Una mamá para Sol.

Especial HALLOWEEN ?

Sol
La luz cálida de la lámpara de noche iluminaba mi habitación, donde la cama se había convertido en una auténtica montaña de telas, sombreros y accesorios. En medio del desorden, mamá observaba la escena sentada plácidamente sobre las cobijas, intentando contener una sonrisa mientras yo ejecutaba mi particular desfile frente al espejo de cuerpo entero.
Primero fue el turno del traje de vampiresa. Sali del vestidor improvisado ajustándome una capa negra de cuello alto. Me llevé las manos a la boca, imitando unos colmillos invisibles, y adopté una postura muy dramática ante el espejo.
—¡Mwahahaha! Soy la condesa de la noche —declaré, pero duré apenas tres segundos antes de arrugar la nariz—. Mmm, no... la capa se me traba con las zapatillas y me da un poco de calor.
Sin perder un segundo, desaparecí detrás del biombo y reaparecí convertida en un osito blanco. El disfraz era tan mullido y afelpado que apenas se me veían las manos. Di dos vueltas sobre mí misma, chocando suavemente contra la pata del escritorio, y me miré fija en el reflejo.
—Este es muy suave... pero siento que si me abraza un perrito en la calle voy a quedar llena de pelusas —argumenté muy seria, cruzándome de brazos como los grandes.
Finalmente, corrí de nuevo al vestidor y salí luciendo un uniforme de enfermera. El vestido me quedaba exacto, con un pequeño estetoscopio de juguete colgado al cuello y una cofia blanca bien sujeta en mi cabello. Me planté frente al espejo, me acomodé el estetoscopio con aire profesional y suspiré con atención.
Mamá, que no había dejado de reírse suavemente desde el primer cambio de vestuario, se acomodó sobre la cama y se animó a romper el silencio.
—A ver, mi amor, ¿por qué tanta indecisión hoy? Te has cambiado tres veces en menos de diez minutos.
Dejé de mirar mi reflejo, di media vuelta y caminé hacia la cama para sentarme a su lado, jugando con el estetoscopio de plástico.
—Es que quiero que sea el disfraz perfecto, mamá —expliqué con voz dulce y sincera—. Este es el primer Halloween donde podemos salir los tres juntos a buscar dulces: tú, papá y yo. En realidad... tú sabes que a mí los dulces a mis seis años ni me llaman tanto la atención prefiero las galletas y a los dulces dejarlos en la cajita para que papá los lleve al hospital y se los regale a los niños que están allá. Lo que de verdad me gusta de hoy es disfrazarme, caminar por la calle, encontrarnos con otros niños y sus familias... y después volver a casa a acurrucarnos a ver películas animadas de Halloween.
Mamá me escuchó con los ojos iluminados por la emoción, conmovida por mis palabras, y me acarició el pelo con ternura.
Justo en ese momento, la puerta de la habitación se abrió de par en par con un chirrido exagerado.
—¡Alerta médica! ¡Tenemos una emergencia en el pasillo! —anunció papá con voz solemne, cruzando el umbral.
Para completar su look, se había puesto un gorro de cirujano azul con pequeños murciélagos dibujados y una bata de doctor sobre la ropa. En las manos no llevaba un maletín médico, sino una libreta arrugada y un bolígrafo.
Solté una carcajada y corrí a recibirlo, apuntándole con mi estetoscopio como si fuera un arma secreta. Papá se detuvo en seco, levantó las manos fingiendo rendición y se arrodilló para quedar a mi altura.
—A ver, doctora Sol, necesito que me revise urgente —dijo él, poniendo cara de paciente sufriente—. Siento un latido extraño aquí en el pecho.
Me puse seria, me coloqué las olivas del estetoscopio en las orejas y presioné la membrana fría del aparato justo contra su pecho. Escuché con atención fingida durante unos segundos, mientras mamá observaba divertida desde la cama.
—Hmm... diagnóstico grave, papá —sentenció con voz muy profesional—. Tienes el corazón completamente lleno de chocolates y no hay cura... a menos que vayamos a buscar dulces ahora mismo para equilibrar la fórmula.
Papá se llevó una mano al pecho, boquiabierto.
—¡No me diga eso, doctora! Creo que no nos queda otra opción que salir de urgencias a la calle.
El vecindario parecía sacado de un cuento ilustrado. Las casas competían en creatividad: en los porches brillaban calabazas talladas con muecas sonrientes, telas de araña falsas colgaban de los árboles y luces tenues de colores naranja y morado iluminaban los senderos.
De la mano de mamá y papá, caminaba orgullosa con mi uniforme de enfermera, dando saltitos de la emoción. A nuestro alrededor, grupos de niños corrían disfrazados de brujas, superhéroes y fantasmas, riendo y chocando sus bolsas llenas de sorpresas.
Para mí, la verdadera magia no estaba en tocar las puertas, sino en el trayecto. Cada pocos pasos, me detenía a saludar a algún vecino que me reconocía bajo la cofia blanca, o me reía con las ocurrencias de papá, que hacía como si revisara la presión arterial de las farolas con su estetoscopio de juguete.
Mi bolsita de dulces ya empezaba a pesar en mis manitos, pero sonreí con complicidad mirando a mamá. Sabía exactamente a dónde irían a parar la mayoría de esos caramelos al día siguiente, directos a la caja que papá llevaría al hospital para arrancarles una sonrisa a los niños internados. Por ahora, lo único que importaba era el calor de las manos de mis papás sosteniendo las mías, guiándome paso a paso en mi primera gran noche de Halloween.
De regreso en casa, la sala de estar se había transformado en un refugio contra el frío de la noche. Las luces principales estaban apagadas, y el único brillo que danzaba en las paredes era el resplandor cálido de una lámpara ámbar y los destellos parpadeantes de la televisión.
El suelo estaba cubierto por un colchón improvisado de cojines mullidos y una colcha gigante donde los tres nos habíamos acurrucado. Entre risas, habíamos vaciado la bolsa de dulces para separar los mejores, dejando el resto en la caja destinada al viaje de mañana al hospital.
Con el pijama ya puesto debajo, pero negándome a soltar la cofia de enfermera que descansaba sobre la mesita auxiliar, me acomodé justo en medio de mis papás. Mamá me abrigaba con un extremo de la manta mientras papá servía un gran tazón de palomitas de maíz humeantes.
En la pantalla, los primeros acordes musicales de nuestra película animada favorita de Halloween empezaron a sonar. Suspiré profundamente, sintiendo el calor del cuerpo de mamá de un lado y la sólida protección de papá del otro.
Apoyé la cabeza en el hombro de papá, cerré los ojos un instante y pensé que ningún disfraz del mundo, por más elaborado que fuera, se comparaba con la felicidad de estar exactamente ahí, siendo la compañera de aventuras de mi familia.




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