Una musa para dos

21 | Cambio de planes

Aleks caminó todo el trayecto desde la casa de su exmujer hacia la de su futura mujer, y mientras caminaba, aspiraba la neblina que cubría la ciudad a las nueve de la noche.

Se había decidido por Gala como quien diera un salto al vacío. Aunque ni tanto. Ambos se conocían desde hace mucho, y habían esperado silenciosamente más de una década para estar juntos.

Él lo supo desde el primer día en que la vio, esa mañana de 2010 en la que la estudiante nueva, llegada al aula de clase con una semana de retraso, lo despertó accidentalmente al golpearlo con la parte trasera de su mochila.

Ella jamás le había pedido disculpas, porque nunca se enteró de que así fue como Alekséi Galvés se enteró de su existencia.

Galatea había ocupado el asiento de atrás de Alekséi, y este la regresó a ver, aturdido, apenas recibió el golpe. Acostumbrado a las rudezas de su colegio de hombres, estuvo a punto de mandar a la mierda a aquella persona que se había atrevido a golpearlo sin pedir disculpas. Y cuando se dio cuenta de que no era un él, sino un ella, se le bajaron los humos enseguida.

Pero cuando vio la cara de Gala, alargada y fina como el óvalo de un espejo antiguo, con su cabello largo, negro y apenas crespo partido por la mitad, y sus ojitos pequeños, redondos y caídos, supo que tenía que ser su amigo a como diera lugar, porque tenía que conocerla, tenía que saber cómo se llamaba y lo que le gustaba.

Pero, sobre todo, tenía una inconsciente urgencia de tenerla.

Y Alekséi había resistido ya esa urgencia como por doce años, y Galatea había esperado esa misma cantidad de tiempo y simplemente ninguno de los dos podía darse el lujo de aguardar para siempre a que el otro sea quien dé el primer paso, por lo que, por fin, aquella noche, le correspondería a él ser quien arrojara la primera piedra.

Cuando llegó por fin a la villa que lo aguardaba, supo que tendría que dar un par de explicaciones a la dueña de casa. Primera, por qué se había ido de noche sin avisar y dejado a Galita con la cena lista. Segunda, por qué le había dicho la noche anterior que tenían que poner un remedio a sus respectivas carencias.

Lo cierto es que, si había un hombre en este mundo que no había tenido carencias en los últimos años, ese era Alekséi Galvés. O, al menos, no de las afectivas.

Apenas atravesó la puerta principal se dirigió a la cocina. Vio un par de platos sucios en el fregadero y supuso para bien que Galita no había comido sola. Quiso sentir un alivio, pero en lugar de ello, fue algo especial lo que llamó su atención.

Sobre la mesa del comedor descansaba una botella de vino semivacía, y aquella visión, sumada al hecho de que Aleks sabía que Gala no tomaba, lo preocupó aún más.

Abrió la nevera y vio los champiñones fríos con el queso convertido en una costra en apariencia incomible. Tomó uno de ellos y lo masticó: todavía no estaba helado del todo y su sabor conservaba la frescura de una cena recién preparada.

Se zampó lo que quedaba del champiñón y se comió otro más con un vaso de agua de la llave. No podía tener ninguna conversación medianamente seria con el estómago vacío.

Se tomó otro vaso de agua fría directo del grifo, porque la presión extrema le daba sed. Vio enseguida la puerta abierta del cuarto de Tristán, se aproximó hacia ella para echar un vistazo y notó que estaba vacía.

Fue en ese preciso momento en el que se preocupó en serio.

Aleks subió al segundo piso tratando de no hacer ruido, pero era imposible. El piso de madera de casi ochenta años de antigüedad no mentía cuando había un visitante subiendo a la segunda planta.

Se aproximó con sigilo a la habitación de Gala y notó que la luz estaba apagada, pero cerrada la puerta.

Aleks supuso que ambos habían salido. Quizás Tris llevó a Gala a dar una vuelta, o algo así. Esa fue la mentira que Alekséi se contó a sí mismo para evitar pensamientos irracionales.

Quiso cerciorarse de que no hubiera nadie en la habitación de la dueña de casa, que con su acostumbrada generosidad para con él le había abierto las puertas cuatro semanas atrás.

Apenas dio un paso en dirección de la recámara de Gala, la puerta se abrió desde adentro. Quien salió de ella era obvio, pero Aleks quiso cerciorarse con esa vista afinada por el ejercicio constante de mirar fijamente a lo que tiene en frente para poder pintar.

Tristán saltó apenas al verlo y se quedó estático detrás de la puerta cerrada.

–¿Qué haces aquí? –preguntó Tris, un tanto extrañado.

–Nada –fue todo lo que dijo Alekséi–. Buenas noches.

Se dio media vuelta y se devolvió sobre sus pasos.

–Galatea está dormida –Tristán alzó un poco la voz para que Aleks, que ya estaba bajando las escaleras con mayor velocidad con la que le hubiera gustado que le vieran, le escuchara–. Si quieres hablar con ella, puedes hacerlo maña…

Tris solo avanzó a escuchar la puerta del estudio de Aleks abrirse y cerrarse con velocidad casi simultánea.

–Imbécil –fue lo que murmuró Tris, entre dientes, luego del desplante de su roomate.

Enseguida, él también bajó las gradas y se encerró en su habitación.

Galatea, por su parte, totalmente inconsciente del encuentro entre los dos hombres que vivían junto a ella –pero no con ella–, dormía con el sueño de la borrachera que la transportaba hacia los paisajes del pasado.




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