a mis amigas, suspirando un poquito—. No es mi mamá todavía... es su novia. ¡Pero igual es mía!

Ellas se sonrieron, felices de haber ganado la discusión, y salimos corriendo hacia el tobogán. A lo lejos, el dibujo quedó guardado en mi mochila, pero en mi cabeza la idea ya estaba plantada, si casarse es lo único que falta para que Iris sea oficialmente mi mamá ante los ojos de todos... tendré que averiguar cómo se hace eso de organizar una boda.

A la hora de formar la fila para entrar al aula, aproveché que la seño Carmen estaba con su carpeta y me acerqué despacito, tirándole de la manga del delantal.

—Señorita Rios... una pregunta —le dije con mi voz más seria.

—Dime, Sol, ¿qué pasa? —me sonrió ella, agachándose un poquito para mirarme a los ojos.

—Si un papá es grande... ¿puede casarse con una señorita?

La seño soltó una risita suave, sin entender muy bien de qué le hablaba ni por qué me preocupaba eso un miércoles a la mañana.

—Bueno, mi amor, claro que sí. Si un hombre es soltero o es viudo, puede casarse con quien quiera, siempre y cuando la otra persona también sea soltera o esté libre —respondió ella con total naturalidad, acariciándome la cabeza—. ¿Por qué la pregunta?

—Por nada, por nada... gracias, seño —le contesté, guardándome la respuesta como un gran secreto de estado.

Así que mi papá era soltero (o bueno, papá ya no estaba solo, pero nunca se había casado) y la maestra había dicho que sí se podía. El enredo de mis amigas quedaba oficialmente resuelto.

Por la tarde, cuando volví de la escuela, la casa olía delicioso. Ayudé a mi abuela y a Iris a preparar la cena. Mientras íbamos lavando las verduras y picando el tomate, yo no me aguanté la curiosidad y miré a mi abuela, que tenía un repasador colgado del hombro.

—Abu, una pregunta... ¿tu estás casada?

Mi abuela se rió, miró a Iris con complicidad y después me miró a mí, secándose las manos en el delantal.

—Sí, mi vida. Estoy casada con tu abuelo —contestó con una sonrisa dulce.

Yo asentí despacito, guardando la última pieza del rompecabezas en mi cabeza. Si la abuela estaba casada con el abuelo, eso significaba que para formar una familia de verdad con mi mamá hacía falta pasar por el altar. Así que mi papá y Iris tenían que casarse, no había otra vuelta que darle. Decidí no decir nada más por ahora. Me quedé en silencio, concentrada, ayudando a poner la mesa y a amasar hasta que escuché el ruido de la puerta principal.

—¡Llegué! —se oyó la voz de papá desde la entrada.

Papá dejó las llaves sobre el recibidor y las cosas del trabajo. Traía el cansancio pintado en los ojos, pero apenas me vio, una sonrisa le iluminó la cara y vino a darme un beso enorme en la frente.

—Hola, princesa. Qué rico huele esto. Me voy a dar una ducha rápida y bajo a ayudar con lo que falte, ¿sí?

—Bueno, pa —le dije.

Mientras él subía las escaleras rumbo a su habitación para cambiarse, yo lo seguí de cerquita, como un patito atrás de su mamá. Papá entró al baño y cerró la puerta para bañarse. Yo me quedé esperando afuera, sentada en el borde de la cama grande, mirando alrededor.

El cuarto de papá siempre estaba ordenado, pero en la mesita de luz y en la pared del fondo había portarretratos que casi nunca miraba de cerca. Me acerqué en puntas de pie.




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